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Cristina, sonrisas para la foto

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Que la excusa para anunciar la intervención por cadena nacional en el prime time de los noticiarios haya sido un programa sanitario de ortodoncia denominado Plan Sonrisa no hizo otra cosa que fomentar una de las situaciones de las que pretende librarse la presidenta Cristina Fernández: las réplicas supuestamente malintencionadas a sus mensajes que atribuye a la prensa.

La medida no repara en algo que podría ser una sutileza tratándose de un gobierno con sobradas muestras de montar en cólera cuando la imagen pública de la gestión no coincide con la proyección del deseo que predomina en su imaginario profundo. Infelizmente divorciado del sentido común, el único que recomienda atender cualquier filosofía del poder para tomar decisiones. Las que adopta bajo ese estado provocan, precisamente, efectos opuestos al buscado.

Jorge Milton Capitanich expuso con involuntaria solvencia la brecha insalvable entre sus estrafalarias apariciones mañaneras y la urgencia de una vocería más eficaz para abordar lo inexplicable: definió como un derecho universal lo que la Ley de Servicios Audiovisuales autoriza a utilizar de modo exclusivo al titular del Poder Ejecutivo bajo circunstancias extraordinarias.

Aníbal Fernández debería agradecer el invalorable servicio prestado por el jefe de Gabinete a su retorno a la Casa Rosada, si no fuese porque justifica también a quienes aseguran que el igualitarismo cristinista es una espesa cortina de oscuro cinismo para ocultar las maniobras que lo desembaracen de cumplir la ley. Responsabilidad primaria exigible a las élites gobernantes en cualquier sistema que se precie de democrático.

No está claro que la incorporación del nuevo secretario general sea un antídoto al mal endémico que arrastra el Gobierno, cuando atraviesa el último año de mandato: una incomprensión manifiesta de las técnicas de filtración del discurso que se ponen en marcha para hacer de la palabra política un mensaje puesto en forma para desplazarse con éxito en los circuitos de los medios de comunicación.

Fracasado el intento de regular sólo a los que no le obedecen, Cristina se propone reemplazarlos en los procesos de producción que le dan sentido y dimensión industrial con el fin de garantizar la integridad de un discurso que, presentado bajo esa forma, será difícil que no sea visto como otra modalidad de interrumpir la programación con propaganda.

“Cuando alguien te encoleriza, debes saber que es tu juicio lo que te encoleriza”, sentenció hace veinte siglos Epicteto, uno de los fundadores de la doctrina estoica, para quien no son las cosas las que perturban sino la percepción que se desarrolla sobre ellas. Griego de nacimiento y esclavo de los romanos casi toda su vida, uno de los asuntos que más analizó fue el de la violencia. Quienes denuncian una de índole mediática deberían leerlo para “hallar lo convincente que hay detrás de cada caso”, como recomendó otro pionero, Aristóteles, en alusión a la retórica.

Teoría de la argumentación dispuesta a persuadir al otro de razones ajenas y una práctica literalmente en desuso entre las dirigentes, acaso los más paradójicos precursores de la confusión epistemológica entre medios y democracia de la que suele desprenderse otra más concreta, visible e inquietante. La de mediación con mediatización.

Fundada la primera en la vigencia de derechos individuales y en una participación ciudadana en corrientes de opinión que deriven en propuestas de sus representantes, su suspensión por indiferencia es el supuesto que aceptan como requisito indispensable quienes eligen mimetizarse con las celebridades del espectáculo y el deporte para ganar exposición en las pantallas.

Crítica extrema de esa modalidad, Cristina parece reclamar la cuota de fama que corresponde a todos en la cultura de la reproducción, según Andy Warhol. Aunque serán algo más que 15 segundos vaticinados por el rey del pop art.
 
 *Titular de la cátedra Planificación Comunicacional (UNLZ).



Daniel Bilotta