COLUMNISTAS LECCIONES DE CHIPRE

Democracia maniatada

¿Cuánto resiste un gobierno democrático la embestida del capital financiero? El peso de la deuda chipriota y la debilidad de su Estado. Los titiriteros que detentan el verdadero poder para poner y sacar presidentes.

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El sistema internacional no es sólo el resultado de la relación entre las naciones. Es, sobre todo, una trama de poderes, en la que algunos poco tienen que ver con las naciones o la voluntad de las sociedades. No es suficiente analizar la interacción de los poderes estatales para obtener una pintura de nuestro planeta; debemos incorporar los poderes no públicos; en particular, el financiero.

Estas son cuestiones conocidas, especialmente por aquellos que viven en sociedades que fueron estremecidas por las llamadas crisis financieras; sin embargo, cuando se analiza o estudia el poder, frecuentemente son dejadas de lado. Por ejemplo, el papel que juega el poder financiero en la estabilidad de las democracias es frecuentemente ignorado; también es olvidado a la hora de interpretar los sucesos políticos del sistema internacional.

En estos días, los sucesos de Chipre vuelven a recordarnos la incertidumbre en la que continúa Europa. Los bancos de la isla quedaron con un descubierto de aproximadamente 15 mil millones de dólares (la mitad del PBI), con lo cual se paralizó literalmente el funcionamiento del sistema financiero local. Finalmente, el rescate de la Unión Europea y el compromiso de ajuste del país permitieron resolver provisoriamente la situación, aunque por ahora no se vea una rectificación del modo con que funcionaba esa economía.

El desplome del sistema financiero de Chipre produjo consecuencias que Europa no veía desde hacía muchas décadas, como el congelamiento de los depósitos que impidió a los chipriotas retirar dinero de los bancos durante 15 días.

Esta crisis se agrega a las irlandesa, española y griega, entre otras; todas tienen por lo menos un rasgo común: el tamaño extraordinario de sus sistemas financieros, que en el caso de Chipre equivale a siete veces su producto bruto interno. Esa deformación lleva a que los movimientos del capital financiero determinan el funcionamiento del conjunto de la economía. En este tipo de situaciones, la llamada economía real es un dato casi anecdótico para la evolución del país.

El PBI chipriota es de 30 mil millones de dólares y su sistema financiero ronda los 200 mil millones. Además, en casi su totalidad esos recursos financieros no son nacionales, es decir, siguen lógicas y conveniencias que nada tienen que ver con las necesidades de la sociedad ni con la capacidad de acción de los gobiernos, haciendo que este paraíso fiscal se transformara, en días, en un infierno social. La mayoría de los depósitos pertenece a ciudadanos rusos que han evadido impuestos en su país o realizan actividades no legales.

El rescate de 10 mil millones de dólares que acaba de hacer la Unión Europea, con el dinero de sus contribuyentes, termina financiando las pérdidas ocasionadas por las actividades ilegales de los rusos.

Estas inmensas masas financieras se comportan de manera semejante en todo el mundo. Su razón de ser es sí misma, lejos del sentido originario de un sector destinado a facilitar los intercambios y el crecimiento de la economía productora de bienes y servicios. Este sector busca la ganancia sin generar riqueza, está fuera del ámbito de control público, no está atado a ninguna nación. Es un poder sin Estado, lejano y a menudo contradictorio con el interés general, que llega a jugar un papel decisivo en la política mundial durante las crisis que arrasan con los proyectos políticos votados por las sociedades. Peor aun, generalmente van en sentido contrario a la voluntad de las sociedades. Desarman y frustran sus futuros. ¿Cuánto resiste un gobierno democrático la embestida del capital financiero?

Mientras los objetivos sociales y los del capital financiero no sean contradictorios, la democracia sobrevive. Cuando sus intereses se divorcian y se tornan opuestos, la viabilidad de la democracia se reduce. Generalmente se mantienen las apariencias, no se ve un CEO de un banco de inversiones ocupando la casa de gobierno para desalojar a un presidente electo. No se echa a nadie, sino que en el mejor estilo del sector se hace leasing de presidentes. No se cambian las personas sino los objetivos de un gobierno.
Por cierto, lector, las cosas no son tan bruscas en todos los lugares del mundo. En sociedades con instituciones modernas y eficaces no es tan sencillo devenir el gran titiritero de la política; sin embargo, la experiencia europea de estos tiempos muestra que aun en esas sociedades de democracias avanzadas y sistemas institucionales desarrollados los intereses financieros ponen y sacan jefes de gobierno; mire los casos griego e italiano.

Le propongo que precisemos esta reflexión general con la exposición de algunas cifras.

El producto bruto interno de todos los países es de aproximadamente 70 billones de dólares (millones de millones, que en inglés se denominan “trillones”, dando lugar a algunas confusiones). El monto de la deuda total del planeta es de 190 billones de dólares. La fragilidad de una economía mundial que posee esta relación deuda/producto es inmensa y, naturalmente, también lo es la capacidad del sistema financiero para derrumbar economías. Su poder de presión y su capacidad para dictar las políticas públicas de los países es muy superior a la capacidad de decisión de los gobiernos.

La información se vuelve más inquietante cuando tratamos de encontrar una cifra que refleje el tamaño de los llamados “derivados financieros” (conjunto de instrumentos financieros cuyo valor se deriva, entre otros, de las tasas de interés, de los tipos de cambio y los créditos). El valor total de estos derivados financieros es impreciso, por lo menos 600 billones de dólares y como máximo 1.500 billones.

Una estimación de los depósitos off shore de los sectores sociales de alta concentración de ingreso es de alrededor de 32 billones de dólares, es decir, la mitad del PBI mundial.

La red que se forma en torno a estos intereses no sólo se manifiesta en la coincidencia de las acciones y presiones. También se ha dibujado un verdadero club de individuos que se frecuentan, ayudan y coordinan sus acciones. Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, en su libro El malestar de la globalización describió con detalle el mundo íntimo que formaban los altos funcionarios de los organismos financieros, los bancos de inversión y los ministros de economía.

El tema que comentamos no es mencionado en las campañas electorales. Sin embargo, para que la expresión de la voluntad general no se convierta en una farsa los candidatos presidenciales deberían explicar cómo harán para navegar en un mar plagado de las acechanzas de estos poderes; cómo lograrán llevar a la práctica los programas votados por la mayoría y, a la vez, mantenerse en el gobierno; con qué políticas harán prevalecer la voluntad y el interés general.

Tengo la impresión, lector, que por lo menos en países como la Argentina todo lo que se diga ignorando esta cuestión desconoce el factor más importante de la política y de la democracia: el poder. (Los datos utilizados en este artículo provienen en su mayoría de las publicaciones del FMI).



Dante Caputo