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Debate presidencial: del desacuerdo a la estructura del cuento feliz

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A poco de realizarse el debate presidencial, vale observar las peripecias atravesadas a fin de obtener el beneplácito de cada uno de los candidatos.

Si bien, la reticencia al diálogo no es más -ni menos- que una de las formas agravadas de esterilización de los desacuerdos, tal cuestión resulta legible si se entiende que fueron sustituidas las condiciones que regulan la política.

Así pues, los candidatos, acondicionados por los asesores de campaña y regulados por el dictum de la empresa estadística, antes que explorar sobre los desacuerdos generalizados existentes entre todos los ciudadanos y sobre casi todas las cuestiones relevantes que caracterizan a nuestra sociedad, han optado por travestirse en personajes de un cuento literario, cuyo desenlace nos destina un futuro feliz.

Es por ello que, los presidenciables encuentran en la deliberación democrática una dificultad: el hecho de los desacuerdos y el pluralismo sociales expresan más que el nudo narrativo de un cuento ficcional y tienen potencia suficiente para alterar la trama.

Visto de este modo, resulta lógico que el choripán o los globos amarillos, como estrategias de sesudos asesores, logren anclaje indistinto en uno u otro lado de la brecha que configura esta República cada vez más desigual.

Frente a esto, puede conjeturarse un acuerdo tácito respecto de las condiciones en que se desarrolla la deliberación política. Si la ficción es el soporte desde el cual se esterilizan los desacuerdos, ninguna discordancia extrema resulta admisible: sólo a riesgo de quebrar la trama que abstrae de la realidad.

En este contexto -por cierto- preservar el caudal de votos acumulados en las PASO es casi una tarea de oficio, pues la volatilidad del electorado se licúa en la tranquilidad de un estanque; más aún, si es que por connivencia se prohíbe la pregunta interpuesta.

Y es que algo de cierto hay en todo esto, dicho sea de paso, si se atiende a la coincidencia monocorde de los discursos estadísticos.

Resulta claro, entonces, que en este reformateo de las condiciones de la política, el compromiso general de los presidenciables, es a decir poco y a debatir menos, puesto que entre ellos, ninguno quiere correr el riesgo de convertirse en sapo antes de tiempo.

Por lo dicho, y casi sobre la hora, deberíamos esperar menos que poco del anunciado debate mediático por venir.

 

(*) Socióloga (UBA). Profesora regular en la Universidad Nacional de la Patagonia “San Juan Bosco” (UNPSJB).



Marina Mansilla