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Cultura y paranoia

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Por qué razón leemos o no leemos un libro? Y más aún, ¿qué media entre el acto de comprar un libro y el de leerlo? Quizás una combinación de razones en las que el azar no ocupa un lugar menor (al menos para mí, diletante profesional –valga la paradoja–, es decir, ajeno al tipo de lectura previsible y obligatoria como las que realizan los especialistas). Quiero decir: hace años, al menos diez, compré en una librería de viejo, en una edición de la Bibioteca de Historia Paidós (Buenos Aires, 1970), Los historiadores progresistas de Richard Hofstadter, él mismo historiador norteamericano, muerto en ese mismo 1970, de quien yo había leído con mucho interés Anti-Intellectualism in American Life, comprado en el primer piso de la Feria del Libro, cuando estaba sobre Figueroa Alcorta. Los historiadores… versa, según la contratapa, sobre “los tres principales historiadores de los Estados Unidos de América en el siglo XX: Turner, Beard y Parrington”. La tradición del pensamiento progresista norteamericano (progresista en ese contexto debe entenderse como “liberal”) siempre me ha interesado, y no es raro que un libro así integre mi biblioteca. Más raro, sí, es que tuve el libro en mis manos decenas de veces y nunca lo empecé. ¿Por qué? No sé. Probablemente siempre, a último momento, algún cambio brusco de opinión, de entusiasmo o de inquietud, modificó la decisión. Y así pasaron el tiempo, los años, los lustros, siempre a punto de leer ese libro (así pasó mi vida también, pero eso no viene al caso ahora). Hasta que hace poco llegó a mis manos otro libro de Hofstadter, la edición en francés de The Paranoid Style in American Politics, de 1965, traducido por la editorial parisina François Bourin como Le style paranoïque. Théories du complot et droite radicale en Amérique (“El estilo paranoico. Teorías del complot y derecha radical en Estados Unidos”). Comprarlo y leerlo vinieron juntos. Como en su libro sobre el antiintelectualismo, Hofstadter vuelve a llevar a cabo un exhaustivo, erudito y demoledor análisis del imaginario cultural de la derecha norteamericana e, incluso, de cómo esos imaginarios derraman sobre el conjunto de la sociedad y de la clase política. Tomando el caso de Barry Goldwater, candidato perdedor por el Partido Republicano a la elección presidencial de 1964, llega a conclusiones de una actualidad sorprendente. Por momentos, podríamos reemplazar Goldwater por Bush (padre o hijo) o hasta por Obama y no nos daríamos cuenta del cambio. La idea de que buena parte de la política norteamericana se organiza a partir de formidables ideas de complots externos, que luego ingresan en la escena de la política interior generando reacciones políticas, sociales y mediáticas de tipo paranoicas, es una de las grandes hipótesis de libro, y parece perfectamente argumentada por Hofstadter. El mito de la conspiración antinorteamerciana es uno de los principios que generan la sensación de unidad orgánica en esa sociedad a lo largo del tiempo. Escrito –como crítica– en la estela del macartismo, sus alcances son mucho más profundos. Cercano a la experiencia norteamericana de T.W. Adorno (el de La personalidad autoritaria) la obra de Hofstadter merece ser leída con renovada atención. Como pienso hacer yo, ahora sí, con Los historiadores progresistas.



Damián Tabarovsky