COLUMNISTAS MENTIRAS POLITICAS

¿Cuánta verdad entra en el sinceramiento?

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El develo me desvela: ¿cuánta verdad estamos dispuestos a tolerar frente al proceso de sinceramiento que vive nuestro país? Los velos se caen y desnudan todo lo que no se quiso ver. Desde la falsificación de los datos de las estadísticas oficiales a los nombramientos en la administración pública, desde la ideologización de los temas y problemas del país, “lo nacional y popular” para disfrazar el despojo de los recursos y engordar lo único que verdaderamente fue institucionalizado en la década pasada, la corrupción. Una práctica instalada y
consagrada. En nombre de la intervención estatal se vació al Estado y se lo despojó de sus mejores profesionales, en general los menos obedientes. Se estatizó el discurso, pero las funciones fueron privatizadas al dejarla en manos de terceros, empresas amigas del Gobierno, o universidades dispuestas a encubrir esa distorsión. ¿Cómo el Estado puede regular o limitar a las corporaciones con clientes electorales, sin competencia ni idoneidad. Cuando esas organizaciones suelen ser más poderosas que los mismos estados y contratan a los mejores, los más preparados y capaces? Una cuestión de sentido común que desmiente las teorías de soberanía del relato que dominó la década.
La corrupción copó el Estado para delinquir y mató a centenas de nuestros compatriotas por el desdén, la irresponsabilidad y la codicia de los funcionarios que lejos de servir se sirvieron de la incredulidad o el autoengaño de buena parte de los argentinos que creyeron vivir una gesta
histórica a tarjetazos de 12 cuotas y una eficaz maquinaria de propaganda oficial. Fueron años en los que se hizo creer que la unanimidad política es garantía de gobernabilidad. Cuando, en realidad, se desmontaron los  controles, se acobardó a los jueces,
adoctrinó a los periodistas, los espías del Estado fueron utilizados para la extorsión política, periodística o judicial. La sociedad se fue resignando, una parte, convencida de buena fe y otra, como sucedió siempre, aislada en su egoísmo personal o grupal.
Las mendaces declaraciones de todo tipo, los engaños y autoengaños pueden considerarse la infraestructura sobre la que se apoyó lo que simplificamos como “el kirchnerismo”. De todos los autoengaños, el que me quita el sueño es el que menos entiendo. ¿Cómo pudo ser que muchas personas de buena fe y, tal vez, mucha culpa no reconocida, hayan podido creer que el compromiso con los derechos humanos comenzó con la orden presidencial para descolgar el cuadro de Videla en la pared? Cuando en realidad ese gesto develó esa odiosa tradición argentina de hacer desaparecer lo que molesta, no se soporta y se busca aniquilar. Nunca entender, persuadir, conquistar domesticar o cambiar.
Tal vez porque resulta más fácil destruir que la laboriosidad del día en la construcción a largo plazo de la vida compartida, que es contradictoria, plural y cambiante como la vida misma. Pero sobre todo, demanda coraje para mirar de frente nuestros defectos y carencia. Sin la victimización de poner las culpas ajenas y la responsabilidad que cada uno de nosotros tuvo y tiene en lo que hoy padecemos.
 La mentira política comienza a desmontarse, pero no habíamos imaginado su descomunal dimensión. Vale preguntar ¿cuánta verdad está dispuesta a tolerar una sociedad que fue complaciente, creyó “el relato”, se autoengañó y como otras veces en su historia contemporánea, a la hora de la verdad, llega tarde y por eso niega el espejo que le devuelve el rostro de su humillación y vergüenza? De la respuesta que nos demos, tal vez, encontremos el indicio del
devenir. Es menos grave autoengañarse que negar la realidad. Pero los seres humanos siempre podemos volver a empezar. Ese es el triunfo de la esperanza sobre la experiencia y la imaginación de un mejor porvenir. Una tarea de todos.

*Ex senadora nacional por el Frente Cívico por Córdoba.



Norma Morandini