COLUMNISTAS PACTOS

Cuestión de fe

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Su apellido es Monzón, como el de Carlos (me pregunto si, en casos así, se tendrá la sensación de que, cada vez que lo llaman a uno, están un poco llamando a otro, siempre también llamando a otro). Su nombre es Pedro Damián, y en esto la resonancia es borgeana (porque así, Pedro Damián, se llama el personaje de La otra muerte). Hizo un gol para la Selección Argentina en el mundial de Italia 90, de cabeza y contra Rumania, tal vez la huella más persistente de su vida de jugador de fútbol.

Ahora trabaja como director técnico. La semana pasada renunció a su cargo. ¿Por qué razón? Según parece, porque recibió la indicación perentoria, por parte de la dirigencia del club, de que su equipo saliera a la cancha sin ninguna intención de ganar el partido en cuestión. Fue digno y prefirió irse. Su equipo, que ya no era suyo, salió a la cancha a jugar ese partido. Y, por supuesto, no lo ganó.

El fútbol tiene estructura de ficción: nos permite vivenciar, como si fuese grave, un asunto que en el fondo bien sabemos que no es grave. Por eso mismo, sin embargo, necesita producir creencia; sin ella, sencillamente, deja de funcionar. No es porque seamos tarados, como a veces se pretende, que lloramos desconsolados, saltamos de euforia o nos desesperamos por completo por un gol convertido o por un penal atajado; es porque participamos del “como si” (como si fuese verdad, como si fuese importante) que rige por igual cualquier pacto de imaginación colectiva. Pero, si ese pacto se tuerce o se contamina (dañado por un “como si” espurio: juego como si quisiera ganar, pero en realidad no quiero), la cosa entera pierde sentido.

Por eso, si así fueron los hechos, adquiere cabal relevancia el gesto de Pedro Damián Monzón. Aunque lo más probable es que acabe viéndose acallado por un gesto más potente y definitivo: un anillazo de don Julio, sentenciando que todo pasa, es decir, que no pasa nada.



Martín Kohan