COLUMNISTAS ESPECTADORES II

De anteojos negros

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La popularidad es el último hábitat que un ser cuerdo podría desear ocupar. Y sin embargo, la puerta de entrada es estrecha y está apiñada de gente que quiere pasar a empellones al living chiquitísimo.

Desde hace una semana hago una participación en una tira. Una que ve mucha gente. Muchísima. Luego de aparecer sosteniendo una taza o diciendo más o menos un texto que –en la vorágine del rodaje– nunca creo haber aprendido bien, los vecinos me miran diferente. Saludan más íntimos, más toquetones. Los más discretos sonríen por primera vez sin atreverse a decirme en la cara: “¡Te vi!”. Yo, que soy por naturaleza paranoico, me preparo a responder preguntas inesperadas. En mi fantasía desleal, imagino que los desconocidos ahora se creerán con derechos adquiridos; te tocan, te felicitan o te dicen lo que tendría que hacer tu personaje. Una señora en un ascensor hoy dijo en voz alta, a nadie: “Ah, pero no sos tan gordo” y se bajó en su piso, suponiendo que con eso ya estaba bien de charla.

Yo, el presunto gordo, tengo claro que no se acercan a mí (de quien casi nada saben ni quieren saber) sino a una idealización momentánea, inocua: un espejismo que dura lo que dure tu popularidad. Yo ya había hecho tele (unitarios, documentales, reportajes), pero la tira es otra cosa, y está trenzada de encajes de unas babas del diablo fragilísimas que cuelgan de un edén flotante a altura inalcanzable. Sólo la tira parece validar a los actores para entrar en ese vip donde ya otros se comieron los canapés más ricos y quedan apenas sánguches de lechuga manoseados. No creo que se trate de la intimidad que el espectador cree tener con el actor que encarna un rol, sino de la sensación de estar cerca de un ídolo, de una figura de cera, maquillada y embellecida, que funciona como un pararrayos de la dicha. Porque al reconocerte por la calle, la dicha es evidente. Nunca te dicen: “Qué mala suerte la mía, toparme con un famoso en el subte maloliente”.

Por mi parte, debo aprender el guión de la sonrisa fácil y la actitud ingenua si no quiero acabar como un mal tipo: “Haga de mí, señora, lo que le plazca”. Pero soy hosco e inseguro, estoy a la defensiva y pienso en ponerme anteojos negros y llevarme por delante los cordones que no vea. Los anteojos no desatan el nudo de la popularidad (lo atan más fuerte, por cierto), pero al menos evitan el contacto visual, que te obligaría a una charla inesperada con gente que ni sabés a quién votaría. Mi personaje es menor, diminuto, y muchos no recuerdan ni su nombre ni el mío, así que no puedo quejarme. El 90% de las frases con las que me acosan por ahora se acaban en el “¿Sos vos?”, a lo que asiento con las manos abiertas y una sonrisa mal ensayada, miserable. El fenómeno existe desde siempre y es analógico al poder mágico de las figuras (imágenes) sacras y paganas que se elevaron sobre la plana tierra en todas las épocas del mundo. Es la impronta del “ídolo”, la estatua inmutable de la Isla de Pascua, el David en pelotas para ir a mirar obscenamente. El ídolo está expuesto en primer lugar para satisfacer el impulso de mirar a puro ojo. Pero hay un segundo lugar, más definitivo, en la ubicación del ídolo: se acude a él a ser visto por el ídolo, a exhibir urbanidad de a pie ante el ícono impertérrito, cuanto más inalcanzable mejor, ya que lo hemos alcanzado por designio de la suerte.

Pensarse como ídolo es un poco nauseabundo. Muchos personajes populares, supongo, se vuelven locos: se ocultan tras anteojos de sol, se refugian del roce insensato con las personas, que después de ver tus besos en HD te persiguen como si quisieran codearse con tu perro y acompañarte a hacer las compras y comentar eso tan grave de la inseguridad.

A propósito, en un parate del rodaje para almorzar, manos anónimas me roban bolso con billetera y documentos. Tengo que hacer la denuncia en la comisaría. Y por primera vez me tratan bien, son amables, dedicados, cuidan la redacción de la denuncia como si yo pudiera señalarles algún error gramatical. Es una ventaja secundaria de la popularidad.

Estoy en calma: sé que no bien acaben mis quince capítulos de fama, todos volverán a olvidarse de mi cara, de mi perro, de mi intimidad. Cuando el ídolo ya no está en posición de mirarlos, las cosas vuelven a su envidiable normalidad.



Rafael Spregelburd