COLUMNISTAS TRANSFORMACIONES


¿Cuánto tiempo más llevará?

El Gobierno pretende generar un cambio de cultura política y democrática. Un objetivo tan ambicioso como complicado.

TIC TAC, TIC TAC Mauricio Macri
TIC TAC, TIC TAC Mauricio Macri
Foto:Pablo Temes
Los cambios culturales son procesos sumamente complejos, de larguísima duración, para nada lineales y cuyo destino final casi nunca puede ser planificado con antelación y/o conducido con certeza, mucho menos con precisión. Es ingenuo pretender que una sociedad pueda modificar fácil o rápidamente hábitos, prácticas, formas de vida, ideas e incluso instituciones formales e informales. Mucho más peligroso es suponer que semejante experimento puede resultar exitoso sin que queden absolutamente claro los nuevos contornos, los resultados efectivos de la mutación que se pretende generar. Más aún, es imprescindible contar con un consenso explícito, formal y conducente con los actores más influyentes, sobre todo aquellos que tienen la capacidad para vetar los cambios propuestos y/o desviar el curso de los acontecimientos.

Aunque un proceso de cambio sea efectivamente exitoso, es imposible pretender que se trate de una experiencia coordinada, apacible y ausente de tensiones. Por el contrario, como en todo proyecto político, se multiplican los problemas característicos de esta peculiar actividad humana (diferencias de ideas, métodos, celos personales, competencia por influencias, cargos, acumulación de poder). A menudo, los problemas del cambio surgen dentro del propio grupo que los promueve y gestiona, sobre todo debido a cuestiones de coordinación. Asimismo, por lo general constituyen experiencias originales, con desafíos totalmente distintos a los que sus protagonistas enfrentaron antes, con lo que es inevitable que haya un proceso de aprendizaje.

Variedad. Las reacciones a los cambios tienen una intensidad y una efectividad muy variada, pero nunca debe subestimarse el peso de la inercia, el valor de la tradiciones, la importancia de los símbolos y otras prácticas que conforman y definen el sentido común de una sociedad o de un grupo determinado. Uno puede querer cambiarlos por su ineficiencia, disfuncionalidad o claro perjuicio en términos del interés general, pero jamás suponer que el resto de los actores relevantes de un sistema habrá de alinearse con esa pretensión, a pesar de que se cuente con la legitimidad y los recursos necesarios. En efecto, la gestión del cambio constituye una empresa increíblemente intrincada, donde la abundante teoría tiende a perder importancia frente a realidades que son siempre más caprichosas de lo que asumen quienes se embarcan en procesos de transformación.

Uno de los elementos más importantes, además del consenso con los principales protagonistas de un entorno social determinado, es construir la reputación respecto de la capacidad de llevar adelante los cambios propuestos.
En efecto, esto se construye gradualmente en función de los atributos del liderazgo (la visión estratégica, elegir las tácticas adecuadas, modificar a tiempo el curso de acción para evitar sobresaltos e incluso potenciales errores no forzados) y del paso del tiempo, incluyendo la superación de eventos críticos que consolidan y refuerzan la imagen que la sociedad tiene de sus gobernantes, y la que los propios protagonistas tienen de sí mismos.

Problemas. Este marco conceptual no debe llevar al pesimismo: es evidente que el cambio es posible, que nuestra experiencia histórica está repleta de casos exitosos de grandes transformaciones que modificaron para siempre cosas que parecían imposibles de cambiar. Esto es así tanto en el plano material como simbólico, tanto dentro de los países como en el escenario internacional. Sin embargo, no deben subestimarse la dificultades intrínsecas de dichos procesos, las múltiples complicaciones que inesperadamente suelen aletargar el ritmo, las normales ansiedades frente a los resultados que no llegan, las dudas en torno a la dirección y el sentido de las transformaciones que se están operando.
Casi nunca los actores del “antiguo régimen” logran revertir el curso de la historia (y eso siempre lo podemos determinar ex post facto). Pero muy a menudo logran cierta influencia residual (“poner palos en la rueda”, en términos de nuestra jerga actual). Ellos tal vez no lo sepan, prefieran negar aspectos de la nueva realidad, se aferren al pasado, resistan el cambio. O tal vez sí, y se mezclen intereses mezquinos, egoístas, personales.
Así es la política. Así es la democracia: incierta, compleja, desordenada, a veces turbulenta.
Pero es el único mecanismo hasta ahora inventado que permitió asegurar los beneficios de libertad y generar prosperidad para una cantidad hasta ahora sin precedentes de seres humanos. Nos queda un largo camino por recorrer. Estamos recién arrancando.