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Cuando pa’ chile me voy

Padezco intensamente el frío, el viento me malhumora, les tengo miedo a los caballos y detesto las actividades grupales (como fogones con guitarreo o pijameadas).

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Padezco intensamente el frío, el viento me malhumora, les tengo miedo a los caballos y detesto las actividades grupales (como fogones con guitarreo o pijameadas). Si no fuera por todo eso, sin embargo, me habría encantado participar de la reciente emulación del cruce sanmartiniano de la cordillera de los Andes, mix de patriotismo y de turismo aventura. Me fascina la manera en que ciertos hechos reales transmutan en mitología, y me habría fascinado asistir a la manera en que una mitología, actuada, se reconvierte en hecho real. Me lo perdí y me lo volveré a perder, tantas veces como se lleve a cabo; pero seguí con atención el tema en las crónicas y coberturas periodísticas (la lectura antes que la vivencia directa, como siempre, una vez más).

San Martín cruzó los Andes (¿a caballo o en camilla? ¡Las dos cosas! Se es héroe en la imponencia erguida, pero también en el sacrificio doliente). Si toda identidad se constituye en relación con una alteridad de contraste, no es casual que el Padre de la Patria haya consumado su hazaña mayor en un cruce de frontera (cruce fraterno y de exportación, para llevar la libertad a los hermanos latinoamericanos). El Cerro de la Gloria en Mendoza (consúltese el reverso del viejo billete de cinco pesos) conjuga provechosamente montaña y monumento: la montaña como monumento.

Pero no es ése el único cruce de los Andes que destella en la historia argentina. Otro padre, pero del aula, otro prócer, Domingo Sarmiento, la transpuso algunos años después, para expatriarse (el expatriado es una variante, y no una antítesis, del hacedor de patria: San Martín también la practicó). Lo plasmó inolvidablemente en el comienzo de Facundo, uno de nuestros clásicos literarios. No fue éste un cruce castrense y colectivo, como el de San Martín, sino un cruce solitario y con sello de escritor. Porque Sarmiento marcó sobre una piedra, cual pintada de denuncia política, la celebérrima frase “Las ideas no se matan”. La puso en francés, claro, porque la identidad se iba ensayando con alteridades diversas, y la llevó al papel con un error de atribución autoral, que Ricardo Piglia analizó con brillantez. Porque así son algunas importaciones, nutren equívocos.

Pero tampoco durante este último verano hubo un solo cruce de los Andes, a modo de hit o tendencia estival. Miles de autos se agolparon día tras día en los puestos de frontera, en largas y tediosas filas de espera, para cruzar del lado chileno a comprar todo más barato, en una versión transcordillerana del deme dos, deme tres, deme cuatro, y volver abarrotados de mercaderías a precio de ganga. En esa escena también se está expresando una idea de país: la de la brutal destrucción del mercado interno, con consecuencias por demás conocidas. De gesta eso no tiene nada; de gesto, en todo caso, sí.