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Cuando la viveza es estupidez

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Tormentas, sequías, terremotos e inundaciones pueden ser fenómenos destructivos y dejar dolor y muerte a su paso, pero no son buenos ni malos desde el punto de vista moral. La única expresión de la naturaleza que entra en la categoría moral es el ser humano, dado que su razón le permite tener conciencia del bien y del mal, y también provocarlos. Desde esta perspectiva Emmanuel Kant, presencia señera desde el siglo XVIII en la filosofía occidental, señalaba que las acciones morales (aquellas que buscan y generan el bien de otros) no
necesitan recompensa. Esta se encuentra en la misma acción. Quien busca un premio o reconocimiento, por muy elogiable que parezca su acto, no actúa moralmente, ya que prioriza el beneficio propio. Kant sintetizaba esta idea con lo que llamaba “imperativo categórico”: actúa de tal manera que tus acciones puedan convertirse en ley universal. Si no, podría agregarse, abstente.
Las leyes morales, según el filósofo alemán, regulan la conducta humana (y son atributo exclusivo de nuestra especie) del mismo modo que las leyes naturales determinan otros fenómenos, como lo hace la ley de la gravedad. Unas y otras son inviolables y no admiten contradicciones en los términos. Un cuerpo arrojado al espacio no puede caer y no caer al mismo tiempo. Y una acción humana no puede ser buena y mala al mismo tiempo. En su impecable ensayo Guía ética para personas inteligentes, la filósofa británica Mary Warnock (figura ineludible en su país a la hora de discutir temas educativos y morales) da un claro ejemplo al respecto. Si se prohíbe el uso de mangueras para regar jardines debido a la escasez de agua y una persona que está de acuerdo con la medida aprovecha, a pesar de ello, para regar cuando no la ven porque piensa presentar unos cultivos en una muestra floral y agrícola, esa persona antepone lo que es bueno para ella a lo que es bueno (y necesario) para la comunidad. Que esté de acuerdo con la medida pero la transgreda con lo que considera una razón justificable no la excusa. Actuó fuera de la moral (o contra ella).
La sociedad argentina abunda en ejemplos de este tipo. Uno de los más recientes es el de las largas filas de personas que semanas atrás se incineraron bajo el sol ante las oficinas de Edenor y Edesur con el fin de cambiar la titularidad de sus cuentas de luz poniéndolas a nombre de alguien que se encuadrara en las tarifas sociales (un jubilado, el poseedor de un plan social, empleados de servicio doméstico, etcétera). Un clásico ejercicio de viveza criolla, cuyas innumerables expresiones van desde adulterar direcciones (así tuvimos un impresentable vicepresidente que vivía en un médano) hasta embarrar patentes de coches para que no se lean y de ese modo sea posible transgredir con impunidad las leyes de tránsito, pasando por facturas truchas y “letras chicas” que en avisos radiales se leen a una velocidad imposible de entender y dejan al consumidor sin la información que suponen ofrecer. Las avivadas con apariencia de cumplimiento de normas, leyes y ordenanzas se multiplican y son incontables. Es una muy extendida especialidad que practican individuos, instituciones, organizaciones y hasta funcionarios y organismos oficiales de todos los colores. Sobran los sofismas con que se pretende justificar la legalidad de lo ilegal y la moralidad de lo inmoral.
Esta popular práctica nacional podría finalmente no encuadrar en la viveza, como suponen sus cultores, sino en la estupidez. El historiador y economista italiano Carlo Cipolla (1922-2000), autor de Las leyes fundamentales de la estupidez humana, define al estúpido como alguien que causa daño a otros sin obtener beneficio para sí e incluso perjudicándose. Los ejemplos de “viveza criolla” (como el de las facturas de luz) logran que la sociedad en su conjunto (con los vivillos incluidos) tenga peores servicios, viva peor el día a día y aleja la posibilidad de pertenecer al universo de los países y sociedades racionales y normales. Cipolla habla también de los malvados: aquellos que logran un beneficio propio mientras perjudican a los demás. En la Argentina ambas categorías compiten cabeza a cabeza. Mientras una masa crítica de la sociedad no se autoexcluya de ellas a través de acciones morales, los cambios serán transitorios y cosméticos.

*Escritor.



Sergio Sinay