COLUMNISTAS

De 1983 a 2015

Por Maria Saenz Quesada

Hasta hace poco, los politólogos al analizar las transiciones democráticas en Sudamérica, tema central en los años 80, se aplicaban a establecer cuáles eran los obstáculos que debían sortearse para salir de una dictadura, restablecer el orden jurídico, ejercer el poder sin tutelas y no menos importante, crear un clima de ideas propicio al cambio.
Tras los mandatos sucesivos  de Néstor y Cristina Kirchner, que sumarán 12 años y seis meses en diciembre de 2015, vuelve a hablarse de transición con referencia al escenario político nacional en un futuro cercano.
No obstante las diferencias entre 1983 y la situación actual del país, hoy vuelve a hablarse de transición para referirse al fin del ciclo Kirchner y es triste comprobar que el término parece adecuado.
En efecto, tanto es el daño infligido a las instituciones, a los bienes y a las personas durante el prolongado período de gobierno de los santacruceños, que lo que debería ser parte de un sencillo proceso electoral, empieza a verse bajo esta faz.
Con la estrategia que les facilitó la Constitución reformada en 1994, el matrimonio Kirchner superó las marcas de otros presidentes justicialistas: los nueve años de la primera y segunda presidencia de Perón y los diez años y medio con los que  contó Carlos Menem para desplegar su proyecto. Y como símbolo de la concentración del poder en un núcleo familiar restringido, en 2007 el presidente Néstor K le trasmitió la banda a su esposa, y en 2011, las insignias del mando fueron entregadas por Florencia K a su madre, en la sola calidad de hija presidencial.
¿Cuál es el secreto del éxito personal de la pareja? Encaramados en un piso muy bajo y en la coyuntura favorable de 2003, sortearon con habilidad la crisis de 2008. Incluso la muerte de Néstor constituyó un factor favorable. Esto quiere decir que supieron responder al pedido de las mayorías de votantes, y las exigencias de mayorías significativas de empresarios, sindicatos, profesionales y franjas beneficiadas por planes asistenciales y subsidios desmedidos.
Este singular proyecto de poder, incluyó la “batalla cultural” por apropiarse de la historia del peronismo y por qué no también, de la historia argentina en su conjunto.
En consecuencia, apostar a una transición ordenada para el próximo período presidencial, es pecar de optimismo.
El régimen que se va deja una pesada herencia y no sólo en los grandes temas, de la deuda externa, de las alianzas de alto riesgo con regímenes autoritarios de América Latina, Asia y Europa, los altos niveles de pobreza y marginalidad, la declinación de la calidad educativa y el auge de la violencia. Queda la burocracia estatal y en particular la Justicia donde desde hace años las designaciones favorecen a los amigos del Gobierno en altos cargos dotados de estabilidad.
Mientras los optimistas suponen que los cambios en la cúpula producirán efectos rápido, otros se preocupan por la calidad moral de las personas que los ejercen hoy y los continuarán ejerciendo.  
Queda esperar de la dirigencia política opositora capacidad para acordar y dialogar, invitar a la ciudadanía a pensar en el país a mediano y largo plazo, apelar al sentido común y por qué no también, a la búsqueda del olvidado  bien común como única guía de los gobernantes. De irracionalidad y desmesura sobren ejemplos en estos últimos días.
Es el caso del asombroso anuncio presidencial de que en breve se alzará en la isla Maciel el edificio más alto de América Latina, una suerte de parque temático, con estadio, espacios verdes, puerto y hoteles de lujo.
La pregunta es: ¿el Riachuelo que  la bordea seguirá igual? ¿No sería más racional y propio de un proyecto inclusivo, dejar de lado los hoteles lujosos, limpiar de una buena vez el río y así proporcionar salud y bienestar a sus actuales moradores como también proyectos inmobiliarios moderados, sustentables y sin duda muy superiores en el mediano y largo plazo?
 En otras palabras, para abordar la transición con moderado optimismo, es preciso cambiar la conducta respecto de lo público, a fin de reconstruir lo que no fue nunca muy sólido en la Argentina: el régimen republicano y la prosecución del bien común.
La tarea será lenta, y requiere ente otras cosas un poco de sencillez, sentido común, acción y menos grandes discursos.

*Historiadora.



Redacción de Perfil.com