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Dale campeón

Hay gente que tiene que festejar algo por algún motivo y no sabe muy bien cómo hacerlo.

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Hay gente que tiene que festejar algo por algún motivo y no sabe muy bien cómo hacerlo. Puede tratarse de un cumpleaños de quince o de sesenta, de una fiesta de egresados, de haberse recibido, de haberse casado; el caso es que hace falta estar contentos y no hay certeza de conseguirlo. Para eso existen, desde hace tiempo, los animadores y las animadoras. Su función social es importante. En la televisión, por ejemplo, son indispensables, dada su promesa frenética y fallida de entretenimiento incesante. En los cumpleaños infantiles se los requiere mucho también, pues los niños, cuando se aburren, lo declaran inmediatamente.

Ahora bien, si hay un lugar en el que no hacen falta en absoluto, es en una cancha de fútbol, y menos en un día de celebración de campeonato. Ahí no hace falta animar a nadie, no hace falta organizarle una hoja de ruta al contento: ahora cantamos esto, ahora saltamos por aquello, ahora nos exaltamos, ahora nos emocionamos. La fiesta digitada, la fiesta diseñada, la fiesta administrada, no encaja en esos palacios plebeyos de la alegría popular (pues, pese a todo, en gran medida lo siguen siendo).

En las fiestas burguesas se desean las alegrías de esa clase (o de esas clases), por eso se ha puesto de moda importar en ellas una sección de cumbia (adecentada) y por eso existe desde hace tanto el tradicional “carnaval carioca”, remedo penoso que ni es carnaval ni es carioca. Ese horrible criterio de fiesta se está queriendo llevar a las canchas, los papelitos los tiran máquinas, la música sale de parlantes, un animador y una animadora le gritan a la gente qué es lo que tiene que hacer. El objetivo está claro: dominar y disciplinar los festejos populares, contenerlos y adecuarlos para el espectáculo televisivo.

Las tribunas responden con soberana indiferencia, y esa es su forma de resistir. La fiesta la hacen a su manera, y esa es su victoria.