COLUMNISTAS LA SIESTA ETERNA, EL FRACASO, EL DESPIDO, LA PATÉTICA DIRIGENCIA

Deconstruyendo a Carlos Bianchi

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“—¿Cuánto tiempo? –preguntó con voz débil– ¿Cuánto tiempo estuve durmiendo? —Un espacio considerable de tiempo –dijo el hombre de pelo rojizo, echando una rápida ojeada a los demás.– ¿Cuánto? —Mucho tiempo”.

H.W. Welles (1866-1946), de su novela “Cuando el durmiente despierta” (1899).

 

Bianchi, como Carlos Monzón, ha disfrutado y sufrido el agridulce destino de los que son amados por infalibles. Aquí se adora a esos ganadores seriales. Se los reconoce, se los aloja para siempre en el Olimpo de los elegidos pero –oh exóticos vericuetos de la argentinidad– también se los siente algo lejanos, gélidos, inasibles. El mito suele nacer, en estas pampas de crisis, de la mano de la imperfección. Una muerte joven en el caso de Evita, el Che o Gardel; los excesos y una vida al límite en el caso de Maradona. O del Mono Gatica, notable caso de identificación de clase más allá de sus logros deportivos, que fueron nulos.

Como jugador, Bianchi tuvo una carrera fantástica y poco reconocida: hizo casi 400 goles –la mitad de ellos en Vélez, de 1967 a 1973 y de 1980 a 1984–; fue cinco veces top scorer de la liga francesa en los años 70 y la FIFA lo colocó 13° entre los máximos goleadores de la historia. Le jugó en contra, creo, su falta de carisma, el no haber sido campeón en su mejor momento, jugar en una liga con menos prensa que la italiana, la inglesa o la española, y ser ícono en un club admirable pero barrial. Los chicos de la época no colgaban su póster, no querían ser ese 9 pelado que hacía goles vaya a saber dónde. Lástima.

Cuando en 1984 se retiró y pasó a dirigir al Stade Reims, nada hacía presagiar una carrera tan exitosa. Cuatro años allí en el Reims, uno en Niza y otro en el PSG, mucho antes de los petrodólares. Campañas normales, sin brillos. Hasta que en 1993 volvió a la Argentina y, en silencio, se sentó en el banco de Vélez. No paró de ganar.

Bianchi no es simpático. No se lleva bien con la prensa y los periodistas no se llevan bien con él. Se notó esa tensión ahora, en su hora más difícil. Muchos lo estaban esperando después de años de inmunidad. Se cobraron viejas deudas. Lo destrozaron, impiadosamente.

Después de su arranque ganador en Vélez, por alguna razón –nunca se sabe– un Maradona todavía en actividad lo había atendido brutalmente, sin filtro, muy a su estilo: “Que Bianchi no se agrande y se acuerde cuando me pedía por favor que vaya a la inauguración de una escuelita de fútbol que había puesto en París”. No era el único que dudaba, aun en sus momentos de mayor gloria.

Muchos suspiran con desdén a la hora de analizar sus virtudes. Destacan con malicia su increíble suerte y las definiciones ganadas por penales; recuerdan su paso poco feliz por Roma y Atlético de Madrid y, sobre todo, los planteles ya armados que heredó de sus antecesores. Le pasó en Vélez con Eduardo Manera –subcampeón en el Clausura 1992 que ganó el Newell’s de Bielsa–; y en Boca con Héctor Veira, que trajo a los jugadores clave, los que ganaron todo a partir de 1998.

Más allá de cualquier duda, lo cierto es que Bianchi sostuvo, mejoró e hizo ganadores a esos grupos virtuosos pero vírgenes de títulos. Y cuando volvió a Boca, en 2003, potenció a un grupo modesto pero ambicioso, capaz de llegar a Japón y ganar la Intercontinental contra el Milan, nada menos. Tiempos post debacle de 2001: Iarley, Donnet… Y Tevez, claro.  

¿Qué clase de entrenador es Bianchi? Uno nada deslumbrante. Efectivo, sí; ordenado, pragmático. La figura del “celular de Dios” era una manera simpática de sugerir lo que nadie se atreve a decirle a un ganador: que más allá del resultado, no es estético, entretenido.

Volviendo a Monzón: ¿saben por qué nunca llenaba el Luna Park antes de Benvenutti? Porque su estilo era aburrido; izquierda larga, paso atrás, cintura, vuelta a empezar. Ver a los equipos de Bianchi tampoco era un derroche de arte y placer. Pero eso no le importaba a nadie. Ganaba. Cumplía con lo único importante en este negocio: la foto final. Copa, luces, papelitos; eso que llaman “la gloria”.

¿Qué le pasó a Bianchi en esta su tercera etapa en Boca? ¿Pudo haberse equivocado tanto? Sí, pudo. Eligió mal, muy mal. Dependió de un Riquelme terminal en lo físico pero pleno en el conflicto permanente, en sus idas y vueltas. Creyó que podría tolerar otro matrimonio por conveniencia como el que tuvo con Mauricio The Lord, enemigo a la altura del conflicto entre título y título. Pero se estrelló contra la triste figura de Daniel Bingo & Defensores de Macri. Ay.

Todo se aberreta fatalmente, muchachos, no sólo los jugadores. La novela del despido fue tragicómica. Los gestos de dolor frente a la cámara, deliciosos. Nadie se le atrevió a Bianchi, cara a cara. En junio lo ratificaron; ahora, lo van a indemnizar. En fin. Qué estupidez.

Angelici asumió y, sitiado, terminó dándole la llave del club a las únicas dos personas que no quería ver ni en fotos: Riquelme y Bianchi. El gesto lo define, sin mucho más que agregar. Riquelme hizo, literalmente, lo que se le dio la gana, incluyendo desaparecer o jugar magistralmente cuando era necesario. Bianchi armó el equipo alrededor de él, acalambrado por su interminable siesta. No alcanzó. Después, se quedó solo.

El resto fue una infinita sucesión de errores. Boca jugó los últimos partidos con un plantel aterrado. Muertos de miedo todos: grandes, chicos, recién llegados, históricos que supieron vivir épocas mejores. Imposible arreglar semejante descalabro sólo con el orgullo herido. “Time is a thief”, canta Peter Hammill. Cierto.

La Bombonera, dicen, late. Brama. Se retuerce a veces, gritos como llamas. Hoy, quién diría, Vélez no será el mayor desafío, aunque llegue puntero, favorito, con todo a favor.

El verdadero partido lo jugará la historia, los años de oro, el recuerdo de lo que ya no es ni puede volver a ser. Ese inmenso vacío… contra lo que permanece.

Esos señores.



Hugo Asch