COLUMNISTAS TEATRO COLON

Después de las luces

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Transcurridas tres semanas desde la reapertura del Teatro Colón, la primera función del Ballet Estable fue suspendida por múltiples problemas no resueltos durante su prolongado cierre y otros sucedidos con posterioridad a la inauguración.
El funcionamiento de la sala permitió advertir falencias en la obra realizada y en la que hasta el momento no se realizó. El piso del escenario no es apto para la danza porque la madera utilizada para el cambio es excesivamente dura e impide que los integrantes del cuerpo de baile puedan desarrollar sin temor sus capacidades, pues afecta su integridad física por los daños que puede provocar en sus exigidos cuerpos. Igual situación sucede en las salas de ensayo.
El Teatro Colón, por su ley de creación, es un centro “lírico-coreográfico”. Por consiguiente, la danza ocupa el mismo lugar que la ópera y debió atenderse a las necesidades de su compañía y artistas invitados en las modificaciones introducidas en el escenario.
Esta situación fue denunciada públicamente por integrantes del cuerpo luego de la función de inauguración del 24 de mayo pasado, pero no se dio solución a un pedido de tanto interés para el normal funcionamiento del organismo, máxime cuando el segundo espectáculo del año era el montaje y estreno de la obra del coreógrafo inglés Kenteth McMillan, Manon, que implicó la adquisición de los derechos y la contratación de un coreógrafo repositor.
Por otra parte, las demoras en los cambios de decorados durante la representación de la ópera La Bohème demostraron la ausencia de renovación tecnológica en el escenario, que debería haber sido el principal motivo de la restauración emprendida en el teatro. En un organismo de producción artística, la renovación tecnológica y la modernización de todos los elementos que permitan el mejor desarrollo de la actividad artística deben ser el principal motivo de una obra que mantuvo cerrada la sala durante un lapso tan prolongado.
A estas falencias de la cuestión edilicia, se suman la falta de resolución de problemas de personal artístico y técnico, que han motivado numerosas y unánimes resoluciones judiciales contrarias a las medidas adoptadas por las autoridades del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Pero a los problemas ya planteados (desaparición de departamentos escenotécnicos, intimación a jubilarse a miembros del ballet estable sin régimen diferencial vigente, entre otros), se agregaron nuevas intimaciones para la jubilación antes de la edad prevista en la ley general, a personal técnico que realiza tareas que se consideran insalubres. Esta medida también fue adoptada sin previo aviso a quienes recibieron intimaciones y sin que el Gobierno cumpliera obligaciones que la ley que regula el sistema previsional establece para los regímenes considerados especiales.
Este conjunto de problemas frustró un estreno que constituía uno de los acontecimientos del año por la importancia de la incorporación de una nueva obra en el repertorio del ballet y por el regreso de este cuerpo a su sede originaria. El anuncio posterior de la reducción a dos funciones, de las cinco programadas, demuestra también la incapacidad técnica del teatro para reorganizar funciones y cumplir con los objetivos propuestos. La reducción de funciones de una obra encarece su costo de producción y produce una frustración en artistas y espectadores.
Como tantas veces antes de su cierre, el público que había abonado la entrada y reservado su noche para disfrutar del espectáculo quedó frustrado por la falta de solución a tiempo de problemas de administración que la autoridad política tiene obligación de resolver sin afectar los derechos de la población que lo visita y los artistas participantes. La misión social del teatro se diluye por la reducción de funciones y la pérdida de confianza en el cumplimiento de las obligaciones asumidas ante la población.

*Profesor de Derecho Constitucional y Legislación Cultural en UBA, UNC y Flacso.


Jose Miguel Onaindia