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Cuando lo viejo es lo nuevo

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El homo videns, el hombre que sólo entiende aquello que ve con los ojos y que es incapaz de manejar conceptos abstractos, ha tenido tal éxito que evolucionó hasta convertirse en el homo cretinus”, lo cual se traduce, semánticamente, en un ser estúpido, necio o carente de talento. Giovanni Sartori, el politólogo italiano explica  así la decadencia del liderazgo de Occidente o que personajes como Donald Trump puedan llegar a presidente.

Las elecciones generales este domingo 26 en España y las Primarias estadounidenses, hablan de un sistema político resquebrajado, que muestra los límites de una determinada forma de concebir y comunicar la política.

Un marketing vacío y esquemático hicieron de la falta de singularidad un mérito. La táctica derivó en la construcción de candidatos formateados por una matriz única, que una vez convertidos en mercancía pasaron a regirse por las reglas del mercado. La  flexibilidad para ser “coacheado” al calor de las encuestas, pasó a ser un rasgo esencial de cualquier aspirante político. La banalidad fue la mueca de un discurso plagado de indefiniciones y maquillaje, reemplazando la memoria racional por la emotiva. Este tipo de proselitismo algo superficial y frívolo, duró mientras fue efectivo. Hoy, por el contrario, no pareciera haber lugar para los “tibios”.

“Si eres diferente, provocador u osado la prensa escribirá sobre ti”. ¿Para qué contratar expertos cuando una sola frase “escandalosa” hace el trabajo, y además, gratis?, afirma Trump, al explicar cómo lidiar con la prensa.  

Aunque genere repudio con sus dichos agraviantes sobre cualquier minoría que se cruce, ni la prensa y  menos la televisión pueden ignorarlo, ya que Trump garantiza entretenimiento, subiendo exponencialmente los ratings.

Pese a sus bravuconadas, la candidatura le viene costando 57 millones de dólares, de los cuales cuarenta son suyos.
Hoy sus arcas están vacías de aportes privados y algunos republicanos desean abandonarlo.

Bombardeada por derecha por Trump, y por izquierda por Bernie Sanders, Clinton encabeza las encuestas, aunque provoque resistencias. Pese a ser mujer, Hillary es percibida como parte de un establishment incapaz de dar soluciones a una sociedad con reclamos postergados y temor sobre el futuro.

La contracara de Clinton es su oponente interno Sanders, quien construyó un capital político enorme de la nada, hablando del “cambio real”, la “revolución política”, con salud y educación gratis. Sanders ha empujado a Clinton a radicalizar su propuesta.
Lo nuevo de esta campaña no es el uso de nuevas tecnologías, redes sociales o Periscope, o las Apps partidarias. Lo novedoso es el regreso a la “vieja política”, en la que el discurso vuelve a ser el eje. Potente y singular, creativo y original.

Para los que nos dedicamos a generar contenidos que intenten reflejar un imaginario colectivo cambiante, es imprescindible tratar de interpretar las nuevas sensibilidades sin por ello renunciar a la profundidad del mensaje. La tecnología sin contenidos y creatividad mata candidatos.

Las elecciones de España muestran singularidades. Las fuerzas más moderadas como el PSOE o Ciudadanos aparecen rezagadas, mientras la opción se polariza entre la derecha de Rajoy y la sangre joven de Podemos.

Como movimiento que respondió a una crisis que quitó empleo y futuro, Podemos ha sido original en su construcción y en su estrategia comunicacional. Con pocos recursos, utiliza la creatividad para potenciar el mensaje. La última novedad: presentó su plataforma en formato de catálogo de la famosa tienda IKEA. Uno puede internarse en la casa de los jóvenes candidatos, sus familias, sus objetos, el tiempo libre y hasta sus pasiones. Es que la política, dice su líder Pablo Iglesias, a veces es ajedrez y otras boxeo.

El buen marketing debe apostar a un contenido fuerte y distintivo, resaltando las fortalezas e identidades de cada uno. Y no olvidar que ganar una elección implica gobernar para quienes cuando votan son sujetos con decisión y en la gestión, a veces, sólo números.  

 

*Politóloga

**Sociólogo.



Bernarda Llorente