COLUMNISTAS PUNTO DE QUIEBRE

Del control del índice al control de precios

Cuando sólo se intervenía el Indec, la rentabilidad de los grandes productores y cadenas no cayeron, pero con el congelamiento, las demandas salariales siguen elevadas.

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A partir de enero del 2007, ante la aceleración de la tasa de inflación el gobierno K decidió, en lugar de cambiar la política económica, controlar el índice de precios al consumidor. En su momento, opinando sobre esta  “innovación tecnológica”, manifesté que, dado que no se pensaba cambiar la política monetaria y fiscal, la alternativa de alterar el índice de precios, tenía desventajas, pero también algunas ventajas, respecto de un control directo de los precios.

Las desventajas eran obvias. Por un lado, se atacaba el corazón de todo gobierno, su credibilidad. Mentir en algo que es tan fácil de comprobar por cualquier persona que consuma y pague lo que consume en la Argentina, desprestigia a quién lo instrumenta y le hace perder legitimidad ante cualquier anuncio futuro. No es casual que nadie importante quiera hablar de inflación desde el Gobierno.

Por otro lado, al confesar que se mentía en el índice para “pagar menos deuda indexada” (recuerden que este gobierno había emitido títulos ajustables por la inflación), se declaraba un default encubierto  cerrando, desde ese momento, el acceso para el Estado a préstamos voluntarios a tasas razonables. Pero el hecho de no controlar los precios, y sólo fraguar el índice, tenía la ventaja de interferir mínimamente en la economía real, evitando inflación reprimida, desabastecimiento, el surgimiento de mercados negros, etc.

Es cierto que algunos productos y servicios fueron sometidos a un control más estricto, con autorizaciones de aumentos diferenciales. Pero no es menos cierto que se permitían incrementos periódicos, y la inclusión de “productos nuevos”, con precios libres. También es cierto que el intento por “defender la mesa de los argentinos”, generó distorsiones de precios en el mercado de la carne vacuna, las harinas y otros bienes alimenticios, pero, insisto, estas intervenciones fueron transitorias y, finalmente, los precios, en general, ajustaron.

En otras palabras, el control del índice afectó seriamente la credibilidad del Gobierno, le impidió acceder al mercado de deuda voluntario, se crearon problemas transitorios en mercados sensibles, pero, en promedio, ni el abastecimiento, ni la rentabilidad de los grandes productores y cadenas se vieron seriamente afectadas. Además,  lo que no se pudo ajustar en precios, se compensó, en las grandes empresas, con más volumen, y estableciendo un mix de precios rentable entre productos “premium” y “populares”.
Pero, a partir de febrero de este año, en un intento por quebrar expectativas de inflación creciente, y tranquilizar el escenario de negociaciones paritarias, en un año electoral, el Gobierno decidió, además de controlar el índice, congelar directamente algunos precios, e intentar un aumento del salario real “de prepo”, en una economía que, estancada, ya no genera empleo privado y no puede aumentar el salario real “voluntariamente”.

Sin embargo, sin otros cambios en la política económica, y sin credibilidad en materia inflacionaria el resultado de este cambio de política, hasta ahora, es magro. Las expectativas de inflación siguen elevadas y, por lo tanto, más allá de la voluntad de los líderes sindicales, las bases presionan por aumentos de salarios similares a esas expectativas. Esos aumentos son inviables para los sectores con precios congelados, dado que, ya sin más volumen, afectan directamente su tasa de rentabilidad. Estamos, entonces, ante una típica “trampa 22”. El Gobierno pretende recuperar salario real y, simultáneamente bajar la tasa de inflación. Controla algunos precios para moderar las expectativas de inflación, pero, como no es creíble, las demandas salariales se mantienen elevadas. Para que estas demandas no rompan el congelamiento, por el lado de las empresas, los ajustes salariales se demoran, o se pactan en cuotas. Pero al pactarse de esta manera, el salario real cae. Sí, por el contrario, convalida aumentos salariales en función de las expectativas, lo que no aguanta es el congelamiento.

En este particular “equilibrio” iremos transitando el camino hacia las elecciones. Como el salario real no puede crecer en una economía estancada y con atraso cambiario, los aumentos nominales que finalmente se produzcan, terminarán en los precios, o en la brecha. O en ambos.

Más que cambiar de control, hay que cambiar de políticas.



Enrique Szewach