COLUMNISTAS STOLBIZER Y LA POLARIZACION

Desafío para la socialdemocracia

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Quien hace política en un escenario de polarización sin ser uno de los protagonistas vive un riesgo evidente: pasar desapercibido para la sociedad. Ante la ausencia en la disputa por el poder, quien busca gobernar se debate entre el olvido masivo o la elaboración de un mensaje persistente y solitario. Desde esta perspectiva, Margarita Stolbizer decidió predicar en el desierto.
Incluso antes del escuálido porcentaje obtenido en las PASO, su candidatura presidencial se explica por una conjunción de factores: la deserción del ahora derrotado Hermes Binner, la implosión del frente UNEN y el corrimiento centrista de la UCR tras el acuerdo nacional con el PRO y la Coalición Cívica. En este contexto, la creadora del GEN tendrá comicios adversos y olvidables.
La dimensión del reto, sin embargo, permite un análisis abarcador. Dueña de un prístino lenguaje republicano, la diputada nacional se aleja de la frivolidad latente, los dictados del marketing televisivo y los designios de las encuestas. Así, su conducta y accionar reflejan los valores de una dirigente formada con los cánones políticos propios de la democracia recuperada. Paralelamente, la ex concejala de Morón jamás incurrió en artilugios legales para salvaguardar su status y suerte personal; hasta antes del desafío presidencial, nunca compitió en otro distrito que no fuera la provincia de Buenos Aires, su lugar de residencia.
En otro orden aparece la variable humana: Stolbizer se distingue por su apocado perfil personal. En una sociedad habituada al liderazgo de atril y gritos que impuso el matrimonio Kirchner, la ex radical no logra transmitir al electorado una impronta de conducción que aglutine mayorías considerables. Este límite político tiene ejes claros: su baja potencia discursiva y desapasionada gestualidad, la frágil territorialidad de la fuerza que lidera y la inexperiencia gubernamental. En este último punto corre con desventaja respecto de sus principales adversarios de octubre. También es nodal la matriz temática. Al interpelar desde el discurso a una ciudadanía que, mayoritariamente, elude la política, le resta importancia a la trasparencia en la función pública y naturaliza el irregular funcionamiento de las instituciones, su figura sólo concita la atención de una minoría que, usualmente, emite el voto desde parámetros ideológicos, por fuera del cálculo electoral.
Entonces, con rasgos distintivos que no alcanzan para gobernar, pero sin hacer de la adversidad un recurso proselitista, busca llegar a la Casa Rosada. En esa empresa la acompañan radicales inorgánicos, algunos alfonsinistas nostálgicos, el socialismo y partidos menores. También núcleos dispuestos a no optar por el candidato porteño de Cambiemos o las ofertas peronistas en danza. De tal modo, el Frente Progresistas ocupa un lugar vacante y tiene un objetivo doctrinario: recoger el legado de la vapuleada centroizquierda. Llegado el caso, esos votantes de tronco reformista, que hoy no basculan, serán clave en un eventual ballottage. Entretanto, Stolbizer resume la crisis de representación que atraviesa desde hace años el campo socialdemócrata, incluidos desde luego la UCR, con su testimonial desempeño electoral a nivel nacional, y el Partido Socialista desde la unicelular experiencia en Santa Fe.
El presente tiene anclaje en el pasado. Hipólito Yrigoyen afirmó que era preferible perder mil gobiernos y salvar los principios. A su modo, Stolbizer retoma aquel mensaje filosófico: sabe que no será presidenta pero igual compite. Desde la virtud de la perseverancia, hace política en la arena de la soledad y las convicciones. El futuro dirá si el proyecto que plantea tiene raíces sólidas para sostenerse en el tiempo. Algo es seguro: casi nada crece en el desierto.

*Lic. en Comunicación Social (UNLP).



Damian Toschi