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Cuando los genios mienten

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Una vez leí una frase inquietante. Por lo demás la frase era de Jean-Luc Godard, la persona más inteligente que conozco. La frase decía así: “La mejor novela del siglo XX es La serpiente emplumada, de D.H. Lawrence.” Naturalmente corrí a comprar la novela. Suelo decepcionarme seguido, de modo que no fue eso lo que me molestó: en este caso se trató del non plus ultra de la decepción, la sensación de que Godard me había tomado el pelo. No digo que sea improbable, digo que es obsceno, una falta de educación imperdonable y una broma de mal gusto recomendar a alguien semejante porquería –y eso sin hablar de la categoría “mejor novela del siglo XX”, apelativo con el que cualquiera suele acompañar el nombre de cualquier novela sólo para decir que le pareció espléndida–. Sin duda Godard bromeaba, pero la cosa resultó ofensiva incluso tratándose de una broma.

Otra vez, traduciendo un libro de conversaciones entre Norberto Bobbio y Gianni Vattimo, Bobbio aseguró que jamás había leído a Nietzsche. La cosa resultaba difícil de creer, pero lo más difícil de creer fue la reacción de Vattimo: no se inmutó, siguió hablando como si tal cosa. Años después le pregunté a Vattimo sobre ese pasaje del libro, y lo que me respondió fue más o menos como sigue: “No reaccioné porque no le creí una palabra. A fines de la guerra, Norberto Bobbio publicó un libro titulado La filosofía del decadentismo. En él acusaba a Nietzsche de ser la expresión de la decadencia imperialista, que al igual que el existencialismo terminaban en el decadentismo, el pesimismo, etcétera. Probablemente Bobbio no leyó a Nietzsche en profundidad, pero esas suelen ser cosas que se dicen y no hay que tomarlas al pie de la letra. Una vez, hace muchos años, en un debate con Giorgio Colli, yo dije que nunca había leído a Platón, cosa con la que intentaba provocar a mi interlocutor, y cosa que mi interlocutor tampoco tomó en serio. Pero todavía se siguen publicando artículos que mencionan el hecho de que en mi formación no estén presentes los libros de Platón”.

Otro ejemplo: la Biblioteca Personal de Borges me parece la más monumental broma tendida a la posteridad por el más grande escritor argentino de todos los tiempos. Como si eso no bastara, cada libro viene acompañado de breves prólogos que, leídos en clave humorística, son sencillamente desopilantes. De Franz Kafka, por ejemplo, dice: “Era judío, pero la palabra ‘judío’ no figura en su obra”. La cita remite inmediatamente a otra cita de Edward Gibbon, aquella que dice que en el libro árabe por excelencia, el Corán, no hay camellos –lo cual probaría su arabidad–. Ahora bien, eso también es mentira: en la traducción del Corán de Cansinos Assens sí hay camellos. Diecinueve, para ser exactos. Camellos y camellas. Ahora vayan y busquen la palabra “judío” en la obra de Kafka. Seguro que aparece.



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