COLUMNISTAS POPULISMO

Democracia en tiempos de crisis

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En las democracias todo el poder reside en el pueblo, quien lo ejerce a través de sus representantes. El pueblo sabe lo que necesita, pero no conoce las medidas que hay que tomar para alcanzarlo; eso queda en manos de sus representantes, quienes al final de sus mandatos rinden examen frente al pueblo, quien les renueva su confianza o prueba con otras ofertas. En esto consiste la política; por lo que no se entiende que cuando una elección democrática consagra a un líder populista se hable del triunfo de la “antipolítica”.
Se trata de un juicio de valor que parte de una concepción de la democracia que ha sumado (“solapado” en términos de Sartori) los principios del liberalismo político a las ideas de democracia vigentes hasta hace apenas dos siglos. Desde entonces los principios de igualdad se enriquecieron con los de la libertad.

Pero esa democracia más completa se fue malogrando por la acción de políticos profesionales que con sus estructuras partidarias llenas de principios y buenos modales dejaron de responder a las expectativas de las mayorías, sea porque no supieron, no quisieron, o no pudieron, tomar las medidas que dieran respuesta a sus demandas. Importantes sectores de muchas sociedades (jóvenes sin futuro, trabajadores sin empleos, excluidos y clases medias que descienden en sus niveles de vida) vienen rechazando a una clase política que se fue convirtiendo en “castas”. Sectores que sin abandonar las prácticas democráticas votan por representantes populistas.

La historia no muestra que las alternativas populistas sean la solución; pero el pueblo no mira hacia el pasado y busca otras opciones ejerciendo su soberanía democrática.
De nada sirve despotricar contra los populismos y la antipolítica si lo que se quiere es ayudar al triunfo de candidatos republicanos. La lógica indica que lo mejor es revisar qué ha venido haciendo esa élite política con el voto que le diera el pueblo.

Una conducta que ha llevado al alejamiento de esas élites de las preferencias de los votantes, muy difundida y fácil de detectar, se relaciona con la transformación de las mismas en una corporación que como otras (empresarios o sindicatos) han privilegiado sus posiciones sociales o intereses económicos sobre el interés general: los casos de enriquecimiento ilícito no son más que una de las formas visibles de ese aprovechamiento.

Pero hay otros tipos de deficiencias, entre las que se destaca por su importancia y complejidad la dificultad de la clase política para poner en práctica un proceso productivo capaz de crear empleos bien remunerado y con posibilidades de movilidad social para el conjunto de la población. En los países desarrollados la preeminencia del capital financiero o los efectos de la globalización que exporta capitales y trabajo, son variables que no se han sabido controlar. En países subdesarrollados esas deficiencias se han visto agravadas por el descuido de las actividades creadoras de riqueza, las que fueron sustituidas por un demagógico combate a la pobreza: la misma que la clase política ha consolidado y aumentado en años de ineficiencia y corrupción. Frente a las crecientes demandas sólo han atinado a proclamar más derechos y beneficios sin una contrapartida productiva capaz de crear los recursos necesarios para atenderlos. El aumento del gasto público, de la inflación y de las cargas impositivas que dificultan la actividad productiva  sólo ha contribuido a un incremento de la pobreza.

Estos desafíos se agravan en un mundo donde los avances tecnológicos incrementan la productividad a la par que afectan las formas tradicionales de distribución de la riqueza a través del empleo y los salarios. Contradicciones de un modo de producción en crisis de crecimiento que favorece las respuestas populistas. Es este nuevo escenario mundial lo que debe ocupar a la política, en lugar de indignarse porque los pueblos descontentos votan por ciertos candidatos.

 *Sociólogo.