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¡Derribe este muro, señor Gorbachov!

El 12 de junio de 1987, al conmemorarse el 750 aniversario de la ciudad de Berlín, el entonces presidente norteamericano, Ronald Reagan, pronunció un célebre discurso en el que desafió al líder soviético, Mijail Gorbachov, a derribar el muro que dividía la ciudad, como muestra de que su política de “glasnost” (transparencia) y “perestroika” (reformas) era sincera. Poco menos de dos años después, el muro cayó por la presión popular. Aquí, los extractos más significativos de ese discurso.

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Nosotros, los presidentes norteamericanos, venimos a Berlín porque es nuestro deber hablar, en este lugar, de libertad. Pero debo confesar, nos traen también otras cosas: el sentimiento de historia en esta ciudad, más de 500 años más antigua que nuestra propia nación; la belleza del Grunewald y el Tiergarten; en especial, el coraje y la determinación de los berlineses. Quizás el compositor Paul Lincke entendía algo sobre presidentes norteamericanos. Como muchos otros presidentes antes que yo, yo vine aquí hoy porque adonde vaya, no importa lo que haga: Ich hab noch einen koffer in Berlín (aún tengo una valija en Berlín).

Nuestra reunión hoy aquí está siendo transmitida en Europa occidental y América del Norte. Entiendo que también está siendo vista y escuchada en el Este. Para aquellos que la escuchan a lo largo de Europa oriental, una palabra especial: aunque no puedo estar con ustedes, le dirijo mis palabras, tanto como a quienes están aquí frente a mí. Porque me sumo a ustedes, como me sumo a sus compatriotas en el Oeste, en esta firme e inalterable certeza: Es gibt nur ein Berlin (sólo hay una Berlín).

Detrás de mí se levanta una pared que rodea los sectores libres de esta ciudad, parte de un vasto sistema de barreras que divide todo el continente de Europa. Desde el Báltico, hacia el Sur, estas barreras abren en Alemania un tajo de alambres de púa, concreto, perros de guardia y torres de vigilancia. Más al Sur, es posible que no haya un muro visible, obvio. Pero hay guardias armados y puestos de control, una restricción al derecho a viajar, un instrumento para imponer a hombres y mujeres comunes la voluntad de un Estado totalitario. Pero es aquí en Berlín donde el muro emerge con más claridad: aquí, corta su ciudad, donde las fotografías de la prensa y las pantallas de televisión han impreso esta brutal división de un continente en la mente del mundo. Frente a la Puerta de Brandenburgo, todo hombre es un alemán, separado de sus compatriotas. Cada hombre es un berlinés, obligado a contemplar una cicatriz.

El presidente Von Weizsacker ha dicho: “La cuestión alemana está tan abierta como cerrada está la Puerta de Brandenburgo”. Hoy, yo digo: mientras la puerta esté cerrada, mientras esta cicatriz del muro permanezca, no es sólo una cuestión alemana la que permanece abierta, es la cuestión de la libertad de toda la humanidad. Sin embargo, no vengo aquí a lamentarme. Porque encuentro en Berlín, aun a la sombra de este muro, un mensaje de esperanza, un mensaje de victoria.

En la primavera de 1945, el pueblo de Berlín dejó los refugios antiaéreos para encontrar la devastación. A miles de millas de distancia, el pueblo de Estados Unidos extendió su mano para ayudar. Y en 1947 –como ustedes saben–, el secretario de Estado George Marshall anunció la creación de lo que sería conocido como el Plan Marshall. Un mes como éste, cuarenta años atrás, dijo: “Nuestra política está dirigida no contra ningún país o doctrina, sino contra el hambre, la pobreza, la desesperación y el caos”.

Hace un rato, vi en el Reichstag una exposición conmemorativa del aniversario del Plan Marshall. Me deslumbró el cartel colocado sobre una estructura quemada y destruida que estaba siendo reconstruida. Entiendo que los berlineses de mi generación pueden recordar haber visto carteles como ése desparramados a lo largo de los sectores occidentales de la ciudad. El cartel decía simplemente: “El Plan Marshall está ayudando aquí a fortalecer el mundo libre”. Un mundo libre, fuerte, en Occidente. Ese sueño se volvió realidad. Japón se levantó de sus ruinas para convertirse en un gigante económico. Italia, Francia, Bélgica –virtualmente todas las naciones de Europa occidental– asistieron a un renacimiento político y económico; se creó la Comunidad Europea.

En Alemania Occidental y aquí en Berlín, se produjo un milagro económico, el Wirtschaftswunder. Adenauer, Erhard, Reuter y otros líderes comprendieron la importancia práctica de la libertad, que así como la verdad sólo puede florecer donde los periodistas tienen libertad, la prosperidad llega sólo cuando el granjero y el empresario disfrutan de libertad económica. Los líderes alemanes redujeron tarifas, expandieron el libre comercio, bajaron los impuestos. Sólo entre 1950 y 1960, el nivel de vida en Alemania Occidental y Berlín se duplicó.
Donde cuatro décadas atrás había escombros, hoy Berlín Occidental tiene la más grande producción industrial de cualquier ciudad en Alemania –edificios de oficinas, hermosas viviendas, avenidas y extensos parques. Donde la cultura de una ciudad parecía haber sido destruida, hoy hay dos grandes universidades, orquestas y una ópera, teatros y museos. Donde había deseo, hoy hay abundancia –alimentos, ropa, automóviles–, los maravillosos bienes de la Ku’damm (N de R: célebre avenida de Berlín). De la devastación, de las ruinas, ustedes, berlineses, en libertad, han reconstruido una ciudad que una vez más se ubica entre las más grandiosas del mundo. Los soviéticos pueden haber tenido otros planes. Pero, mis amigos, hubo algunas cosas que no tuvieron en cuenta: Berliner herz, berliner humor, ja, und berliner schnauze (el corazón berlinés, el humor berlinés sí, y el slang berlinés).

En los años 50, Kruschev predijo: “Los enterraremos”. Pero hoy en Occidente vemos un mundo libre que ha alcanzado un nivel de prosperidad y bienestar sin precedentes en la historia de la humanidad. En el mundo comunista, vemos fracaso, atraso tecnológico, niveles declinantes de salud, carencias básicas, como de comida. Aun hoy, la Unión Soviética no puede alimentarse a sí misma. Después de estas cuatro décadas, entonces, se levanta ante el mundo entero una gran e ineludible conclusión: la libertad lleva a la prosperidad. La libertad sustituye los antiguos odios entre las naciones con el respeto y la paz. La libertad es la vencedora.
Y ahora los soviéticos pueden, de una forma limitada, llegar a entender la importancia de la libertad. Escuchamos desde Moscú mucho acerca de una nueva política de reformas y apertura.

Algunos prisioneros políticos han sido liberados. Ciertas emisoras extranjeras de noticias ya no son bloqueadas. Algunas empresas privadas han sido autorizadas a operar con una mayor libertad del control estatal.

¿Es el comienzo de profundos cambios en el Estado soviético? ¿O son gestos simbólicos, que apuntan a levantar falsas esperanzas en Occidente o a fortalecer el sistema soviético sin cambiarlo? Damos la bienvenida al cambio y la apertura, porque creemos que la libertad y la seguridad van juntas, que el avance de la libertad humana sólo puede fortalecer la causa de la paz mundial. Hay una señal que los soviéticos pueden hacer que sería inequívoca, que haría avanzar dramáticamente la causa de la libertad y la paz. Secretario general Gorbachov, si usted busca la paz, si usted busca la prosperidad para la Unión Soviética y Europa oriental, si usted busca la liberalización: ¡venga aquí ante esta puerta! Señor Gorbachov, ¡abra esta puerta! Señor Gorbachov, ¡derribe este muro!

*Ex presidente de Estados Unidos (1981-1989). Murió en el año 2004.



Ronald Reagan