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Diarios diurnos

El sábado pasado conté acerca de mi intento siempre frustrado de escribir un diario de sueños, narré la angustia de percibir que estos se desvanecían cuando quería contarlos, y referí también mi tardía comprensión de que, en el fondo, la desaparición de lo onírico era aparente: la vía regia de los sueños pasaba, no como estructura, sino como estado de la mente (o si se quiere del alma) al arte de escribir novelas.

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El sábado pasado conté acerca de mi intento siempre frustrado de escribir un diario de sueños, narré la angustia de percibir que estos se desvanecían cuando quería contarlos, y referí también mi tardía comprensión de que, en el fondo, la desaparición de lo onírico era aparente: la vía regia de los sueños pasaba, no como estructura, sino como estado de la mente (o si se quiere del alma) al arte de escribir novelas. Esta semana, por uno de esos azares de la vida, me sometí voluntariamente a una dosis masiva de programas periodísticos televisivos. Si un sueño tiene la forma de un relato, el relato periodístico de pantalla sostiene, desde hace años, la voluntad de construirse como el diario de lo que puede ser contado desde la perspectiva del partido gobernante o del dueño del medio donde ese relato se emite. Una mínima aclaración: no fui kirchnerista y no soy macrista. Durante el período K, 678, en tono por lo general épico y siguiendo la línea que a diario bajó, mientras vivió, el gran editor mediático Néstor Kirchner, se proponía como  un debate sobre la forma de conseguir el bien del país y quitarle los argumentos a la “antinación”. Los argumentos de los panelistas podían ser más o menos plausibles, pero apelaban –con despareja fortuna– al espesor discursivo y al despliegue reflexivo.  Y por eso ese programa fue  objeto de los brulotes más fuertes de lo que se llamó periodismo crítico o independiente, es decir, opositor, que terminó alineándose tras los globos amarillos que ascendieron al cielo.  Ahora bien, ahora, no sé quién es el gran editor que baja el texto de orientación para que desde el atardecer a la medianoche una colección innumerable de periodistas destile la imposición discursiva del momento, más eficaz que la previa, porque violenta e intimidante.

He visto a un energúmeno sádico celebrando el aporreo de manifestantes, he visto a otro, no menos payasesco, reclamando el uso de la famosa frase trumpiana “Estás despedido” como la medida del éxito, he visto gente enfurecida, desmelenada, pidiendo la pena de muerte que debe ejecutarse, por supuesto, en el otro, y ser impartida por otro que por supuesto se convierte por esa vía también en un asesino. He visto a conductores jadeantes quitándole la palabra al participante que no coincide con sus afirmaciones. La TV no es ya el escenario donde se pretende  la persuasión sino el ámbito del bullyng contra el pensamiento ajeno.

Así, la realidad de esa construcción no es la formación de consenso sino la imposición de un imperativo de terror para que creamos vez tras vez que “lo que se está haciendo” es lo único que nos salva de la pesadilla que en rigor esa afirmación no hace otra cosa que crear, sostener y perpetuar: porque toda pesadilla, de cualquier signo que sea, pretende disfrazarse de sueño y volverse  única y eterna.