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Derecho al olvido

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Se lo ruego, señora, por su bien y por el nuestro. En cuanto se active aquí, complete el formulario en el sitio de Google y haga uso de su “derecho al olvido”. Está vigente en Europa. Ya bastante hemos padecido durante todos estos años al escucharla en vivo y en directo decir las cosas que dice, como para tener que soportar eternamente la tortura de recordarla cuando, por error o por voluntad masoquista, se escriba su nombre en internet.

Nadie espera ahora que se quede muda, pero sería un gran gesto suyo hacer callar parte de la memoria virtual, salvo la que está bajo la mirada de la Justicia. Evitaría así la vergüenza propia, la que en el futuro le causaría mirarse y oírse, y también la ajena. La de quienes seguirían ahí, en las primeras filas, aplaudiendo, y la de todos los que a la distancia vimos y escuchamos sin poder creer que eso era real.

Las personas no se vuelven locas porque hablan solas o hacen muecas frente al espejo. ¡Quien no tiene un otro yo con el que conversa! Los brotes, de ira, de violencia contra lo que sea, la propiedad pública o privada, los amigos o los enemigos, son al fin el resultado de cabezas que se van desquiciando por los mandatos contradictorios, las promesas incumplidas, las mentiras repetidas que se vuelven evidentes ante los hechos, por el desamparo al fin en que las dejan, vacías de fe, de sentido.

Las palabras encubren o descubren. Ahí tiene las “cartas abiertas’ de sus muchachos bibliotecarios, expertos en ocultar la realidad detrás del “espesor”. Pero la responsabilidad de ellos es menor frente a la lengua de la cabeza del poder. El daño que se hace desde ahí, en cadena nacional, es casi irreparable. Sepárese de su tiempo y piense en Menem, por ejemplo. El “menemismo”, en síntesis la “pizza y el champagne”, fue el máximo asesino serial-cultural de la historia argentina. Arrasó con todo aquello que nos hace personas, la solidaridad, la dignidad, el honor. Parecía el final, ¿no? ¿Qué otro desvarío estratosférico podía ocurrir? ¿Qué otro fondo hay más abajo que eso?

Sin fe, sin sentido, sin autoestima, ya éramos carne de diván. Pero faltaba todavía que una pareja de millonarios alucinados nos enfrentara a unos contra otros y nos volviera definitivamente locos. Faltaba tocar el fondo con la punta del otro pie, el “izquierdo” del peronismo. Menem arrasó con la cultura, pero Néstor y usted con la cordura. Entre ambos fracturaron lo que quedaba de sano en la cabeza de la sociedad. En sus años, se dividieron familias, se terminaron amistades, se subsidiaron medios y mercenarios que ejercieron de periodistas, se compró y pagó para alimentar el odio, el fanatismo.

El poder, la fama, el dinero, no cambian a nadie, lo muestran. Mírese. Aún ahora, cuando toma sedantes para tratar de presentarse amable y paciente, se la ve desvariar, sin razón, sin sensatez, taladrando la cabeza de jóvenes con consignas vacías, al punto de incitarlos a “dar la vida” . ¿Habla de matar? ¿Habla de morir por esto? ¿Qué “modelo”? ¿El de hacerse rico con la guita pública? Su voz alzada, los gritos, no logran impedir que se escuche el dolor de los muertos de Once, que se oculten los pobres, las villas, las vidas consumidas sin oportunidad de otra cosa.
Barridos bajo la alfombra, se huelen veinte años de mierda. Ahí están Manzano, Parrilli, Kunkel, Milani, Aníbal, Gerardo Martínez, Báez, Jaime, Schiavi, Insfran, Alperovich, y usted y Néstor también, todos los que aplaudían en los noventa y aplauden todavía. Ahí están los protagonistas de otra, una más, “década infame”.

Por eso, señora, ya fue. ¿Qué más? Tiene todo, fanáticos, fama, fortuna, hoteles, casas, pisos, ¿para qué más? Reclame su “derecho al olvido”. Usted necesita hacer olvidar lo que decían y hacían con Menem, el tren bala, los sueños compartidos con Shocklender, la fiesta y el baile sobre los muertos durante los saqueos, y nosotros queremos olvidar estos años en manos de la Justicia para poder comenzar de nuevo. ¿Cómo sobrellevar tanto peso si los jueces no descargan de pena la memoria?    

*Periodista.



Carlos Ares