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Decir “mano dura” es menospreciar a las víctimas

No se trata de una grieta política. Y ojalá lo fuera. Lamentablemente, durante las últimas décadas la Argentina vio la realidad con una lente que, al igual que los anteojos deteriorados por el tiempo, uno no se resigna a cambiar.

Respaldo. Tras ser procesado y embargado, Macri recibió al agente en la Rosada.
Respaldo. Tras ser procesado y embargado, Macri recibió al agente en la Rosada. Foto:cedoc

No se trata de una grieta política. Y ojalá lo fuera. Lamentablemente, durante las últimas décadas la Argentina vio la realidad con una lente que, al igual que los anteojos deteriorados por el tiempo, uno no se resigna a cambiar.

La ideología coloreó la realidad no solo de la actuación de las Fuerzas Armadas, o de la Justicia, sino también del lenguaje, la educación o las relaciones internacionales. Durante cuarenta años tuvimos los mismos pares de lentes observando una realidad que cambió, que ya no es lo que era, si alguna vez fue como se creyó que fue.

Por empezar, la poco feliz expresión “mano dura” es aplicable en los países donde continúa vigente la pena de muerte. Sin embargo, en nuestro país es una expresión poco feliz, porque hay ejecuciones ilegales todos los días por parte de los delincuentes. En Argentina, la “mano dura” la sufren los deudos de los inocentes que mueren sin saber por qué.

Decir “mano dura” es menospreciar el dolor de las únicas víctimas: aquella que termina enterrada en un cementerio y aquellas que permanecen enterradas en vida. El lenguaje no es inocente, y denota la perspectiva sesgada del hablante. Por eso creo que hay que ser muy cuidadoso con las palabras que empleamos.

Un ejemplo paradigmático de esta clase de sesgo discursivo al que hago referencia es la denuncia del juez de menores Enrique Velázquez. De las decisiones de este magistrado se infiere que el agente de la policía local de Avellaneda Luis Chocobar actuó “alejado de una actitud profesional”. Omitió, en el camino, que el funcionario persiguió a quien había atacado con diez puñaladas a un turista estadounidense.

Incluso Velázquez hace caso omiso del artículo 34, inciso 4 del Código Penal, el cual estipula que la conducta del policía Chocobar constituye un acto no punible por ser ejercido en “cumplimiento de un deber o en el legítimo ejercicio de su derecho, autoridad o cargo”. Desde su confortable sillón, Su Señoría disecciona la conducta instantánea de quien desconoce qué fue del múltiple apuñalado y qué será de los transeúntes con el delincuente huyendo. Chocobar inició una persecución de un sujeto que había atacado con un arma blanca a otra persona. En ese sentido, Chocobar cumplió con su deber de policía.

Velázquez vive en estado de ensañamiento, no solo con las fuerzas policiales. Es su modus vivendi, porque también ataca a la sociedad civil. Recordemos que un año atrás envió a Perú al menor que mató a Brian Aguinaco, quien volvió hace unas semanas y hoy convive alegremente con su familia.

De todo esto se infiere que el prontuario de Su Señoría debería ser cuidadosamente estudiado cuando sea llevado a juicio político. Y ese juicio, sin duda, será una especie de “test” para saber cuánto puede mejorar la administración de justicia.

Sin embargo, lo que está en juego en este debate no es la conducta de un agente de policía sino una concepción del valor de las normas. De allí que este sea un tema bisagra cuya resolución marcará las próximas décadas.


*Doctora en Filosofía y presidenta de la Asosiación Civil Usina de Justicia.



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