COLUMNISTAS GUERRA AL TERROR


(Des)equilibrio de poder

Más allá de convicciones ideológicas o religiosas, los golpes con gran impacto mediático del terrorismo son esenciales para el reclutamiento de militantes. Esa es una de las claves del 11S.

Bush. El día que anuncia que Washington estaba en
Bush. El día que anuncia que Washington estaba en "guerra contra el terrorismo".
Foto:Cedoc Perfil
“Nuestra guerra contra el terror empieza con Al Qaeda pero no termina ahí. No se terminará hasta encontrar, detener y derrotar a cada grupo de alcance global.” Con estas palabras terminó el entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, su discurso de ocho minutos ante el Congreso el 20 de septiembre de 2001. Fue el primer discurso después de más de una semana de los atentados literalmente más espectaculares en la historia del terrorismo, ocurridos el 11 de septiembre contra las Torres Gemelas en Nueva York y el Pentágono. Fue también la declaración oficial del lanzamiento de la “guerra contra el terrorismo” en la escena global con fecha abierta para su conclusión, que terminó con la “insoportable levedad”, parafraseando a Milan Kundera, de la llamada “pos Guerra Fría” después de la disolución de la Unión Soviética en diciembre de 1991 e inauguró el siglo XXI. Es altamente discutible cuántas organizaciones terroristas han sido desmanteladas en los pasados quince años, cómo se evalúa el progreso y se diagnostican los errores, cómo se racionaliza la relación entre la acción bélica y el objetivo político en esta “drôle de guerre” como dirían los franceses; es inútil ensayar cualquier respuesta racional a estas preguntas porque la “guerra contra el terrorismo” vino a quedarse y marcar una época histórica caracterizada por la concentración del poder militar en una sola potencia, que técnicamente se llama “unipolaridad”, cuya perpetuación, la política de la primacía, es el objetivo estratégico, la grand strategy, de Estados Unidos.

Nada en este razonamiento debería sugerir cualquier variante de un 11 de septiembre como una teoría conspirativa. La Yihad, o guerra santa del islam, que Osama bin Laden declaró cuando fundó Al Qaeda y emitió la primera fatwa, decreto religioso islámico, en 1996 abrazó el terrorismo en su más simple racionalidad de táctica de violencia política: era eficiente para la transmisión del mensaje inherente al impacto psicológico del terror, que es mucho más importante que los daños humanos o materiales que puede causar incluso cuando se trata de un caso como el del 11 de septiembre, que pasó a ser calificado de “terrorismo catastrófico”. Pues no hay que equivocarse: si una opinión pública internacional se solidarizó con las víctimas compartiendo el sentimiento de “todos somos americanos”, como editorializó Le Monde de Francia dos días después de los atentados con la firma de Jean-Marie Colombani, muchos seguidores de Bin Laden y simpatizantes de la causa del islamismo saludaron la barbarie como un atrevimiento al desafiar a la superpotencia. Sin despreciar la importancia de las convicciones ideológicas o religiosas para la adhesión a causas políticas, las victorias militares o, en el caso del terrorismo, los golpes con gran impacto mediático son esenciales para el reclutamiento de militantes. Pero aun cuando cualquier sentido común o mínima racionalidad política inmediatamente después del 11 de septiembre no podría descartar la necesidad de una respuesta dura de parte de Washington, la declaración de la guerra contra el terror ambicionó mucho más que la justicia a las víctimas del ataque: después de la contención durante la Guerra Fría, y en un contexto internacional caracterizado por una asimetría fenomenal y sin precedentes históricos de poder, la administración de Bush ponía en marcha una política estructural que con la legitimidad de responder a la amenaza del terrorismo permitía también a Estados Unidos asegurar la primacía mejor de lo que su antecesor, Bill Clinton, había intentado con las instituciones internacionales, el orden económico o la expansión de la OTAN.

¿Sería distinto el curso de la historia si los talibanes hubieran aceptado por lo menos negociar las exigencias de Bush para evitar la inminente intervención? Probablemente sí, pero no tan distinto en cuanto a la puja del intento de expansión global del poder que los llamados “neoconservadores” ya bien presentes en la administración perseguían desde la guerra del Golfo en 1991. Las exigencias y la intransigencia de Bush para su cumplimiento eran deliberadamente extremas e innegociables; pero quienes pensaron la “guerra contra el terrorismo” no se equivocaron al asumir que los talibanes jamás aceptarían ni siquiera negociar la entrega de Bin Laden; así como unos diez años después, cuando Abu Bakr al-Baghdadi se desprendió de Al Qaeda y fundó Estado Islámico en Irak y Siria no iba a aceptar nada menos que el califato y el fin de los tiempos como objetivo de la Yihad.

Es que el 11 de septiembre no se trataba del terrorismo sino del islamismo como expresión de las profundas convulsiones geopolíticas que afectan principalmente a Medio Oriente con violentas repercusiones en el resto del mundo, especialmente Europa, Africa y Asia. Bush le dedicó al tema una tibia calificación esencialmente moral, tipo “no es el islam, son los extremistas”, que sigue banalizando los discursos públicos. Su verdad banal, e incluso necesaria para evitar el facilismo de la islamofobia, no permite entender el confuso y controvertido papel de Arabia Saudita, enterrado en su momento en las conocidas “28 hojas” clasificadas del informe del 11 de septiembre que hoy ya se desclasificaron, el “desconocido conocido”, para citar al maestro del arte del engaño que fue el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, de la intervención y ocupación de Irak en 2003, y la guerra intraislámica entre sunitas y chiitas donde con mayor o menor claridad estratégica, consistentes confusiones y dilemas y, sobre todo, en un afán de experimentar nuevos armamentos y mercantilizarlos a potenciales clientes se ven involucrados además de Estados Unidos y los actores locales/regionales también los europeos, los rusos y, en menor medida, los chinos. Cada uno tiene su brand de la “guerra contra el terrorismo” pero ninguno la hace sin el cálculo de la dinámica del (des)equilibrio de poder del mundo unipolar.                  

*PhD en Estudios Internacionales de University of Miami (Coral Gables, FL, Estados Unidos). Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés.

Khatchik DerGhougassian