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Cuatro meses en el limbo

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En las primeras páginas de La Habana para un infante difunto, Cabrera Infante dice que desde una curva del Malecón en La Habana, éste le parecía infinito e ilusoriamente eterno, “aunque tal vez tenga su eternidad en el recuerdo”. Toda su obra de ficción gira en torno a esa dualidad, la de una ciudad perdida para siempre y siempre recuperada. Claro que a la generalidad proustiana de la frase se agrega un tipo de pérdida y de deterioro muy concretos, fruto de la depredación castrista. En las novelas, Cabrera se ocupa de la ciudad como era antes de la Revolución y en los ensayos de lo que ocurrió después. Así conserva La Habana Vieja en literatura y trata a la nueva con la crudeza del exiliado rencoroso, convertido a su pesar en un escritor politizado.

Mapa dibujado por un espía se publicó en 2013 en España y, como Cuerpos divinos (2010), es un libro póstumo de “memorias noveladas”, una calificación más bien equívoca, casi despectiva. Es cierto que, como afirma Fernando Aramburu en la solapa, el Mapa... “dibuja sin tapujos la verdadera cara de un régimen totalitario, con su faraón retórico y por supuesto vitalicio, la casta privilegiada del partido único, el moldeado de la realidad con ayuda de la propaganda, el control burocrático de la vida privada, el castigo a todo atisbo de disidencia”. Todo eso está allí y también el modo en que la policía, la propaganda y la ideología sirven para instrumentar el hambre y la miseria, para ocultar una incompetencia soberbia y desaforada de la que, como conocemos de cerca, casos menos ostensibles de estalinismo se hacen eco.

El Mapa es una obra de ficción, aunque el protagonista en tercera persona y el autor se parezcan como dos gotas de agua y la narración se ocupe de cosas que le ocurrieron a Cabrera Infante en 1965, cuando viajó a Cuba por la muerte de su madre y el gobierno le impidió tomar el avión de vuelta a Bruselas para retenerlo durante cuatro meses, en los cuales nunca supo si su destino sería la cárcel o el exilio.

Pero el libro no es una crónica de estos hechos y, aunque están ausentes tanto el humor habitual del escritor como sus juegos con la lengua, una novela es una novela. Esta es también una novela de amor, la de un hombre casado que, solo en otra ciudad, se enamora de una mujer joven mientras mantiene la disciplina para que sus amigos y sus enemigos no descubran sus intenciones de huir del régimen para siempre. Pero ni el suspenso retrospectivo ni la estructura circular del texto son los únicos rasgos novelescos del Mapa...: lo es fundamentalmente la exploración del vacío en el alma de quien fue partidario, funcionario y diplomático de un régimen al que paulatinamente dejó de acompañar.

Cabrera cuenta lo que significa saltar al vacío sin desesperarse mientras una parte de su mente negocia con la otra sin saber quién es la que manda. Dos momentos de la novela lo ponen de manifiesto de un modo brutal: uno es aquel donde sorprende a la chica con la que ha mantenido una relación profunda emocionarse ante el discurso del dictador. La otra es una frase que le dedica al protagonista un hombre del régimen: “Tú no eres un enemigo importante. Ni siquiera eres un enemigo sin importancia”. No conozco una alusión más ilustrativa de lo kafkiano. Groucho no lo podría haber dicho mejor.



Quintín