COLUMNISTAS EL BAILE DE MACRI

Después de cerrar la puerta

El Presidente, con criterio, busca construir autoridad firme, no autoritaria, pero necesita pasos certeros y no sólo gestos.

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Foto:Dibujo: Pablo Temes

Tuvo que ser un ingeniero, tal vez poco versado en materia de filosofía política, el que hizo recordar en la Argentina los conceptos de uno de los principales pensadores del siglo pasado: John Rawls y su posición a favor de la igualdad de oportunidades. Un Estado que garantice los bienes públicos esenciales para que todos los ciudadanos puedan desarrollar sus proyectos de vida de manera autónoma, sin las restricciones ni los condicionamientos derivados del clientelismo y la desigualdad de acceso por cuestiones étnicas, territoriales o sociales. Así, la salud, la educación, una vivienda digna, la justicia, la seguridad y el cuidado del medio ambiente se convierten en los mecanismos necesarios, aunque no suficientes, para impulsar la movilidad social ascendente. Esa que el país perdió hace tanto tiempo.

La reaparición de Rawls en escena constituye, además, un homenaje tardío a Raúl Alfonsín, quién también se dejó seducir por sus ideas en los albores de una transición que, entre el desastre económico y los golpes militares, el ímpetu y las ilusiones iniciales, quedaron pronto empantanadas en desafíos de gobernabilidad imposibles de resolver. Ojalá que ahora no pase lo mismo: ya no tenemos militares revoltosos pero la situación económica es también sumamente compleja y las dudas sobre la gobernabilidad están lejos de haberse despejado.

Con mucho criterio, Macri apunta a construir una autoridad presidencial firme pero no autoritaria, basada en el diálogo, el consenso, la concertación y la capacidad de escuchar. Un liderazgo original, que no se concibe como el todo sino como una parte; dispuesto a aceptar que es capaz de cometer errores y a confesar que necesita de una oposición que contribuya, limite y enriquezca el debate sobre las políticas públicas. En cualquier país democrático serio y estable sería obvio y trillado pero en nuestro castigado entorno, resulta una concepción sumamente innovadora.

Al igual que cuando se sale de un lugar oscuro al pleno sol es necesario ajustar la mirada para no enceguecerse, estamos acomodándonos a una anormal dinámica institucional de respeto, tolerancia e interacción estratégica entre actores que piensan distinto. La ceremonia de asunción fue austera, sumamente pulcra: una puesta en escena correcta. Se respetaron los horarios como si viviéramos en Suiza, los discursos fueron breves y estuvieron ausentes sin aviso algunos elementos infaltables en las apariciones presidenciales del pasado reciente: la autorreferencialidad, el tono subido de voz, las inefables exageraciones.

Sin embargo, no todo fue positivo en estos primeros días de gobierno. Por un lado, la inercia de la campaña se coló en el histórico balcón de Juan Domingo Perón, ése que da a la Plaza. El mismo de las alucinaciones malvineras de Galtieri, el que brindó el espacio ideal para que la vieja grieta entre peronistas y radicales se soldara para siempre en medio de los planteos carapintadas, cuando la casa no estaba para nada en orden, pero (casi) todos hicimos lo posible para que no se derrumbara de nuevo. En medio de la alegría del festejo, como resultado de la posmodernidad, de la decadencia de nuestra cultura cívica o tal vez por esa idea explicada por Mijail Bajtín sobre la carnavalizacion de experiencias sociales como mecanismo de transgresión, sea por el motivo que fuera, lo cierto es que la multitud le pidió a Macri que baile. Y él bailó. No podía comenzar su gestión contradiciendo a su electorado: eso va a pasar en breve en el contexto del programa de estabilización económica.  

En Fiesta, Joan Manuel Serrat parece anticipar la escena vivida el jueves pasado. “Hoy el noble y el villano / el prohombre y el gusano / bailan y se dan la mano / sin importarles la facha”. Mientras dura la alegría, todos somos iguales. Pero cuando la música se apaga, como bien dice el catalán, vuelve el pobre a su pobreza y el rico a su riqueza. En el momento en el que Macri ingresa a su oficina, es el Presidente: se esfuma la ficticia cercanía generada durante la campaña y ratificada con la complicidad con la masa. ¿Tantos años de cancha lo habrán transformado en un mandatario tribunero? La asimetría con el público para el que bailaba segundos antes es absoluta. Es cierto que hubo que desacartonarlo y construirle una nueva identidad para que dejara de ser Macri y se convirtiera en Mauricio. Pero este presidente que baila se parece mucho a aquel candidato, y es hora de recuperar la degradada investidura presidencial en todos los planos. Es el momento de buscar un estilo que le permita seguir lejos del cartón y, al mismo tiempo, evitar situaciones impropias para el lugar que ocupa.

Paradojal. El conflicto del bastón y los obstáculos de la transición quedarán pronto en el olvido. En cambio, las cuestiones de fondo muestran la primera paradoja de este nuevo gobierno: no llamará a sesiones extraordinarias pues no cuenta con los votos suficientes para asegurarse la aprobación de leyes clave. Deberá recurrir a los decretos de necesidad y urgencia que buscará luego ratificar seguramente con el apoyo de la Cámara de Diputados. Es un método totalmente legal, ¿pero es acaso una táctica consistente con ese nuevo liderazgo democrático que Macri dijo querer desarrollar? La coalición electoral original ha quedado prácticamente desarticulada (Sanz y Carrió, como se descontaba, no tienen protagonismo). La nueva coalición de gobierno todavía no ha sido del todo conformada: está en proceso de cocción, la están moldeando lentamente.

Bienvenidas las rondas de conversaciones con ex candidatos presidenciales, gobernadores, líderes parlamentarios, sindicalistas y dirigentes empresarios. Bienvenidos todos los símbolos de unidad en la diversidad, como el oficio plurirreligioso del viernes a la mañana. Pero queda sin duda el interrogante, a estas alturas contrafáctico, de qué hubiera ocurrido si la coalición electoral hubiese incluido a otros líderes y a otros fragmentos partidarios como para adquirir mayor peso territorial y sobre todo parlamentario.

Es necesario ahora avanzar con pasos certeros pero cuidadosos. Es cierto que se sienten fuertes vientos de cambio pero es momento de controlar la ansiedad y esperar para ver cuáles son los próximos movimientos del Presidente. Con otra construcción política se hubiera podido avanzar ahora con pasos más firmes. En cambio, debe predominar la cautela. Y ésta, definitivamente, no viene en pasos de baile.



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