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Cristina, ¿discípula de Leibniz?

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Más de una vez se ha mencionado la influencia de Ernesto Laclau o de los intelectuales que integran Carta Abierta sobre el pensamiento de Cristina Fernández. Sin embargo, su discurso del 1º de marzo ante la Asamblea Legislativa parece acercarla más bien al pensamiento del filósofo Gottfried Leibniz. De todas formas, lo cortés no quita lo valiente.

Leibniz –filósofo del siglo XVII– sostuvo, contra toda evidencia del sentido común, que este mundo, el nuestro, el efectivamente real, era el mejor de los mundos posibles. Su teoría se basaba en que en la mente de Dios pululaban infinitos mundos posibles, esto es, mundos en los cuales los distintos elementos componentes no resultaban incompatibles entre sí. Entonces, ¿por qué Dios eligió crear éste y no otro? ¿Cuál es la razón? Vale la pena aclarar que para Leibniz no basta aducir un motivo cualquiera para explicar la existencia de una cosa sino que la causa invocada debe dar cuenta de por qué las cosas son así y no de otra manera. Es el famoso principio de razón suficiente.

Pues bien, según Leibniz, Dios ha creado este mundo no por razones lógicas sino morales, a saber, porque es aquel donde impera la menor cantidad de mal. Cierta cuota de mal es inevitable, puesto que ello depende de la limitación de la criatura. Pero además –viejo argumento estoico– lo que nosotros, debido a nuestra limitación, percibimos como un mal probablemente contribuya a un bien mayor en la economía de todo el universo, que se nos escapa.

En efecto, según el discurso de la presidenta del 1º de marzo, los argentinos habitamos hoy el mejor de los mundos posibles. La catarata de cifras proporcionadas por el Indec y los ministerios –incomprobables para el simple ciudadano de a pie– así lo confirman. Si algunos pequeños males asoman en el horizonte –sin que alcancen, claro está, a ensombrecer el panorama– ello se debe a la limitada –y, por consiguiente, pecaminosa– comprensión de las criaturas, llámense éstas empresarios, periodistas, docentes o comoquiera que sea. El único mal responsabilidad del Gobierno que Cristina Fernández pareció admitir a medias fue el acuerdo desopilante con Irán. Asimismo, Leibniz admitía que la traición de Judas, quien vendiera a Cristo por treinta monedas, era un hecho luctuoso y que incluso en otros mundos posibles Judas no hubiera procedido de la misma manera; no obstante, males mayores hubieran seguramente sobrevenido. Esto es, el acuerdo con Irán no fue del todo satisfactorio pero era lo mejor que podía hacerse.

De la inflación, ni una palabra. De la eufemísticamente llamada “inseguridad” –cuando en realidad se trata de la delincuencia desencadenada e impune–, menos todavía. Del narcotráfico, ni noticia. Inflación, inseguridad y narcotráfico son errores de percepción de las criaturas. Desde la mirada divina no cuentan o, en el peor de los casos, sólo representan un mal menor. 

No cabe dudar de que la Presidenta es tanto una oradora brillante como una mujer inteligente y preparada. Tampoco –cosa más importante– de que a lo largo de su gestión se han registrado algunos logros significativos. Pero de ahí a que la Argentina sea hoy el mejor de los mundos posibles hay un largo trecho por recorrer. Cuesta tanto demostrarlo como en su momento a los discípulos de Leibniz mantener en alto la bandera de su maestro.

Pero la impostura de Cristina Fernández no es exclusivamente atribuible a su persona sino que constituye un lugar común de la política argentina y quizá de la política contemporánea en general, más allá de nuestras fronteras. Mostrar que está “todo bien”, no reconocer jamás un error –cosa que sería, por otra parte, impiadosamente castigada por los opositores de turno– parece funcionar como un imperativo para los políticos. El discurso político argentino semeja haber heredado, en este sentido, la infalibilidad papal. Pero el discurso político no es la voz de Dios sino –en todo caso– portavoz de la apasionante aventura humana en un universo cada vez más incierto.

*Filósofo.



Silvio Juan Maresca