COLUMNISTAS DESAPARECIDOS

Detrás de los 30 mil

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Mucho se ha discutido últimamente sobre la cifra real de desaparecidos durante la última dictadura militar, a propósito de las declaraciones de Darío Lopérfido. Algunos insisten en la cifra de 30 mil, a pesar de que la evidencia siempre arrojó números menores. Otros reclaman que quienes apelaron a esta cifra admitan que es falsa, como si eso fuera suficiente para justificar los crímenes de Estado.

Esta es la forma que muchas veces tomó el debate sobre el actuar de las Fuerzas Armadas en la dictadura militar, y se está repitiendo desde las declaraciones de Lopérfido. No obstante, detrás de este desacuerdo, que parece meramente numérico, hay una discusión más profunda que, en ocasiones, ninguna de las dos partes se atreve a encarar seriamente: una discusión acerca de si la historia oficial sobre la dictadura es la adecuada, o si por el contrario minimiza la magnitud e inmoralidad del terrorismo guerrillero de aquella época. Este desacuerdo más fundamental es lo que evidentemente subyace a la discusión sobre las cifras. Es lo único que puede explicar que tantas personas tengan semejante interés sobre esta cuestión.

Entonces, quienes tanto cuestionan la cifra de 30 mil probablemente no la cuestionarían (aun siendo falsa) si pensaran que las guerrillas eran inocentes e inofensivas. A modo de ejemplo, si en algún momento se encuentra evidencia contundente de que las víctimas judías del Holocausto fueron un poco menos de 6 millones, esas mismas personas seguramente no le darían importancia a esta novedad (en efecto, los judíos no habían hecho nada malo). Asimismo, debe destacarse que quienes cuestionan la cifra de 30 mil no necesariamente piensan que, si las guerrillas eran una amenaza para todos, merecían ser desaparecidas (ni necesariamente niegan que hubo desaparecidos que no tenían la menor participación en ellas). Sin embargo, muchos argumentan que, al haberse tratado de terroristas fanáticos con armamento para acabar con miles de vidas y hacerle frente al Estado, debe entrarse en la lógica de la guerra, donde los números sí cuentan (hay una diferencia moralmente relevante entre matar veinte soldados del ejército enemigo y matar cien) y donde se permite hablar de efectos colaterales.

Por otra parte, quienes no admiten la falsedad de la cifra y siguen usándola en discursos, canciones y artículos, recurren a la lógica del Holocausto: si realmente fue un genocidio, y si eran inocentes e inofensivos (o culpables, pero sin recursos como para darle batalla al Estado), ¿de qué sirve cuestionar la cifra? Algunos reivindican la lucha armada. Otros admiten que las guerrillas eran un mal, pero sostienen que el Estado podría haber usado formas similares a las que habría usado un Estado de derecho para combatirlas. Todos ellos sostienen que los hechos sucedieron de forma tal que es irrelevante hablar sobre cifras.

Es por esto que nadie cede: saben que no es una discusión sobre números, sino sobre algo más importante, y ceder implica darle la razón a la otra parte. Pero entonces, si ése es el debate que subyace, es hora de encararlo directamente, sin esconderse detrás de la aritmética. Qué era verdadero y qué no sobre las guerrillas de los 70, y si su ideología estaba más cerca de la muerte que de la vida, es un debate que todavía nos debemos y, llegado el caso, no debe tenerse vergüenza de darlo. No para eximir de responsabilidad al gobierno militar ni para justificar la lógica de la guerra, sino para buscar la mejor forma de contar esa historia. Después de todo, tanto el prólogo al Nunca más de Sabato como el redactado por la Secretaría de Derechos Humanos durante el kirchnerismo coinciden en que el terrorismo de Estado nunca está justificado, pero ambos cuentan la historia de forma muy diferente.  

*Profesor, escuela de Derecho UTDT.



Ezequiel Spector