COLUMNISTAS

Criterios de la crítica

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Tengo ante mí la pila de libros argentinos que leí el fin de semana. Son siete. Uno dice que los críticos literarios no tienen un criterio para distinguir lo bueno de lo malo y se basan en ideas azarosas. Ante la proliferación de libros y editoriales, una estrategia es guiarse por las contratapas y por las biografías de los autores. Por ejemplo, Diego Puig nos dice: “Estudió en Noruega y Estados Unidos. Es licenciado en Ciencia Política y Filosofía. Ha trabajado como asesor en políticas públicas, docente, periodista gráfico, en cine y como heredero”. Su novela Nadar sin luz trata sobre el heredero de una familia poderosa que estudia en Noruega y Estados Unidos y trabaja en cine. A Puig, su biografía le parece tan interesante como su personaje, pero la novela es profundamente pacata durante noventa páginas, y en las treinta restantes el estudiante frígido se pone a tomar cocaína y a participar en orgías como para hacerla más interesante aun.

En Electrónica, de Enzo Maqueira, la narradora le pregunta a la protagonista: “¿Cuántas profesoras habían tomado cocaína con un amigo gay? ¿Cuántas se habían acostado con un alumno?”. La biografía de Maqueira afirma: “Textos suyos aparecieron en prestigiosos medios gráficos y digitales” (...) “la Casa de las Américas de Cuba lo invitó a participar de un encuentro de jóvenes escritores destacados”. Me pregunto si los jóvenes escritores destacados son los que producen novelas trabajosas y arcaicas, pero con gente tomando drogas de a muchos. También tiene drogas y orgías, pero poco trabajo, El alud, de Esteban Castromán, un ejercicio que se lee en menos de media hora y en cuya contratapa Leonardo Oyola recomienda al autor porque baila muy bien. La biografía de Castromán es breve, y su nota más destacada es que se trata del editor del sello Clase Turista, del que leí El cañón de Vladivostok, de Gerardo Salinas, espantosa novela negra. En cambio, en Pichonas, de Claudia Aboaf, del sello Notanpüan (nombre simpático), la solapa consigna que la autora tuvo por abuelo a Ulises Petit de Murat, lo que no sé si es un gran mérito. Aquí no encontré drogas pero tampoco estoy seguro de que no las haya, de tan opaca que me resultó una novela cuya contratapa reúne elogios de dos escritores tan opuestos como Iosi Havilio y Claudia Piñeyro.

La peor biografía es la de Luis Orani, autor de Primavera ninja para el nuevo sello editorial Momofuku, que bien podría ser la de un militante K en Twitter. Sin embargo, el libro me gustó mucho por su imaginación para inventar críticas a bandas imaginarias y por demostrar que se puede hacer literatura que transcurre en Quilmes desde una perspectiva civilizada. Muy civilizado es también Una introducción, de Ezequiel Alemian, cuya sobria biografía dice apenas que nació en 1968 y publicó poco. Esta recopilación de textos alcanza el virtuosismo absoluto en Padres e hijos y en Nueve notas sobre Camille Corot.

El desafío con el que comienza esta nota es de Te quiero, de J.P. Zooey (otra editorial nueva, Páprika), otra buena novela de un autor que se mantiene incógnito: libro tímido, burbujeante, que despliega una ambigua ternura hacia sus colegas. En cuanto a la falta de criterios, el de las biografías y contratapas anticipó lo que iba a leer en seis casos contra uno. No es tan azaroso.



qquintin