COLUMNISTAS

Desde el vestuario

¿Le sacarán roja a Boudou? ¿Le ganaremos el mano a mano a los Buitres para pasar la primera ronda?

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Foto:Cedoc

¿Y si mejor le va “Desde el bestiario”? Al igual que un acto fallido, un título que se ofrece de súbita alternativa mueve a tratarlo con respeto y repensarlo.¿Qué lo empujó a emerger? ¿No será que detrás de la parafernalia extrema de un Mundial de Fútbol opera lo monstruoso? Porque, “a ver, a ver” (como buscan ganar tiempo los políticos para abrillantar sus respuestas.. ¿Nos ganarán por penales Los Buitres? ¿Será expulsado del campo Boudou? ¿Cuántos fouls más le dejarán hacer a De Vido? Si la Copa es de Oro Macizo y Puro (dato oficial), ¿cómo podrá Messi alzar sus 75 kilos si rompemos la piñata? ¿La FIFA y sus directivos lograrán fugarse a tiempo o habrá juicio y recupero de la Recaudación testaferrada?

Así, en este melancólico 2014, noche va, día que viene, el ser nacional desembocó en esta brujeril semana de pálpitos y ruegos. Desde Atacama a Lapataia no hay argento ni argenta que no esté pensando si pasaremos lagrimeando o riendo los días próximos. No hay aymara o porteño, toba o cordobés que no las tenga a flor de boca… En el mercado, en la cama, en la calle, en el subte, no hay preguntas que resuenen más. Hablan de jugadores, de equipos, de tácticas, de resultados, de derrotas, de victorias pero en el fondo también dicen (aun sin saberlo) lo que aquí arriba dicen. Están internalizadas. Pero están.

No son ironías. Son los espejos deformantes de un mundo que se derrite. La risa al borde de la lágrima. Duele asumir que la realidad nos lleve puestos cada día más y buscamos consuelo en paraísos climatizados con olvido y esperanza. Durante la previa anual y el mes de facto una infame publicidad mundial aplicó la quinta velocidad. Metió mitos, patrias, ideales, artes, sueños en la olla podrida de su aparato polivendedor. Objetivos de venta cumplidos maravillosamente. Son ya millones las personas que cantan con más unción el himno de su país ante los productos comerciales (un tenista, un equipo de fútbol, etc, lo son) que en los actos cívicos, donde se lo canta para expresar el compromiso con sus mensajes.

¿Moviliza más Mascherano que Sarmiento? Y…Sí. De ser Campeones del Mundo en "Pelota Llevada Con Los Pies” te los convierte en Maniquís Vivientes Top del Mundo, y a nosotros con estas Camisetas Campeonas a 1000 pesos en sus infelices réplicas y a su vez en los propagadores “en negro” de la Marca Campeona del Mundo. ¿Sarmiento? No, no sé. ¿Para qué selección jugó?

Es en el fondo de esa Copa mostrada sobre el césped con la solemnidad que rodea a una cruz en el Vaticano, donde reposan cada cuatro años los avances sociales que retrasaron su arribo.

Entrados en la semana tan temida y depredado el ser nacional por las preguntas ya citadas, se impone aclarar que no me dio una salida “intelectual” sobre el fútbol.. Me “hice” de Independiente a los 12 años (cuando le “ganamos” a Boca 7 a 1), vi jugar a Maril, de la Mata, Erico, Sastre y Zorrilla, junté chapitas entre las que estaba la del arquero Fernando Bello a quien reconocí (a mis 50, él a sus 70) en el taxista de buena planta que me traía de Ezeiza. Y se le conté. Y lloramos los dos.

Poseo un racimo de anécdotas con la redonda como tema. Si hasta fui testigo, a un metro de ambos, de cómo el dedo índice (sic) de Pasarella (doble sic) se clavó en el hombre derecho del Papa Wojtyla en la Sala Consistorial para decirle que Argentina le ganaría a Italia 2 a 1. (Prometo contarlo en detalle si la tarde del domingo alegra el insomnio de su noche).

Y gozo del gol porque lo siento con el Sí y con el No, uno de los tres monosílabos que sostienen al mundo. Sí, no y gol. Los dos primeros nos pusieron de pie. El tercero regula nuestro básico deseo: poseer identidad, alegría, seguridad. Cuando Messi golea, nos confirma, documenta y coloca en el mundo. Si Lavezzi la pifia, peligra el piso del lugar de pertenencia y nos invade el bajón. Y si un ratito después, Higuaín la emboca, volvemos a nuestro ser original. Por estos vaivenes es que la Tierra, por un mes, tiembla, y se convierte en el planeta Gol.

Esos tres monosílabos regulan la supervivencia de la especie. Hay un cuarto (de uso privado y expresión libre) y es el que nos atraviesa en el acto de tocar el cielo sin escalas. Este no estalla sobre el césped de un estadio sino sobre un campo de plumas. La referencia al amor no es ligera ni traviesa. Si los amantes del mundo se gritaran mutuamente “gol” al trasponer su portería íntima, el fútbol perdería protagonismo. Bajaría a segunda división. El que esté agrandado es porque Eros anda hace tiempo de capa caída y acosado por plagas. Sólo el fútbol mitiga estos vacíos. El beso, como el gol, descienden de una misma rama de la erótica. Son primos lejanos, pero primos.

Quienes lo saben como nadie son Plater y su aceitada banda. No sólo juntan muchísimo dinero: también controlan la natalidad. A más fútbol, menos procreación. Durante un Mundial, el amor (suplente) está en el banco. También queda en suspenso la discrepancia étnica, religiosa y política.

El hombre, desde que lo es, no ha tenido mayor obsesión que la de correr medio desnudo detrás de una bola. Sol, Luna, rueda, no son más que fijaciones, excusas, equívocos visuales, desespero por dar con ella y patearla hasta alcanzar el infinito. En su correteo, la Humanidad no ha querido otra cosa. No es el “ser o no ser”. Ponerla en un ángulo: “esa es la cuestión”. Sea en el derecho o el izquierdo, da igual. Aunque no tanto, pues los mayores “clásicos” de la Historia se cerraron, casi siempre, merced a un cabezazo o a un puntazo salidos de la derecha y dejando un monumental, doloroso buraco, en la izquierda de la portería (que ha sido, véanse las estadísticas de la Historia social, la zona por donde más goles y derrotas se han colado).

Dicho esto de modo ligero, en estos pastosos días en los que una justa ilusión de victoria futbolera afloja (por un rato y con excepciones) la sensación de derrota continua y progresiva que provoca el ajuste cotidiano. Días en que “los representantes del ex 54 por ciento” simulan menos sus intenciones y aprovechan para secuestrarle a la Argentina la mitad de su nombre pues de República poco le queda.

Y también días en los que la mente se apoltrona un poco y la gente difusa, como yo, se sienta frente al televisor a entender este enigma y de paso, así al sesgo, echarle un vistazo al partido, no vaya a ser que, sin la asistencia de uno, la Argentina no juegue como bien sabe.

A veces.

Cuando quiere.

Y no la pueden.



Esteban Peicovich