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Diarios de Kafka

Desde hace un par de semanas voy leyendo noche a noche, como si se tratara de un breviario devocional, los Diarios de Franz Kafka en la edición Debolsillo. Es una edición anotadísima, con el discreto decoro que supone llenar páginas y páginas de comentarios y ubicarlos al final. Son, al parecer, los diarios completos del autor, una edición no expurgada por Max Brod ni acortada por los escrúpulos de los editores, que al parecer no temen a la repetición y por no hacerlo nos ofrecen, en ocasiones, páginas de comienzos abandonados y retomados, vueltos a abandonar y recomenzar. El burro del escritor atado a su noria, que en el retorno quiere retomar y expandir un punto imaginario de su relato, o que, ignorante de su circularidad, quiere producir una diferencia.
La primera impresión de lectura combinó la curiosidad con la decepción. Yo contaba con una vieja edición incompleta que publicó Emecé, cuyos contenidos formaban parte más bien del acervo del Kafka tradicional: vacilación, iluminación y sentido (invertido en su perspectiva humorística y angustiosa, Kafka es literatura de autoayuda para millones de lectores, Paulo Coelho lo sabe bien). Pero esta edición, la nueva, cuenta con textos que en una primera impresión me llevaban a preguntarme por la razón de su existencia. Notas chismosas familiares, comentarios fatigosos acerca del extinguido teatro judío, que configuraban una especie de anacrónico autor costumbrista.
Sin embargo. Después… Lo que apareció, no con la fuerza sino con la serenidad de las verdaderas evidencias, fue que la pregunta misma carecía de razón de existir. Es la condición paradojal y semítica del imperativo final de Kafka –quemen mis manuscritos– la que determina siempre el peso de esa pregunta, bañando retrospectivamente su obra. Pero la obra misma no soporta ni exige los porqués ni para qués. La respuesta la dan sus propios textos y es muy sencilla: se escribe para escribir

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