COLUMNISTAS DIMENSIONES

Después de Holanda

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Mi mujer le lee los labios a Mascherano. No sé dónde lo aprendió. “Le acaba de decir a Romero: hoy vos te convertís en duende. No, pará, en héroe”.

Yo me vi los partidos, pero desconfío; entiendo todo lo que ocultan: negocios millonarios, populismo berreta, oportunismos patrioteristas. Y aun así hay que saber –de chico, de grande– qué es jugar para vivir en el mundo. Decir que todo es falso es simple. La alegría de quien se identifica con estos once millonarios con trabajo hipercalificado es tan genuina como la conmoción ante una obra de arte, una ilusión. Las reglas son un poco diferentes: no vale elegir al que mejor juega (¡todos seríamos alemanes!); tenés que elegir al país donde naciste. Que no es tampoco donde juegan esos jugadores. Es un lugar que te tocó, como en el T.E.G., pintado en un color que será tuyo. Así, los uruguayos se proyectan en un mordisco que deviene cuestión de Estado. Los brasileros comprenden de una puta vez que tristeza não tem fim. Y los argentinos se chupan una lección insólita: la humildad es encantadora. Me gusta mucho, tal vez nomás por lo infrecuente. Sigo pensando –como afirma Sarlo– que ganar es de lo más fascista. Pero llegar hasta acá merced a un sorteo (que apartó escollos del camino), ganar de contrabando (resistiendo a puro huevo y por penales) y escuchar que estos gladiadores mal cosidos, como Zabaleta, lo adjudican en partes iguales a suerte y a pasión, abre un capítulo inédito en este asunto de identificarse: ¿y si los argentinos no fuéramos lo que nos han hecho creer hasta ahora, lo que hemos preferido inventarnos como alias? ¿Y si fuéramos apasionados, humildes, discretitos y heroicos, en vez de cínicos, soberbios, gritones y especuladores? ¿Y si estos once –por un azar sagrado– fueran a convertirse en la tarjeta de presentación de otra Argentina?

Quién gane el Mundial me importa un poroto. Ahá. ¿Pero por qué sé que si me cruzo a Mascherano por la calle lo abrazo, de prepo y sin permiso?
Mi mujer leyó bien. El juego ocupa otra dimensión. Y es lícito vivir ahí. Ahí sí; son todos duendes.



Rafael Spregelburd