COLUMNISTAS PROMESAS Y REALIDADES

De relato en relato

Allá por 1993, en la revista española Ajoblanco, el escritor, dramaturgo y pintor inglés John Berger, fallecido el 2 de enero último a los 90 años, confesaba un sueño: “En el país de mi sueño se había aprobado un decreto que todo el mundo aceptaba: según el decreto cada palabra hablada o pensada tenía que ser canjeada por lo que representaba.

Gobierno M. Se pasaron los vaticinios a próximos trimestres y cuatrimestres.
Gobierno M. Se pasaron los vaticinios a próximos trimestres y cuatrimestres. Foto:cedoc

Allá por 1993, en la revista española Ajoblanco, el escritor, dramaturgo y pintor inglés John Berger, fallecido el 2 de enero último a los 90 años, confesaba un sueño: “En el país de mi sueño se había aprobado un decreto que todo el mundo aceptaba: según el decreto cada palabra hablada o pensada tenía que ser canjeada por lo que representaba. Si alguien decía árbol el árbol tenía que aparecer y estar allí. Las palabras no podían existir sin apoyo, había guardianes de su significado”. Sólo cuando habían garantizado la existencia de lo que nombraban, contaba Berger, las palabras podían ser calladas. De lo contrario se amontonaban, se apretujaban y ocupaban demasiado espacio.

El sueño recuerda que todo relato debe echar raíces en una verdad sostenible, argumentable. Las palabras sólo pueden emitirse si están respaldadas por hechos y cosas. No crean la realidad ni la reemplazan, la expresan. En el comienzo mismo de la narración más antigua, la Biblia, se dice que Dios llevó al hombre recién creado y le mostró el mundo y sus criaturas para que les pusiera nombres. Pero el mundo y las criaturas ya existían.

Políticos y gobernantes suelen actuar a contrapelo de esto. Manipulan palabras e inventan con ellas relatos que luego pretenden presentar como realidades existentes y ciertas. Llamar “década ganada” a doce años de autoritarismo, corrupción voraz y desbocada, descalabro institucional, pobreza estructural en crecimiento, papelones internacionales, complicidades con el narcotráfico, crimen en expansión e instalación de la cultura de la inmoralidad, es la prueba de un relato que la insobornable realidad se encargaría de demoler. Finalmente el rey, la reina y su corte estaban desnudos.

Es grave que un cambio de gobierno (producto del funcionamiento del sistema inmunológico de la sociedad o del instinto de supervivencia de una parte de ella) se desvíe a un cambio de relato. Y algunas señales deberían alertar al respecto. Desde el inicio del año cada semana es eyectado un funcionario. La mayoría de ellos señala causas personales, mientras el Presidente y sus voces y oídos (como llama al jefe de Gabinete y a los dos subjefes) agotan los elogios para los despedidos y para el trabajo que hicieron. Entre lo que se ve (o se deja ver) y el relato hay discordancias obvias. ¿Por qué los echan si son tan buenos?

Según el relato vigente el mundo vibra de entusiasmo por la Argentina. En la realidad las inversiones no llegan y en muchos las dudas equiparan al supuesto entusiasmo. Se machacó hasta el hartazgo con el maná que llovería en el segundo semestre de 2016, pero el calendario se consumió entre tarifazos mal explicados, inflación indomable, aumento de la pobreza y pérdida de más de 120 mil puestos de trabajo. Se corrigió el relato y se pasaron los vaticinios a próximos trimestres y cuatrimestres. Se prometió tolerancia cero con la corrupción y reacciones rápidas ante la menor sospecha sobre un funcionario. Pero hubo enrevesadas explicaciones sobre el Presidente y los Panamá Papers y un rápido scrum para blindar al jefe de la AFI, acusado de recibir 600 mil dólares en las operaciones de una colosal trama de corrupción que la Justicia brasileña desteje con una eficacia y una decisión impensables por aquí. Se desvía el tema aduciendo que entonces no era funcionario. La cuestión es el acto, no el cargo.

Lo grave de cualquier relato que habla de un árbol inexistente es que niega la percepción de quien lo escucha. Si alguien ve un páramo árido y le insisten, con narraciones astutamente armadas, en que hay un bosque frondoso, quedan dos opciones. O enloquece o pierde toda confianza en quien relata. Si es alguien con recursos para reconocer la verdad sin desistir, no ocurrirá lo primero y sí lo segundo. Walter Benjamin (1892-1940), inmenso pensador y crítico social y cultural, advirtió: “El arte de la narración está llegando a su fin, porque el lado épico de la verdad, la sabiduría, está desapareciendo”. Quienes apuestan al marketing, al packaging, a la especulación macroeconómica y al ludismo de la ciberpolítica, dan razón a Benjamin. No son artistas de la narración. Y cada vez queda menos tiempo y espacio para relatos en los cuales se hable de árboles inexistentes.


*Periodista y escritor.