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Destrato

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Si tuviera que ponerle un calificativo a la modalidad de estos tiempos, yo diría que todo se ha vuelto excesivo.
Excesiva la información, excesiva la oferta de productos de consumo, excesiva la demanda, excesivas las tentaciones, excesivos los problemas, excesivos los éxitos, excesivos los fracasos, excesivos los amores, excesivos los odios, excesivas las emociones en general.

Excesivo todo.

Entre estos excesos de diversa índole estaría, por supuesto, la cantidad de mensajes que –gracias a la tecnología, a internet y a las redes sociales– nos llegan a diario de amigos y conocidos reales, de amigos y conocidos virtuales. Y de desconocidos también.

Mensajes en el celular, mensajes en el correo electrónico, mensajes por Twitter, Facebook, Linkedin, etc. Centenares de mensajes cotidianos sobre los temas más variados.

Seguramente responder a todos esos reclamos o saludos o invitaciones u opiniones se vuelve una tarea casi imposible. Y estoy acaso justificando lo que, en verdad, no me parece justificable: y es esa suerte de “moda” o “modo” que estoy advirtiendo últimamente en las relaciones humanas al que han bautizado como “destrato”.

El destrato aparece en un sinnúmero de ocasiones. En el caso de los mensajes, yo creo que en ese mar de preguntas y de requerimientos, siempre es factible discriminar lo importante de lo fútil, lo urgente de aquello que puede esperar, lo que podemos ignorar y lo que no deberíamos pasar por alto.

Porque detrás de cada correo electrónico o mensajito o WhatsApp (o como se lo quiera llamar) hay un ser humano pensando, sintiendo, quizás esperando una respuesta concreta, puntual. Y quizás esa respuesta sea imprescindible para ella.

Cuando a esa expectativa o a esa demanda contestamos con el silencio, hay una respuesta implícita. Y esa respuesta se confunde con la indiferencia, y muchas veces es así: significa indiferencia. No contestarle a alguien no sólo resulta una actitud desconsiderada, sino que es como negar la existencia de esa persona. ¿Qué pasa entonces? Ese otro, como muy bien lo dice la psicóloga Aída Bello Canto (en un artículo que leí hace poco) “se siente invisible, no registrado”.
Por eso me pregunto:  ¿el destrato es destrato o es maltrato?

Por lo general, hoy en día, uno asocia el maltrato con la violencia explícita, con la agresión física, pero ya se sabe que hay formas de violencia no verbalizada ni actuada, latente, subyacente. La indiferencia suele ser una de ellas.

Lo repito. Uno advierte el destrato en muchos aspectos de la vida diaria actual. Hay un destrato de tipo social, estatal, político, comercial… y hay destratos en la propia familia, entre los amigos y en las interrelaciones todas.

En última instancia, la forma en que tratamos a otros es una cuestión de cortesía, una cuestión de educación.

Nuestra conciencia ética sabe que una pregunta debe responderse, que un pedido debe ser atendido, que un ruego debe ser escuchado, que un mensaje espera una contestación. Cualquiera sea la devolución, favorable o no al pedido.  

Claro que en esto también aparecen abusos y excesos. Hay personas que se exceden con sus requerimientos, que se desubican o que son demasiado demandantes. Pero entonces, ¿no sería bueno hacérselo saber de una manera cortés y amable?

Ser educado no cuesta nada. Sólo lleva un poco más de tiempo. “La educación y la cortesía abren todas las puertas”, sentenció una vez Thomas Carlyle. Claro que para eso habría que reflotar la vigencia de los valores que hoy están absolutamente devaluados.

Para el psiquiatra Theodore I. Rubin ,“ser amable es más importante que ser sabio” y entender esto es, para él, el principio de la sabiduría. A mí me parece que esta afirmación será siempre vigente, aunque sea por aquello de “No le hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti”.

*Escritora y columnista. Autora de Aleteos.



Alina Diaconu