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De dioses y terrores

Y sí, las tormentas nos pertenecen a todos. La tevé nos las trae y todos temblamos y decimos qué barbaridá, che, y nos consolamos porque estamos bajo techo y en muchos casos calentitos y cómodos.

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Y sí, las tormentas nos pertenecen a todos. La tevé nos las trae y todos temblamos y decimos qué barbaridá, che, y nos consolamos porque estamos bajo techo y en muchos casos calentitos y cómodos. Lamento decirle, estimado señor, que a mí las tormentas no sólo no me gustan sino que me parecen horribles y que desearía que no existieran. A mí deme el sol y la brisa y si es posible treintiocho a la sombra, y con eso seré feliz. Trato de pasarlas, a las tormentas, digo, sin mayores tormentos si hemos de ponernos ingeniosos, y cierro todo y me entretengo con algo que me haga olvidar los truenos. Ni hablemos de los rayos. Eso que me entretiene puede ser, es, en la mayoría de los casos, la lectura. Voy y, como algo de masoca una siempre tiene, voy a internet y busco las tormentas y me entero de todo. Del dios Thor, por ejemplo, que al final no me acuerdo si es solamente fonética o si en efecto de su nombre sagrado viene lo de tormenta. Espero que sí porque eso me hace sentir perspicaz y hasta inteligentísima, sin exagerar, le aseguro. Pero ¿y en otros idiomas? No creo que storm tenga algo que ver con el dios Thor y dejémoslo así, que el berenjenal lingüístico puede ser fatal y ya que estamos terminamos hasta en la consonancia que vendrá muy bien para el soneto pero no para una reflexión como ésta, que es casi una fruslería. Supongo que los dioses, domésticos o extraños, no tienen nada que ver con las tormentas: eso es cosa de poetas, diría algún alma estricta en ortografías tipo diccionario o peor, tipo profesora de castellano en el secundario. Pero me gusta pensar que el universo no es tan perfecto como nos lo mostraron y que en algún recoveco se reúnen, sí, Thor y compañía, y que en medio de risotadas y palmadas en la espalda deciden que se desencadenen los infiernos de todo tipo, color y religión, y nos den una paliza de esas que no se olvidan. Eso no me consuela pero me da otro sendero que recorrer y me pongo a pensar en diosas que llegan a ser mis cómplices, ¿por qué no?