COLUMNISTAS RESPUESTA A RICARDO GUIBOURG

Desde el Averno

PERFIL COMPLETO

Si merece ser destacada una virtud de la nota publicada por PERFIL el sábado 21 de junio y firmada por Ricardo Guibourg, director de la Maestría en Filosofía del Derecho de la UBA, es que ella condensa las premisas tan discutibles como indiscutidas de un enfoque teórico del derecho penal que se ha convertido en el dogma biempensante de la dirigencia política e intelectual. Premisas que, desmentidas por los resultados de la política penal sostenida a lo largo de dos décadas, propician el círculo de delito-impunidad-nuevo delito.
El autor nos invita a participar de un experimento imaginario y, valiéndose de la estetización de la realidad, contrapone dos sociedades. Una de ellas es Arcadia, sociedad utópica en la que, en un acto absolutamente excepcional, alguien comete un crimen. Pero con el fin de que el virginal criminal sea eximido del castigo, supone, además, que podemos estar seguros de que esa persona no volverá a delinquir. Si de futurología se trata, ¿acaso pretender conocer las conductas futuras de un tercero no es una soberbia pretensión de una aventura utópica? Y si se equivoca ¿acaso el juez cuyo acto compasivo se cobró una nueva vida, será penalizado por su negligencia profesional?
Pero, prosigue el autor con una ligereza ética sin dobleces, “juzgaríamos (la sanción) una formalidad bastante inútil, dado que la víctima está muerta y el victimario se muestra genuinamente arrepentido”, sugiriendo “investigar con compasión el proceso mental que llevó a ese ciudadano a delinquir, más para ofrecerle consuelo y contención que para estigmatizarlo”. Señores biempensantes: la víctima está muerta, pero le fueron arrancados los proyectos que tenía por vivir. Para quienes la sobreviven, está más viva que nunca y ese consuelo y contención hacia el victimario es una burla para los desconsolados e incontenibles que duelan, recogiendo la expresión de Bauman en otro contexto, esas “vidas desperdiciadas”.
Nobleza obliga: en una muestra de cándido sincericidio, el autor reconoce que “los expertos en derecho penal (no todos) suelen pensar al modo de Arcadia, mientras nuestros ciudadanos de a pie (tampoco todos) sienten como en Averno”, una comunidad armada donde el hombre vuelve a ser el lobo del hombre en respuesta a los delirios utópicos de los expertos en derecho penal que desconocen los efectos sociales de la angelización del delincuente.
Cuando se rechaza el valor retributivo de la pena que castiga por el acto cometido, se cae en una asimetría lógicamente y pragmáticamente injustificable, pues en otras ramas del derecho se aplica la retribución, con tanto o mayor afán vindicativo: en el fuero penal tributario, si no se cumplen con las obligaciones impositivas, no hay piedad alguna que exima de los punitorias. En la Justicia contravencional, si se cruza un semáforo en rojo, se debe pagar la multa y hasta se quita el registro de conducción. En cambio, cuando lo que se juega es la vida de un inocente, haciendo un uso perverso del lenguaje avalado por cierto “consenso académico” que parece olvidar la vox populi, en su lugar se proponen “penas alternativas”, un eufemismo engañoso que alude a un ramillete que nada tiene que ver con lo que el sentido común del lego entiende por penas.
Cuando se afirma (“a confesión de partes, relevo de pruebas”), que “la diferencia entre Arcadia y Averno reside en las expectativas”, en el riesgo que corremos de ser víctimas o victimarios, se muestra descarnadamente el móvil individualista del “sálvese quien pueda”. Pobre visión de una sociedad que se dice solidaria e inclusiva, y cuyas primeras víctimas son los segmentos más vulnerables de nuestro deshilachado entramado social. Si de utopías se trata, mientras construimos un sistema carcelario acorde a la dignidad de todo ser humano, esta cuestión pragmática y dependiente de una decisión política no puede neutralizar el sentido mismo del sistema penal: impartir justicia. Ni pena dura ni pena blanda: pena justa.

*Filósofa.



Diana Cohen Agrest