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Cuando menos es más

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Durante los últimos años escuchamos hablar del impuesto a las ganancias y su incidencia en el salario de los trabajadores formales, como si fuera el único impuesto que se tributara y de ello dependiera el ingreso de los trabajadores argentinos. Pero nada se dice de los impuestos indirectos (IVA, impuestos internos, etc.) y su incidencia en la economía de todos los argentinos, fundamentalmente en los que menos ingresos tienen.
La semana pasada, el presidente de la Nación –mediante el Decreto 11/2016– modificó la alícuota del impuesto interno sobre automotores y motores gasoleros, suspendiendo su aplicación para las operaciones cuyo precio de venta (sin impuestos) sea de $ 350 mil, una rebaja al 10% en aquellas operaciones que estén comprendidas entre $ 350.001 y $ 800 mil, en tanto que operaciones superiores a $ 800.001 tributarán el 20%. Esto supone un abaratamiento en el precio de venta de dichas unidades y de esa manera se busca incentivar la venta de las mismas.
Ahora bien, ¿qué pasaría si se bajara la alícuota del IVA, por ejemplo del 21% al 16%? La incidencia en los precios sería directa, al igual que en las operaciones beneficiadas por el Decreto Nº 11/16, ya que el impuesto se calcula sobre el precio neto del bien. Cierto es que esta rebaja traería aparejada una caída en la recaudación, al menos en los primeros meses, y más cierto es que esa baja, que se intentó en los productos alimenticios en dos oportunidades (una con Martínez de Hoz como ministro de Economía y la otra con Lavagna), nunca llegó a las góndolas, ya que los intermediarios se encargaron de que así fuera, lo que llevó a que se dejaran sin efecto.
Pero si se aplicara a bienes con precios controlados y transparentes, como combustibles, peaje, seguros, automóviles –y sus accesorios y repuestos–, servicios públicos (eliminando la alícuota del 27% en telefonía), sería factible que esas rebajas llegaran en forma directa al bolsillo de los consumidores y podría servir para contener las alzas de precios en el resto de los productos.
Un peaje hoy cuesta en hora pico entre $ 15 y $ 25, con la rebaja pasaría a valer $ 14 y $ 24 respectivamente, lo que abarataría los costos fijos de los fletes y transportes, que usan la autopista en forma diaria y abonan más de un peaje en su recorrido. Si se lograra aplicar la rebaja a otros costos, como el seguro de un automotor, los combustibles, estacionamiento y demás costos indirectos, se podría pensar hasta en una rebaja de los bienes transportados.
Ahora pensemos esta rebaja en un automóvil, cuyo precio final es de $ 150 mil y con la rebaja del impuesto pasaría a costar $ 143.802. ¿Qué haría el titular con los $ 7 mil que se ahorraría en impuesto? Las opciones son dos: lo ahorra o lo consume. Si lo ahorra en un plazo fijo, por ejemplo, la inversión alimentaría el sistema financiero y pasaría a formar parte de la base de la que se nutren los bancos para otorgar préstamos a terceros. Y si lo consume volvería al mercado, abonando también el impuesto correspondiente. Con lo cual, directa o indirectamente, se volcaría al sistema productivo. ¿Así de simple es? En principio sí. El problema se genera en el control que debería hacerse para que esa rebaja llegara realmente a los bolsillos de los consumidores, control que no sería solamente del Gobierno, sino también de los comerciantes y de los consumidores. Si pago hoy el peaje $ 15 y luego de la rebaja no paso a pagar $ 14, deberé denunciarlo, pero qué pasa con los otros productos donde el peaje es un componente más del costo total, ¿puede el consumidor controlarlo? Sólo si el producto aumenta podrá hacer la denuncia fundamentada, el control real deberá hacerlo la autoridad correspondiente.
¿Esta propuesta es posible? Sí lo es, y sólo se necesita un decreto para ponerla en práctica, ya que la ley del IVA autoriza al Poder Ejecutivo a rebajar las alícuotas sin necesidad de pasar por el Congreso, como sí debería hacerse en el caso de querer subirlas.
La incidencia de los impuestos en nuestra economía casera es mayor de lo que creemos, tanto si formamos parte del sistema formal como si no. Sólo nos falta saberlo.

*Contadora y docente (UBA y UNM).



Hilda Conforti