COLUMNISTAS

Denominadores comunes

Me pregunto: ¿habrá razones para regocijarnos? Quiero decir: el hecho de que el gobierno de la Argentina haya firmado un convenio con el gobierno de Rusia para que el canal oficial de noticias del régimen de Vladimir Putin pase a integrar la grilla de la televisión digital terrestre del Estado argentino, ¿es promisorio? ¿Significa algo bueno para los argentinos? ¿Habrá una reciprocidad? ¿La enorme Federación de Rusia, estará en condiciones de sintonizar a la televisión de Argentina, o mejor dicho a la del gobierno de la Argentina?

Olvídense. No hay reciprocidad. Seguramente, la presencia de un canal ruso de noticias en el esquema armado por el gobierno de Cristina Kirchner tendrá cero trascendencia. Sin embargo, la noticia es reveladora, y de algún modo es una radiografía de cómo piensa y se percibe a sí mismo el gobierno de Argentina en su relación con los otros regímenes con los que va manteniendo progresivamente relaciones cada vez más estrechas y cálidas, llámense China, Venezuela, y, en este caso, Rusia.

El común denominador es que estos regímenes suelen enorgullecerse de su carácter representativo. Rusia padeció en el siglo XX una de las tiranías más atroces y sangrientas de las que se tenga memoria: la tiranía del stalinismo. Esa dictadura, instaurada en 1917, se desmoronó en 1990, pero lejos de dar nacimiento a una vibrante democracia participativa y competitiva, de las cenizas del régimen stalinista soviético, nació un régimen oligárquico de capitalismo de Estado con la suma del poder público y una importante adhesión popular. De ahí proviene ese canal de noticias que anunciado por la presidente de la Argentina y el hombre fuerte de Rusia.

¿Es que acaso Putin no merece ser llamado presidente? Claro que sí, es un presidente. Pero hay que ser muy ingenuo para ignorar que la manera específica de gobernar que tiene Putin es con la imposición brutal del poder de una mayoría, y absoluto irrespeto a lo que ya es de por sí una irrelevante oposición que no es considerada ni forma parte de nada.

Es que el modelo kirchnerista, por propia inercia de los acontecimientos, se siente cómodo, confortable e instalado en el concierto de naciones del mundo, que si bien formalmente son regímenes de derecho, en la práctica cotidiana perseveran en un ejercicio omnímodo y unilateral del poder. Para prueba –una vez más, entre las muchas que hay; es un listado infinito-, adviértase lo que pasó este jueves 9 de octubre en la Cámara de Diputados. Esta Cámara de Diputados tiene 257 bancas, y la ley de Presupuesto que ahora marcha rumbo al Senado. Como el actual presidente de la Cámara, Julián Domínguez, está con licencia por enfermedad, la presidencia en el recinto fue ejercida por Norma Abdala de Matarazzo, una puntera del kirchnerismo procedente de Santiago del Estero que forma parte del equipo de Gerardo Zamora. La sesión fue larguísima, como se estila hace ya muchos años, incluso desde antes del kirchnerismo; penosamente se deliberó hasta entrada la madrugada. Pero lo interesante es que Abdala de Matarazzo solo pudo levantarse en cinco ocasiones para hacer uso de los sanitarios, porque estaba, literalmente, abulonada a la presidencia de la sesión. ¿Por qué razón? Porque, efectivamente, el kirchnerismo temía que, la sesión corriese peligro. Deliberaron 14 horas, pero ella se levantó de su poltrona solo cinco veces. ¿Por qué? Porque el proyecto de ley de Presupuesto elevado por el Ejecutivo –en sí mismo un cartón pintado, un dibujo- fue aprobado por 133 a favor contra 112 en contra. Esto 245 votos positivos. Hubo, por lo menos, 30 ausencias. La diferencia para el Gobierno fue de apenas 21 votos.

¿Qué podría haber sucedido si salía del recinto Abdala de Matarazzo, en un momento inapropiado para el kirchnerismo?

El kirchnerismo tenía solamente 116 votos propios y para llegar a esos 133 trapicheó, como suele suceder, con los grupos amigos de diferentes provincias, Neuquén, Tierra del Fuego, Santiago del Estero, Misiones; así y todo, eran muy pocos votos. El temor del oficialismo era que, en la eventualidad que la Cámara quedara sin quórum para seguir deliberando, al retirarse la presidente en ejercicio, la kirchnerista Abdala de Matarazzo, habría asumido la presidencia de la sesión una diputada radical, Patricia Giménez, de la provincia de Mendoza, que es la vicepresidente segunda del cuerpo, en cuyo caso, ¿qué hubiera sucedido? La paranoia oficial es que si esa diputada radical, quedaba por 10 minutos al frente de la sesión y advertía que no había en el recinto el de legisladores para seguir sesionando, levantaría la sesión y se caería la aprobación de la ley de Presupuesto. Fueron fieles a este régimen vertical y omnímodo, según el cual los que ganaron en 2011 siguen gobernando por su propia cuenta y riesgo, sin tener la más elemental consideración por lo que pueda pensar o hacer el resto de las fuerzas que no participaron de aquel triunfo de hace ya tres años.

La persona encargada de presidir la Cámara, si no podían hacerlo la radical mendocina Patricia Giménez ni la peronista massista Graciela Camaño, era Diana Conti, porque así lo establece el reglamento, como presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales. En el momento en que se aseguraron de no tener riegos, le permitieron ir al baño a Abdala de Matarazzo, y durante algunos minutos, mientras ella hacía sus necesidades, condujo la sesión Conti.

¿Qué nos dice esto, además del traqueteo y trajinar legislativo de un oficialismo que no se resigna a nada? Se trata de un estilo de gobierno explícita y literalmente vertical: ganaron con solo 133 votos sobre 257 diputados; lo mismo pasó con muchas otras votaciones a lo largo de los años (el oficialismo se alineó y disciplinó tras la aprobación del Memorándum con Irán). Cada vez que lo ha pedido la Casa de Gobierno, el oficialismo ha dicho “sí señora, para lo que guste mandar”. Esto es lo que tiene en común la Argentina de hoy con la Rusia de 2014. Más allá de las diferencias, que son gigantescas, recorridos históricos incomparables, más allá de las discrepancias de idiomas, credos religiosos e historias, hay una señal, un registro, un denominador común entre estos regímenes y la Argentina.

La Argentina de hoy y hasta 2015 se siente cómoda, confortable y totalmente identificada con esto que acaba de suceder esta semana: abrirle las puertas de la televisión argentina a una Rusia autoritaria, que ha reconstruido – o pretende hacerlo – un imperio, ya no con el genoma bolchevique, sino directamente con el genoma del gran nacionalismo pan ruso.

Por eso, por este camino, no faltaría mucho para que comiencen a dar lecciones de ruso en la llamada televisión supuestamente “pública” de la Argentina. Este gobierno se identifica plenamente con el modo de hacer las cosas de Moscú, de Beijing y de Caracas.

(*) Emitido en Radio Mitre, el viernes 10 de octubre de 2014. 



Pepe Eliaschev