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Desde la Independencia hasta Calu Rivero

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La independencia requiere cierta ajenidad. Hasta que los criollos no se sintieron más americanos que españoles, nada de esto habría sido posible. Esta idea que plantea el historiador John Lynch nos deja jugar con una variante, no es tal vez la libertad, el ser libres, sino sentirse diferente.
En América Latina la idea de la independencia ha generado pasiones repetidas y con variantes. El reemplazo de España por Gran Bretaña o Estados Unidos es un clásico sencillo al que se recurre fácilmente y que permite sostener nuevas identidades políticas e intelectuales. La lucha por la independencia en la región es demasiado eterna y la intelectualidad revisionista ha trabajado fuertemente en insistir en que no se ha alcanzado una cierta libertad, sino por el contrario, una sistemática y rotante dependencia. Ahora que tienen a Macri, los nuevos libros deben estar al caer.
El concepto de libertad es seguramente el más atractivo y complejo. Aunque se invita a los hombres y mujeres del mundo a buscar sus deseos, y que sus países generen las condiciones para alcanzarlos, todo lo que pasa desde que nacemos son limitaciones. Los bebés lloran desconsolados cuando hay algo que no se puede hacer, se les enseña a sentarse en la mesa a comer y a utilizar el mismo idioma que su entorno. Hay ropa para mujeres y ropa para hombres, y si esto está cambiando no es más libertad, es un nuevo escenario de posibilidades otorgado por los padres y la sociedad en la que les ha tocado crecer.

Igualmente era mejor ser criollo que mestizo o mulato. Se podía participar con cierta libertad en la economía y habían logrado cierto buen pasar económico. Para el resto sólo había ajenidad, eran otros sin derecho de acceso o muy poco, y representaban la tensión de los criollos, que estaban justo en el medio entre España y las peligrosas masas de abajo. En este sentido la libertad sí puede comprenderse un poco mejor.
Los países se constituyen teóricamente con la intención de igualar oportunidades, pero es demasiado evidente que sigue siendo un espacio entre incluidos y excluidos. El concepto liberal de libertad, expresado por Macri de que “somos independientes y libres y depende de nosotros que marquemos nuestro rumbo en el mundo”, es engañoso. En la gala del Teatro Colón, el día de su asunción, estaban invitados la nieta de Mirtha Legrand, Valeria Mazza, Pamela David, Guillermo Coppola, Teresa Calandra y muchas otras estrellas de revista de espectáculos. Esta distinción entre quién está invitado y quién no muestra que la igualdad no es el mejor modo de describir los logros de la independencia.

Para esta gente estar en esa noche es normal, lógico. Un día aquí, otro esquiando con una compañía de celulares, visitando un evento de un nuevo espumante y abriendo un local de zapatos. La agenda de la semana debe ser terrible y a 200 años del 9 de Julio, la sociedad occidental ha logrado constituir esta nueva elite.
Lo más interesante del caso de Calu Rivero es su no cuestionamiento a una invitación de este tipo. No hay razones para hacerlo, justamente porque ella, como tantos otros, son los elegidos. Ese día eran los juegos olímpicos, otro visitar un boliche. Nunca parece haber considerado que un montón de deportistas anónimos, que entrenan como pueden desde su infancia y sin presupuesto, merezcan esa emoción. Otra vez, no es sobre la libertad, es sobre la ajenidad que para ella representan todos esos deportistas.
La libertad es un término tentador para conmemorar el 9 de Julio, pero todavía se trata de procesos sociales de enorme diferenciación y ajenidad. En esa misma ajenidad hace algunas visitas Macri y sus ministros, con Aranguren como gran estrella. Pagar $ 4 mil de gas es para los criollos, no para los mestizos, y no tiene nada que ver con ser libres. Se lo explicaría con gusto a Calu, pero debe estar ahora sacándose fotos en un descapotable.
Para Argentina el futuro necesita del reconocimiento del otro. El odio del excluido puede adquirir varias formas y en algunas cosas, incontenible.

*Director de Quiddity Argentina.



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