COLUMNISTAS GUION DE CAMPAÑA

Del relato al libreto

El oficialismo tiene su dogma preelectoral, pero Carrió lo desafía. El radar vigila a los candidatos.

DE PUERTO PANAL, A PUERTO PENAL Julio De Vido
DE PUERTO PANAL, A PUERTO PENAL Julio De Vido Foto:Pablo Temes

Para Jaime Duran Barba, si bien la sociedad se mueve por todo, el item corrupción no constituye un elemento importante ni determina el voto de la gente. Declara: es la nata de la leche. Sin embargo, si uno debe describir el fundamento del exitoso marketing de Elisa Carrió en la Capital, admite que se alimenta de la denuncia por corrupción al gobierno de la viuda de Kirchner.

Tanto que la diputada de Exaltación de la Cruz, embebida en su vanagloria, opípara, ya se deglutió el banquete antes de que lo sirvan el 22 de octubre. Y avanza con historias de antaño, cuando nadie se ocupaba de la venalidad K que hoy obsesiona a los medios que la ignoraban, los casos del subsidio al transporte, la pesca, Greco, Skanska o el yacimiento carbonífero de Río Turbio con la familia Taselli, parte inicial del frondoso prontuario de Néstor & Cía que se multiplicó con la hotelería, la energía, la construcción, las comunicaciones y mafias adyacentes. O con la cruzada de destitución de todos los jueces de Comodoro Py, esa asociación ilícita en su intimidad como los magistrados de Cámara, fiscales ad hoc, o desafueros y expulsiones en Diputados con la cabeza de Julio de Vido. Con ese emblema sanador del dominico Savonarola, la mujer ha trepado en las preferencias porteñas. En este caso, su ascenso pulveriza la teoría Duran Barba de que la corrupción no rinde en los comicios.

Mas curiosa resulta otra derivación de la campaña electoral contraria al ecuatoriano más famoso: debido a que las encuestas recogen una insuficiencia del oficialismo en la provincia de Buenos Aires, que corre el riesgo de perder, se decidió que la propaganda se concentre casi en exclusividad en la malversación kirchnerista de la década pasada, en la diferencia metafórica entre el bien y el mal que representan ambos sectores políticos.

Oídos sordos. Como si no escucharan los mensajes del consultor presidencial, justo el protagonista de la última cumbre oficialista en la Costanera, al que le asignan la responsabilidad de alinear voz y conducta de Mauricio Macri, de lo poco que deben hablar los candidatos (con la exigencia de “jamás confrontar con Cristina), de ir siempre de a dos a la tele, y de condicionamientos mayores al equipo de Cambiemos, que hasta modifican la personalidad de sus integrantes, los remite a un rol de autómatas bajo la vigilancia del ojo del hermano mayor. Un Orwell para todos, sale con fritas.

Rígida escuela de la que nadie puede salirse, libreto inflexible a desarrollar solo en medios amigables y con una latente persecusión interior que llega al extremo de investigar, en lugares insólitos, la aparición de noticias o trascendidos. Como el almuerzo de economistas con la cúpula del Banco Central –nota de Mariano Gorodisch en El Cronista–, que desató una pesquisa paranoica en la propia entidad del anfitrión, Federico Sturzenegger, para saber cómo y quiénes habían despachado el relato periodístico sobre la calidad del menú, el jamón, el queso brie y el salmón, por no mencionar las impresiones profesionales sobre la política monetaria, las tasas de interés y, sobre todo, la consistencia de una core inflación que devasta el propósito del indice anual de l5% (entre 12 y l7, había prometido el Gobierno) y que amenaza subir a 25%.

Condicionamiento de Cambiemos no polemizar con CFK e ir de a dos a la televisión

Amateur de Sherlock Holmes, sometido a una orden superior, que parecía no advertir la miniescapada del dólar en el mismo día, una chambonada inexplicable de Sturzenegger, como si el BCRA perteneciera a otro continente o país. Tanta angustia primeriza por encontrar un culpable entre los invitados o personal propio le hizo perder para la colección del Gobierno la confesión de un participante del almuerzo, quien reconociendo la catástrofe heredada, atinadamente sostuvo en la reunión: “Menos mal que zafé de meterme en el barullo, porque no ganó Scioli” (a propósito, al ex gobernador no lo dejan ni acercar al refugio de Cristina, menos aceptar a su gente como colaboradora).

Tanto nerviosismo por las filtraciones –burda copia del cerrojo cristinista– ocupa no sólo a los encargados de campaña presididos por el jefe de Gabinete, Peña, también por inquietudes atribuidas al mismo Macri: dicen que empezó a preguntar por qué su gradualismo al ajuste en rigor encubre un gradualismo a la expansión del gasto. Hasta juran las especies que departió con el calladito ex ministro Roberto Lavagna, otro experto en secretismo.

Perplejidades varias, entonces, surgidas de expresiones numéricas de los sondeos, especialmente en el Conurbano. Allí no reina la misma inclinación por indigestarse con la corrupción: se inscribe en la tendencia de un peronismo histórico al que jamás hizo mella las imputaciones gravosas que le endosó la Libertadora desde el 55 al “tirano prófugo”. Conviene distinguir entre la nimiedad de la tosca fantasía de época (el inhallable tesoro del General en Suiza, por ejemplo) y la multitud de cuantiosos negocios desplegados bajo la hégira personal del kirchnerismo.

Factor Provincia. Sea por esa razón o por la disconformidad económica de esos sectores sumergidos en la Provincia, lo cierto es el desconcierto: Cristina se ha hecho fuerte, más de lo que desea el Gobierno, en Buenos Aires, donde parece decidirse el futuro de toda la Argentina, con resultados inversos al resto del país. Una nueva curiosidad, no sólo porque proviene de una provincia entre todas –Macri hace auspicioso pie en Capital, Mendoza, Santa Fe, Córdoba–, sino porque dentro del mismo distrito bonaerense el resultado lo determina una sección, la Tercera, nido y santuario de CFK, al que ni siquiera visita.

Son territorios o municipios que no quiso capturar el macrismo en la primera parte del año por supremacía étnica, avaricia política o por temor a intoxicaciones futuras, cuando el panorama estaba abierto y propicio a través de la separación de comicios (una fecha para listas provinciales, otra para las nacionales), para establecer colectoras o para sellar acuerdos con intendentes que no toleran a la ex mandataria y que fueron arrojados bajo su falda por falta de destino.

Ni siquiera evaluaron suspender las internas obligadas, esas PASO tan poco representativas y de alto precio –ahora se plantean esa peregrina liquidación, tarea casi imposible– que podrían anticipar un desenlace indeseado para la craneoteca oficialista. Impericia de adolescentes, mas bien infantiles, en el aquelarre nacional.