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Dialoguismo novedoso

El estilo anticonfrontativo de Macri aparece como promisorio para la opinión pública y para la dirigencia.

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Foto:Dibujo: Pablo Temes

El mundo actual muestra tendencias dispares. En España crece Podemos, en Inglaterra el Labour vuelve a su tradición de izquierda, en Estados Unidos un precandidato autoproclamado “socialista” es la sorpresa en el Partido Demócrata. La Argentina logra ahora que el mundo acepte y exprese confianza en un presidente que no muestra indicios de anticapitalismo ni aprehensiones frente al sector empresario. La sociedad argentina no deja de llamar la atención dando a este gobierno una manifiesta aprobación.

El actual gobierno argentino se diferencia del anterior como el día de la noche. La ausencia de diálogo, la preferencia por asumir actitudes confrontativas cada día, por buscar siempre un referente para marcar diferencias o justificar acciones conflictivas, de moverse continuamente en un medio definido como un campo de batalla en el cual se libra una guerra indefinida y casi infinita con los enemigos del “proyecto”, fueron rasgos dominantes en la política argentina de la última década.

Y, efectivamente, Macri es todo lo opuesto. Es un presidente dialoguista, nada dogmático, poco proclive a entrar en polémicas y a exponerse a confrontaciones políticas frontales. Elige no cargar las tintas contra el gobierno anterior, aun cuando no pocas voces le reclaman que lo haga y que exponga más crudamente la situación heredada. Sin duda, el Presidente es pragmático, prudente, negociador. Es además lo opuesto al prototipo del líder carismático –se diría que no le interesa serlo, su ideal del yo no pasa por allí–. Parece claro que prefiere optar por los caminos gradualistas antes que por respuestas de shock a los problemas. Es posible que esta opción lo lleve a una prolongación excesiva de algunos problemas –particularmente la inflación, el gran tema– para los cuales distintas ortodoxias proponen respuestas más drásticas; es igualmente posible que eso atenúe los costos políticos de actuar de maneras más contundentes: los problemas no se resolverán de un día para otro, pero a cambio de eso el Gobierno espera evitar que el país caiga sumergido en un clima de tensiones y exponiendo al Ejecutivo a un prematuro desgaste. La sociedad parece avalar esos caminos más lentos y menos traumáticos –o al menos eso sugieren los estudios de opinión, como los recientemente conocidos de Ipsos y del Grupo de Opinión Pública–. Según esos estudios, los argentinos no han vuelto al fervor privatista de los 90 ni han renunciado a sus expectativas de mayor igualdad distributiva; pero otorgan un crédito de confianza a un gobierno al que sus adversarios tildan de querer volver el reloj para atrás.

En el camino del diálogo, el Gobierno recibió esta semana a los dirigentes de las organizaciones sindicales alineadas con las varias ramas de la CGT y estableció las bases para una política concertada de aumentos salariales. Los sindicalistas no están dispuestos a ser la punta de lanza de una actitud beligerante cuando el propio partido al que están ligados se resiste a serlo. Esta vez, también eligieron jugar como moderados en lugar de asumir ellos los costos de la conflictividad. Sólo hizo un poco de ruido la ausencia notoria de los estatales y de los gremios nucleados en la CTA –gremios potencialmente conflictivos y, en el caso de la CTA, insatisfechos en sus demandas de obtener el reconocimiento jurídico plural–.

A diario tienen lugar encuentros e intercambios entre legisladores, dirigentes partidarios y gobernantes, nacionales y locales. El Presidente continúa con su programa de visitar provincias y reunir a gobernadores. El Gobierno está obteniendo buenas cosechas por su actitud proclive a conversar y escuchar. El país que muchos pronosticaban que estaría a un triz de incendiarse tan pronto un gobierno de “derecha” comenzase a actuar está, por el contrario, sobrellevando con calma los problemas que se arrastran. Con su estilo, el Gobierno ha desarmado, hasta ahora, las expectativas de un peronismo confrontativo y de una izquierda ideológica implacable. Con el peronismo, con los legisladores, con los intelectuales, el Gobierno dialoga.
El caso del peronismo es particularmente relevante. El justicialismo está en un virtual estado de deliberación. Esta vez, en ese plano, en la Argentina la historia no se repite, ni como tragedia ni como farsa. No se está volviendo al clima desestabilizante de los años del gobierno de Alfonsín, con un sindicalismo y bases peronistas que desbordaban a la conducción renovadora; ni a la historia de tintes conspirativos de los años de De la Rúa, cuando una parte de la clase política hostigó al gobierno hasta empujarlo a su salida precipitada. El peronismo se mueve hacia una postura constructiva, procurando una relación cooperativa entre sus dirigentes con responsabilidades de gobierno provinciales y locales y los actuales gobernantes. En el proceso de reacomodamiento a la nueva situación, el justicialismo disputará su liderazgo o, al menos, su jefatura; los renovadores de esta hora serán un vector apuntando en una dirección, los K más duros serán otro, los componedores posiblemente resulten los árbitros. Hasta que llegue la hora de disputar candidaturas para 2017.

La Argentina no es un enfermo en condición crítica. El pronóstico todavía es reservado, pero hay lugar para un moderado optimismo. La evolución del índice de precios posiblemente será lenta y gradual. La inversión y el financiamiento externo podrán recibir un impulso a partir de un posible acuerdo con los holdouts. Las presiones salariales no van a ceder de un día para otro, pero a través de una buena cintura negociadora de todas las partes puede alcanzarse una solución. Un escenario probable es que el país se estabilice, en un equilibrio inestable, pero razonable, y que eso permita alcanzar durante el próximo año un horizonte sin turbulencias. Es un contexto imprescindible para poder encarar el vasto conjunto de los problemas más complejos que se arrastran desde hace años y que nunca se resuelven.



mmorayaraujo