COLUMNISTAS GESTION CULTURAL

¿Cultura para todos?

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Para quienes desde hace mucho tiempo pensamos que la gestión cultural debe desempeñar un papel importante en la tarea de gobierno, la elevación a ministerio de la (ahora) ex Secretaría de Cultura es un hecho significativo y digno de calurosa aprobación. Tanto o más que como lo fue en su momento la elevación a secretaría de la Presidencia, merced a los esfuerzos de Mario “Pacho” O’Donnell en plena década –hoy “infame”– de los 90.
Después de haber leído la excelente nota de Luis Gregorich publicada por La Nación el 14 de mayo, no es fácil agregar algo provechoso. Con gran poder de síntesis, Gregorich expone allí las grandes líneas de un verdadero proyecto de acción cultural a desarrollar por el Estado. De extracción radical él, peronista yo, sin embargo los puntos de vista coinciden. Seguramente, también con todos los hombres y mujeres que aman la cultura en todas sus variadas expresiones y que comprenden la importancia que tiene para un país promoverlas adecuadamente.
Como es natural, la intención de jerarquizar el área asignándole un ministerio debe ir acompañada de una propuesta a la altura de las circunstancias y de las personas idóneas para concebirla y ejecutarla. Es aquí donde empiezan las dudas y los interrogantes. Porque si nos atenemos a lo que ha sido hasta ahora la gestión cultural kirchnerista –a menudo ejecutada al margen de las estructuras del área–, encontramos dos aspectos descollantes y complementarios: el espectáculo banal destinado a las grandes masas urbanas y la propaganda ideológica.
Respecto de lo primero, todos conocemos los grandes festivales musicales o circenses convocados a propósito de fechas o circunstancias políticas que los gobiernos kirchneristas estaban interesados en explotar a su favor. La misma flamante ministra de Cultura formó parte de ellos más de una vez. Dicho esto sin el menor menoscabo por la señora Teresa Parodi, cuyos méritos artísticos sería necio discutir. Otra cosa es si es apta para el cargo; esto es, si concibe la tarea que la espera en toda la amplitud, riqueza y complejidad correspondientes y si tiene la experiencia de gestión imprescindible para llevarla a cabo. Con la simple disposición a trabajar que ha manifestado, no alcanza.
Lo otro –acaso lo más temible– es la propaganda ideológica. Es decir, que el Ministerio de Cultura se configure como una usina de producción y distribución de ideología. Dentro de las más modestas proporciones de una secretaría de Estado, tal sesgo es el que caracterizó la gestión del ex secretario Jorge Coscia. Y el de varias de sus reparticiones, paradigmáticamente la Biblioteca Nacional, a partir de la gestión de su director actual, Horacio González. Ello implicó –entre otras tantas cosas– la exclusión del ámbito estatal de todos aquellos artistas, intelectuales, pensadores y demás que no comulgaran con la prédica oficial, o sea, con el tan mentado “relato”.
Por fin, ¿cuál debe ser el rol del Estado respecto de la cultura, según mi criterio? Muy simple: lejos de producir y distribuir “cultura” o, también, premiar adeptos a tal o cual gobierno y castigar réprobos, el Estado tiene que poner sus recursos al servicio de las manifestaciones culturales más significativas que brotan del seno de la sociedad, sean individuales o colectivas, con completa abstracción de orientaciones ideológicas, estilos artísticos o lo que se quiera, ayudando a promover y potenciar lo que surge espontáneamente de la misma vida del pueblo. La creatividad anida en la sociedad y sus ciudadanos, no en el Estado o en los gobiernos. La cultura se genera en forma pluralista de abajo hacia arriba y no de arriba hacia abajo; eso es justamente lo que resulta insoportable a los totalitarismos, cuyas mayores pasiones son la domesticación, la uniformidad y el control. Pensamiento único, estilo artístico único; sería hora de que más de un trasnochado entienda que los manuales de filosofía de la Unión Soviética y el realismo socialista pertenecen a un pasado ya remoto que nunca volverá.

*Filósofo.



Silvio Juan Maresca