COLUMNISTAS YEMEN

De primavera a un invierno sin fin

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Pocos saben dónde queda Yemen en el mapa. Es el país más pobre de Oriente Medio, con un largo historial de inestabilidad interna. Comenzó a desintegrarse hace cuatro años, y hoy se encuentra atravesando una compleja guerra civil que está devastando tanto a su población como a su economía, y aun así permanece ignorado
por la mayoría de la comunidad internacional.
Yemen se encuentra al sur de la península arábiga, rodeado por el golfo de Adén y el mar Rojo. Con 26 millones de habitantes, organizado en un sistema tribal que vive bajo un calor intenso, es uno de los países con mayor escasez de agua en el mundo, y que viene luchando hace décadas contra la desnutrición.
Estuve por primera vez en este país en 2009 junto a Médicos Sin Fronteras (MSF), trabajando en proyectos de apoyo al sistema de salud y de atención a refugiados provenientes de Somalia y Etiopía. A pesar de estar sumergida en la escasez, su población se ha caracterizado por una notable generosidad e ilusión de futuro. Durante muchos años fueron receptores de aquellas personas que, de manera similar a las imágenes que vemos hoy, huían de sus países cruzando el golfo de Adén para escapar de la violencia y la extrema pobreza.
En 2011, en medio de las “primaverales” protestas democráticas árabes, el entonces presidente Saleh cedió el mando de su país a su vicepresidente. Se suponía que esto marcaría el comienzo de una nueva era para Yemen.
Pero el verano no ha llegado. Yemen ha permanecido inestable desde entonces y hoy se encuentra en medio de un conflicto entre los rebeldes hutíes y las milicias leales al presidente Abd Rabbuh Mansour Hadi, apoyadas por una coalición de Estados del golfo liderada por Arabia Saudita, que ha alcanzado una situación de violencia con una única víctima: la población civil.
Desde marzo, Médicos Sin Fronteras ha atendido a más de 15.500 heridos de guerra, ha realizado 5 mil cirugías y ha tratado a 57 mil pacientes en salas de emergencia. El número de desplazados internos asciende a 1,5 millones.
Los bombardeos son moneda corriente, pero son sólo una cara del conflicto. Los bloqueos a las importaciones llevados a cabo por la coalición, la destrucción de aeropuertos, puertos y carreteras se traducen en escasez de alimentos e inflación. La falta de combustible, indispensable para la provisión de agua, puede causar muy pronto más muertes que la guerra misma. La ruptura de servicios básicos, como la recolección de residuos, genera riesgos sanitarios y la contaminación de las pocas reservas de agua restantes. El colapso del sistema de salud no sólo afecta a los heridos de guerra.
La falta de medicamentos y de tratamiento a enfermedades crónicas requieren una respuesta inmediata, pero mientras continúen los ataques contra vías de suministro vitales, cientos de personas morirán por causas evitables.
He sido testigo de las consecuencias de la pobreza, del sistema de salud ineficaz y de la constante guerra entre el gobierno y los rebeldes en las regiones de Saada y Al-Jawf, pero hoy, a la distancia, recibo reportes de colegas y amigos que dejé en Yemen, y la magnitud de la crisis se ha incrementado a niveles incalculables. El bombardeo a objetivos civiles, a los que ahora se suma el ataque a hospitales y estructuras médicas, es una grave violación al derecho internacional humanitario, y definitivamente no es el contexto en el cual ningún ser humano pueda ni deba vivir.
Tenemos la obligación de visibilizar esta crisis y exigir a todas las partes implicadas que aseguren las medidas necesarias para proteger a los ciudadanos de daños que serán irreversibles para ésta y futuras generaciones de yemeníes. Una vez un
colega me dijo: “Asistir a un refugiado es bueno, pero asistir a una persona antes que se transforme en uno, es aún mejor”.

*Médicos Sin Fronteras (MSF).



Javier Madariaga