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Después de Trump

“Creo que en el futuro, más que nunca, las cuestiones sobre el marco económico de la sociedad serán más importantes que los temas políticos.

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“Creo que en el futuro, más que nunca, las cuestiones sobre el marco económico de la sociedad serán más importantes que los temas políticos. Creo que la solución correcta implicará elementos intelectuales y científicos que no estarán al alcance de la ingente masa de votantes más o menos analfabetos. Ahora bien, en una democracia cada partido tiene que depender de esa masa de votantes poco ilustrados y ningún partido conseguirá el poder a menos que pueda ganar la confianza de esos votantes, persuadiéndolos de que tiene la intención de promover sus intereses o de que se propone satisfacer sus pasiones.”

Lo anterior no fue escrito por un asesor de campaña de Trump, ni tampoco por uno del Menem de la revolución productiva y el salariazo de 1989. Fue escrito por Keynes en 1925 para un discurso plasmado en su libro Ensayos sobre persuasión, donde intentaba una arenga al partido liberal para que se adaptara a las nuevas circunstancias de la política, menos de una década después de la Revolución Rusa, un lustro antes de la Gran Depresión y cuando todavía estaba fresca la discusión sobre los costos económicos de la Guerra, evidenciados en la hiperinflación alemana de 1923 que dejó el caldo de cultivo para el ascenso del nazismo al poder.

 Si bien políticamente incorrecto y elitista, el comentario cobra actualidad frente al resultado electoral del martes pasado cuando, a pesar de tener a todo el establishment en contra, incluyendo a buena parte del propio partido republicano, Donald Trump llega a la presidencia con un discurso por demás controvertido, racista, proteccionista y populista, para no agregar más adjetivos, y muy lejano de los discursos “políticamente correctos” de los candidatos tradicionales y de la propia Hillary Clinton.

Si bien el mundo es distinto al de los años 20, también es cierto que las elites en el mundo desarrollado no están dando respuesta a una porción creciente de la población que con un elevadísimo nivel de endeudamiento ya no puede compensar con más deuda la pérdida en la distribución del ingreso que en forma constante se viene dando desde mediados de los 80, a lo cual se suman las crisis migratorias. Esta historia se replica en el resto del mundo desarrollado y es lo que está detrás de los resultados electorales en varios países europeos, entre los que se destaca el Brexit unos meses atrás.

Yendo a lo que viene, de momento es muy prematuro intentar delinear el rumbo que Donald Trump imprimirá a su mandato y todos los ojos están puestos en la definición del gabinete. Sin embargo, pueden identificarse tres grandes ejes de acción que el presidente electo enfatizó durante su campaña: la necesidad de volver a repartir los gastos en defensa con sus aliados europeos y asiáticos, la renegociación de los acuerdos de libre comercio junto a un endurecimiento en la política migratoria, y la implementación de un megaplan de infraestructura por US$ 500 mil millones adicional a la baja de impuestos, sin aclarar demasiado que sería mayor para los ricos y las empresas que para los sectores bajos y medios.

Aun cuando el Partido Republicano ganó ambas cámaras en el Congreso, muchas de las políticas propuestas chocan de lleno con su propio espíritu. Amén de que tampoco resulta tan intuitivo que le permitan ceder el rol que hasta hoy ocupa la economía de Estados Unidos para cumplir las promesas de campaña. Aunque obviamente los anuncios generan incertidumbre, sobre todo en los países más afectados, ya sea por el rol que cumple EE.UU. en la seguridad global, pero también en economías altamente integradas a través de acuerdos de libre comercio, como la mexicana, que si bien cuenta con el lobby de las empresas norteamericanas con un alto costo de capital hundido en esa economía, tiene menos margen de maniobra en la renegociación de los acuerdos que economías como la china, con mucho más poder de fuego en términos de volatilidad global y tamaño de mercado.

Respecto de la cuestión fiscal, vale recordar que fueron precisamente los propios republicanos los que obligaron al gobierno de Obama a llevar adelante un fortísimo ajuste fiscal de casi 8 pp del PBI al 1,7% actual (el déficit antes de intereses) frente a una economía que no terminaba de arrancar, y fueron los propios republicanos los que llevaron en dos oportunidades a la administración norteamericana al borde del “cierre del gobierno” con la reticencia a aumentar el techo de la deuda (debt ceiling).

Paradójicamente, la receta de aplicar políticas fiscales expansivas frente a la inoperancia de la política monetaria llegaría de la mano de un presidente republicano de las características de Trump. Y la probabilidad de que se aplique junto a las promesas de cierre de la economía reactivó las expectativas de inflación, que se filtraron en forma directa a las tasas largas de los Bonos del Tesoro Americano (la tasa a diez años pasó de 1,81% a 2,3%). Esto es lo que explica la particular dinámica de los mercados poselecciones, donde los precios de las acciones de EE.UU. reaccionaron dependiendo de si el sector al que pertenecían se vería beneficiado o perjudicado por los anuncios de campaña. Mientras, la deuda larga soberana y privada sin distinción de acreedor fue afectada directamente por el empinamiento de la curva de los bonos del tesoro de EE.UU., reflejándose en un aumento en el costo de fondeo de los países emergentes y en una devaluación de sus monedas respecto del dólar. Movimiento que fue mucho más violento en economías como la mexicana, más expuesta a la agenda de Trump que otras economías, como la argentina, menos expuesta al canal comercial y geopolítico, y donde en la coyuntura el BCRA enfrentaba un sobrante de dólares como contracara de las colocaciones de deuda en el mercado internacional y el blanqueo y las necesidades de pesos del fisco.

En mitad de las correcciones es difícil evaluar hasta dónde puede llegar el movimiento de los mercados. Por ahora, el empinamiento de la curva americana responde a expectativas de inflación que generan los anuncios de un plan de campaña que todavía no está definido ni consensuado en el Congreso, y es probable que a medida que vayan pasando los días muchos de los anuncios se vayan separando de la euforia de la campaña y tiendan a versiones más moderadas. Amén de que la suba en la tasa de interés sin que se genere el cambio en el escenario macroeconómico también los perjudica a ellos mediante un freno en las hipotecas, el mercado inmobiliario y la construcción, razón por la cual es esperable que la propia Fed intervenga intentando moderar el movimiento de la curva como vino haciendo hasta ahora.

Por lo pronto, todo parecería indicar que el cambio en el escenario global va a ser gradual y la política local va a seguir contando con grados de libertad para manejar el año electoral, aunque probablemente con un costo de fondeo algo mayor. A mediano plazo, las chances de que la política fiscal ayude a la recuperación de EE.UU. limitando la necesidad de sostener tasas bajas eternamente no lucen descabelladas. El escenario de tasas muy bajas seguirá un tiempo más, pero no para siempre. La estrategia de cambiar financiamiento monetario por deuda no es una solución de largo plazo.


*Directora del Estudio Bein & Asoc.

**Economista del Estudio Bein & Asoc.



Marina Dal Poggetto* / Martin Vauthier**