COLUMNISTAS TRAGEDIA EN OLAVARRIA (I)

Cuando el paganismo deja de ser cool

Faltaban varias décadas para que la tragedia invadiera, como noticia decadente e inverosímil, nuestra vida cotidiana.

Carlos Solari. n
Carlos Solari. n "encantador de serpientes" que decidió agrandar su leyenda. Foto:Juan Obregon

Faltaban varias décadas para que la tragedia invadiera, como noticia decadente e inverosímil, nuestra vida cotidiana. Pero Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota ya eran un producto maestro del marketing de sus tres máximos responsables: Carlos Alberto Solari, Eduardo “Skay” Beilinson y Carmen “Poli” Castro, histórica representante de la banda.

Solari, un fantástico encantador de serpientes, esperaba en un lugar indefinido a que los periodistas cayeran bajo el influjo del relato mítico que se estaba creando. Mientras los convencían de que con Patricio Rey se haría historia, se les proporcionaba abundante cantidad de alcohol. Aquellos no eran periodistas brillantes: eran obsecuentes. Y les decían que el Indio estaba demorado. Pero el lugar indefinido no era un lejano barrio de Buenos Aires, sino el cuarto de al lado de la casa donde los futuros formadores de opinión eran agasajados.

Por supuesto, Solari saldría a seducirlos cuando fuera oportuno. Primero vinieron los shows contraculturales en locales de cuarta categoría y con una estética under, happenings donde se recitaba poesía, se entregaban buñuelos de ricota y se veían imágenes explícitas. Pero entre aquellos excesos lisérgicos y este presente patético ocurrieron dos hechos fundamentales: la banda se disolvió y, lo que es más importante, Solari decidió agrandar su leyenda sin medir daños colaterales, mientras que Skay intentó desesperadamente volver a hacer conciertos de rock normales donde no hubiera heridos, decenas de miles de personas que escuchan música con mala calidad ni mareas humanas incontrolables.

Fue la suya una decisión adulta y responsable, que es exactamente lo contrario de lo que se puede decir de Solari, capaz de dirigirse a las familias de las víctimas de la tragedia de Olavarría con palabras que Roberto Pettinato ha descripto acertadamente como “mesiánicas, descerebradas y estúpidas”.

Aunque a mi juicio se ha equivocado al opinar que pertenecer al “gueto” del rock da una especie de derecho superior para hablar con autoridad de Solari, Pettinato le ha recordado a Solari que no es ni Paul McCartney ni Roger Waters. Palabras corajudas que, en un país acostumbrado a un discurso frívolo, cool y permisivo, son un alivio que han venido a profundizar otros personajes públicos como Bobby Flores y Alejandro Fantino, quienes, a diferencia de Mario Pergolini, dijeron lo que había que decir en el momento oportuno.

Si para algo ha de servir este episodio monstruoso, es para que, como si fuera original, digamos nunca más. Nunca más a la privatización de un espacio público por parte de un intendente negligente. Nunca más a la cesión temporaria del uso monopólico de la fuerza que ejerce el Estado. Nunca más a la contratación, con dineros públicos o privados, de productores codiciosos, inmisericordes y psicopáticos. Nunca más al endiosamiento de la cultura del rock, que en ningún país serio es visto más que como un fabuloso género musical capaz de producir fiestas populares como la de los Rolling Stones en la playa de Copacabana o recitales multitudinarios, sobrios y ordenados donde el único rey es la música, como los miles que a lo largo de su carrera ha ofrecido Pearl Jam.

Nunca más, también, a la pusilanimidad del periodismo por temor al fanatismo de las mayorías. Y nunca más a la sobrevaloración de letristas lúmpenes a los que cualquier despistado pretende comparar con Luis Alberto Spinetta.

Nunca más al delirio de los falsos profetas, a los idólatras que en nombre de un discurso críptico, sectario y delirante juegan al culto a la personalidad con la vida como rehén.

Nunca más a la pose berreta, nunca más a los artistas que se disfrazan de justicieros urbanos mientras juntan millones de dólares en pala, nunca más a un país que, si no entendemos que se empieza a horadar por la cultura, se terminará de destruir de una vez y para siempre.


 *Escritor y periodista.