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Debate como oscuro objeto de imaginación

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El debate político siempre debe ser un objeto deseado por la democracia. Entre presidenciables, insoslayable, sin excusas infantiles para faltar. Ahora la política es la continuación de las operaciones, o rituales de competencia, a través de los medios de comunicación.
El caso de los presidenciables 2015 fue un avance en la “videopolítica” (Giovanni Sartori) de manera inmadura. Pero un avance al final, que también habla de la penosa cultura política argentina. Otra cuestión.
 Alrededor del debate se construyó un objeto imaginario por parte de los más interesados (políticos, periodistas y un sector de la opinión pública atenta). Ese discurso social tiende a “deificar” el debate, proyecta un pensamiento mágico sobre sus efectos en los votantes. No solamente por los resultados que podría lograr, sino –también– por creer que eso “cura” pensamiento político débil, demagógico, relato falaz, lugares comunes, palabras vacías como modelo, inclusión y toda la fraseología banal. El pensamiento para una acción política es una cosa y las “recetas” o “menú a la carta” son otra.
Para empezar, el “debate” no deja de ser un “show”, dejando el sentido peyorativo, con las determinaciones propias de las lógicas televisivas. Hegemonía de lo visual, la televisión más que conocimiento suscita emociones. Lo público es difícil de explicar por televisión. Sólo se presta atención a las cosas que entendemos y la política tiene su lado de oscuro.
 El tiempo es escaso, sobre todo si hay un solo debate, para poner en juego pleno las dimensiones inteligibles (aquellas que apelan al entendimiento, la razón y la argumentación). La rígida reglamentación impide que emerja lo imprevisto, la sorpresa, cada contendiente sometiéndose a prueba “nudus”, sin ropaje, pudiéndose observar el temple de los contendientes ante la dificultad.
El debate televisado tiene tradición en muchos países, pero se “inventó” en Estados Unidos de Norteamérica protagonizados por John Kennedy, candidato demócrata, y Richard Nixon, republicano (1960). Con reglamentación liviana un periodista preguntaba. Luego fueron abriéndose otras formas con varios profesionales de prensa y participación in voce de público.
¿Quién ganó? Es la cuestión central en un debate. Olvidando la complejidad de los efectos en las audiencias. ¿Hubo cambios o reforzamientos? Pero habría que distinguir, aunque sean insuficientes, varias dimensiones: el debate en sí, el comportamiento entre los debatientes, los efectos en el público y el contexto político. El acontecimiento no generó interés superlativo. Hubo grupos desinformados sobre el debate, los participantes, los horarios, etc. Aquí llama la atención que la ausencia de Scioli haya sido acompañada por el canal público y otro promotor del debate, como el Grupo Clarín.
Los candidatos que participaron no cometieron errores. Repitieron, en general, sus “discursos” de campaña, hubo más recetas sobre propuestas que argumentación y réplicas y hubo sensación de que salvo el pensamiento intransigente del participante de izquierda los demás optaron mayoritariamente por la moderación. Todo muy “guionado”, señalaron algunas críticas. En sí un guión no es negatividad. Puede haber ornamentación retórica o falta de dialéctica, pero al mismo tiempo si se “prepara” un discurso puede discutirse con un gabinete, como deberían trabajarse las decisiones en caso de gobernar.
Los efectos sobre la audiencia no son mágicos, está probado que a lo sumo pueden generar un desplazamiento no mayor a los dos o tres puntos de un candidato a otro. Claro si ése es el margen de victoria o derrota se torna significativo.
Contexto político, los encuestadores, en general, dan guarismos absolutos sobre intención de voto y poca consideración de los indecisos. La historia electoral de las últimas décadas enseña que hay entre 12 y 15% de electores que finalmente unge al triunfador. La atención selectiva del “indeciso” empieza a funcionar por estos días.

*Profesor universitario y periodista.



Carlos Campolongo