COLUMNISTAS FESTEJOS DEL 25 DE MAYO

De ‘Billiken’ a los K

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Desde la segunda mitad del siglo XX hasta la fecha, Buenos Aires no ha dejado de conmemorar el aniversario de la Revolución de Mayo de 1810. Aquellos que tenemos más de 50 años podemos darnos el lujo de recordar y establecer comparaciones de cuáles fueron los discursos oficiales y las bajadas de línea para conmemorar la citada fecha.

En principio, digamos que por lo menos hasta la década del 70 los actos del 25 se componían de diversos ítems: discursos estereotipados de presidentes o funcionarios civiles o militares, sueltas de palomas, globos, y chicas y chicos de guardapolvos blancos que agitaban banderas o cintas celestes blancas (recordando a French y Beruti). Los actos escolares conpletaban esta tarea con discursos también vacíos de contenido de docentes y directores de colegios, coloreados con las infaltables maquetas del Cabildo, las figuritas de la Primera Junta y el alfajor de la salida. Lo mejor del festejo eran los chicos que –Billiken mediante– bailaban e imitaban a vendedores de aquella supuesta plaza de 1810. En el debate historiográfico, sí existían polémicas respecto del significado de la fecha (por ejemplo sobre la figura de Mariano Moreno y Cornelio Saavedra), que no llegaban –por supuesto– a la población.

Con los años, los discursos se volvieron cada vez más cursis, los bailes aburridos, y por razones obvias se acabaron las paradas y desfiles militares. Los vendedores ambulantes disminuyeron, y la verdad, los chicos que actuaban ya no hacían reír a nadie. Quedan de aquellas épocas docentes y revistas infantiles a los que –la verdad– no se les cae otra idea. En pocas palabras, un tipo de festejo se agotó. En realidad, nunca fue más que una parodia sin mayor incidencia en la conformación de los ciudadanos argentinos. Eso sí, hoy son un hecho emotivo autorreferencial de los álbumes familiares.

Si lo que decimos es así, los K vinieron a llenar un vacío que se verificaba desde hacía muchos años. Me parece que los festejos del Bicentenario en 2010 fueron un punto de inflexión en esta materia. Demostraron que había una población porteña ansiosa de festejos antes que de conmemoración histórica. Por tal motivo, el kirchnerismo rescató el sentido lúdico de la fiesta e incluyo más festivales musicales, exposiciones y muestras, entre tantas cosas. ¿Y el vacío histórico? Aquí viene la otra novedad del kirchnerismo. La idea de resignificar las fechas con otros contenidos. El más conocido ha sido reemplazar a la Primera Junta por la asunción de Néstor Kirchner. Pero también ha habido otro elemento interesante. Y esto es propio de la actual Presidenta. Ella es una apasionada de la historia argentina y ha comprado un revisionismo sesentista que –a mi juicio– fue muy útil para la lucha política de otras épocas, pero aclara poco y nada acerca de la verdad histórica. En ese trance se produce un cortocircuito evidente entre la juventud maravillosa de los 70, Mariano Moreno, Manuel Belgrano, Juan Manuel de Rosas y otros caudillos. Se vuelve al maniqueísmo inútil para el debate político e inocuo en términos de historia real. En pocas palabras, el sesentismo recalentado sumamente maniqueo no sirve para que los argentinos larguemos por un momento el baile y el juego por la reflexión crítica sobre nuestro pasado.

En conclusión, los doctores de discursos solemnes han sido reemplazados por un escenario lúdico. La historia real, por estereotipos de otros contextos y anacronismos inverosímiles. ¿Alguna vez los argentinos podremos estudiar sin mitos liberales o resignificaciones exóticas la historia argentina? Parece una asignatura pendiente.

*Profesor de Historia e historiador.



Luis Fernando Beraza