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Diarios ajenos

Releo diarios de escritores en busca de una clave que se me escapa.

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Releo diarios de escritores en busca de una clave que se me escapa. No es por la noción de utilidad, de usufructo, que lo leído se enrosca y hace un nudo que vuelve árido el efecto de comprensión. Es, tal vez, la misma idea de sentido la que los hace esquivos. Porque en el fondo esa idea (la de “un” sentido) opera como una reducción que atenta contra la naturaleza misma de un diario de escritor.

De hecho, la ilusión propia de esa escritura no es la reducción sino la ampliación, una ampliación del pensamiento, de la experiencia, de la percepción de los límites de lo que puede ser contado, no con la función propia de lo publicable sino con la del secreto que debe ser guardado para que ese laboratorio privado empiece a fraguarse la transformación de la obra de quien escribe, y en principio la vida del mismo escritor.

Desde ya, se sabe o se da por cierto que los diarios de escritor no tienen por destino último la ceniza o el olvido sino que construyen un lector a futuro, por lo general, aquel que se asoma a esas páginas una vez ocurrida la muerte del autor. El ejemplo modelo, cuando no, es el de Kafka y su decisión de que su amigo Brod queme toda su obra, lo que desde luego incluía sus diarios. Y esos diarios –que hace poco fueron publicados en su totalidad– sorprenden por lo que a la vez ofrecen y escamotean.

Es casi curioso que su registro de lo familiar, que en la dimensión de lo imposible dio un texto extraordinario como la Carta al padre, en sus diarios sólo aparezca desde la perspectiva de tedio doméstico y la módica asfixia cotidiana. Los diarios de Kafka parecen el claro registro de la voluntad de una conciencia por hacer desaparecer la materia de su persona. El fuego que alienta es siempre anterior.

Opuesto es el caso de los diarios de John Cheever. Allí se encuentra la decisión de inventariar las talladuras de un alma que aspira al paraíso prometido y a cambio se encuentra a solas con el dolor.