COLUMNISTAS OPERATIVOS

Desembarco y después

PERFIL COMPLETO

Hay palabras que atrasan, y hay operativos que confirman ese retroceso. El secretario de Seguridad de la Nación, Sergio Berni, utilizó la palabra “desembarco” para nombrar el megaoperativo en la ciudad de Rosario en el que participaron alrededor de 2 mil efectivos de la Gendarmería, Prefectura, Policía de Seguridad Aeroportuaria y Policía Federal, con 800 vehículos, helicópteros, un avión de observaciones y cincuenta perros. También participaron las Tropas Operativas Especiales (TOE), un grupo de élite de la policía santafesina. Se hicieron 89 allanamientos, detuvieron a 26 personas, secuestraron algunas armas e incautaron drogas. No se sabe en el marco de qué causas judiciales se hicieron los procedimientos, pero pudimos ver cómo, efectivos encapuchados y portando armas largas, recorrían las calles de los barrios de la periferia, irrumpiendo en las casas de muchos vecinos. Y agregó Berni: “Este es un trabajo que recién empieza. Esta es una lucha centímetro por centímetro. Estamos trabajando permanentemente en la frontera (…) empezando a ocupar el espacio que ocupaban otros delincuentes”.

Por su parte, el secretario de Seguridad de esa provincia, Oscar Lamberto, dijo que con el operativo se busca “marcar la cancha, decir acá está el Estado, acá están las fuerzas federales y provinciales que a partir de ahora llegan a los barrios para quedarse y dar tranquilidad”.

Varias cosas. Primero: las palabras de ambos funcionarios parecen confirmar los dichos que propalara Sergio Massa la semana pasada, cuando denunciaba que “el Estado estaba ausente”. Pero las respuestas de los funcionarios son igualmente apresuradas y ponen las cosas en un lugar donde no se encuentran. No es cierto que el Estado estaba ausente. Estaba presente a través de una policía que regulaba el delito, vendiendo invisibilidad, liberando las zonas para el crimen organizado. La policía es la mano invisible de los mercados criminales en Argentina, tanto en Santa Fe como en Córdoba, la provincia de Buenos Aires o la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Segundo, no es la primera vez que el Gobierno apela a la saturación policial. Lo vimos en los operativos rotativos que hicieron en el marco del Centinela y Cinturón Sur. La novedad es que esta vez no se trata de una política de prevención situacional o ambiental sino de ocupación y pacificación territorial. No se busca prevenir el delito sino perseguir a las bandas criminales. Las consecuencias habituales de estos operativos son dos: por un lado, tienden a militarizar los barrios, agregando mayor violencia a otras conflictividades existentes (se multiplicarán las detenciones por averiguación de identidad, los maltratos y destratos; aumentarán los procesos por tenencia de drogas para consumo personal, entre otras). Por otro, contribuyen a estigmatizar más aún estos barrios, asociando el narcotráfico a los barrios pobres, y a vulnerabilizar a los más jóvenes que, de ahora en más, serán objeto de nuevas rutinas policiales. Seguramente, muchos vecinos se sentirán más seguros, pero difícilmente puedan resolverse el narcotráfico y los conflictos que lo orbitan (mercado de armas, secuestros, etc.) apelando al control territorial. El delito puede moverse de territorio, y para entonces las denuncias por violaciones de DD.HH. se habrán multiplicado en esos barrios.

Tercero, una vez más vemos que las respuestas se piensan desde la coyuntura de las cosas, para ganarse unas cuantas tapas de diarios. Se sabe: nada es casual, si se sigue la ruta de la droga sólo se llegará a los perejiles (consumidores, dealers, transas eventuales). Hasta que no se siga la ruta del dinero y se investiguen los fideicomisos que existen detrás del boom inmobiliario y turístico de esa ciudad –esas estructuras financieras que le permiten al narcotráfico reinvertir sus ganancias en los mercados legales para lograr autonomía respecto de las policías locales–, difícilmente puedan ponerse en crisis los campos criminales amparados –por distintas razones– por sectores de la Justicia y la dirigencia política, que hoy mantienen despiertos a los vecinos de Rosario, sobre todo a los residentes de los barrios más pobres.

*Docente e investigador de la UNQ.



Esteban Rodriguez Alzueta