COLUMNISTAS CFK-KICILLOF

Días de furia

Por Nelson Castro. Trastienda del caso Fábrega. Economía va por más: ¿Planificación y Cancillería?

 

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Foto:Dibujo: Pablo Temes

Lo fulminó como un rayo. Eso fue lo que Cristina Fernández de Kirchner hizo durante su “Aló Presidenta” del último martes con  Juan Carlos Fábrega. Incómodo ante una humillación que no esperaba y a la que no tenía manera de refutar, el ahora ex presidente del Banco Central comprendió rápidamente que su tiempo dentro del Gobierno estaba terminado de la peor manera. Ese momento fue shockeante no sólo para Fábrega, sino también para otros funcionarios del Gobierno que asisten espantados al avance imparable de Axel Kicillof, cuya acumulación de poder lo ha transformado en un verdadero superministro.

Es bien sabido que el ministro de Economía, Ajuste, Devaluación, Inflación e Improvisación, y Fábrega se desprecian mutuamente. Una de las causas de ese desprecio por las que Kicillof menoscababa al ahora ex funcionario es que éste no tiene título universitario. La otra, la sospecha de connivencia con su hermano, Rubén Cleofás Fábrega, a quien se acusa de operar una “cueva” de compra y venta de dólares. El ex presidente del BCRA no se quedaba atrás: no sólo consideró que Kicillof es un soberbio e incompetente que tiene embelesada a la Presidenta, a quien le proporciona información falsa, sino que también deslizó sospechas sobre su intercesión ante el fondo Latam Securities LLC para que comprara bonos de la deuda argentina por valor de 200 millones de dólares. Así las cosas, con la crisis económica en plena evolución agregada al inconmensurable afán de poder de Kicillof, el desenlace era inevitable. El ministro, como muchos de sus predecesores, no concebía el no poder disponer del Banco Central a voluntad. Finalmente lo logró. La expulsión de Fábrega de las arenas del poder tuvo dos consecuencias: una, política; la otra, económica.

La política alude al mensaje que este hecho representa al interior del Gobierno y, en especial del kirchnerismo vinculado con los hombres y las mujeres de la línea histórica relacionada con Néstor Kirchner. Como la mayoría de ellos nada tienen que ver con La Cámpora –a la que en muchos casos desprecian y en otros, detestan–, presienten que les aguarda el mismo destino que a Fábrega. Anida en ellos un sentimiento de desasosiego creciente. Están en conocimiento de la decisión de la Presidenta de introducir cambios en el gabinete. De lo que no tienen aún una idea exacta es quiénes serán los afectados por esos cambios. “Capitanich se va. No va a ser el único. Se irán otros. Los que vendrán pertenecen a La Cámpora. Máximo ya lo hizo saber en forma terminante”, comentaba en la semana que pasó un vocero que transita a diario por las entrañas del poder. Por lo pronto, en la mira de Kicillof hay, además de la Jefatura de Gabinete, dos áreas más de interés: el Ministerio de Infraestructura y Planificación Federal, y el de Relaciones Exteriores. Poco a poco, Julio De Vido ha ido perdiendo áreas de influencia y de poder; y a Héctor Timerman, La Cámpora le copó la Cancillería hace rato.

Desde el punto de vista de la gestión que encabezará Alejandro Vanoli al frente del Banco Central, lo que viene es la política del “garrote”: mucha Gendarmería, mucha Policía Federal, mucha denuncia. En un futuro, la Policía Federal podría ser reemplazada en esos operativos por la Policía de Seguridad Aeroportuaria. Es decir, mucho ruido y pocas nueces. Nada de esto ha sido de utilidad en el pasado. ¿Por qué habría de serlo ahora? Igualmente seguirán faltando dólares.

Para reemplazar a Vanoli al frente de la Comisión Nacional de Valores (CNV), Kicillof designó a Cristian Girard. En el decreto de su designación –el 1737/2014– se señala que “reúne los requisitos de idoneidad y experiencia necesarios para desempeñar dicho cargo” (sic). En el kirchnerismo, son varios los que recuerdan que, el año pasado, este economista de 32 años con una vasta acumulación de cargos en el Estado (desde 2012 hasta antes de ayer fue coordinador de los directores estatales distribuidos en las 43 empresas en las que la Anses tiene participación, siendo además director suplente tanto en YPF Gas como en Metrogas), generó ruido en el Senado cuando fue acusado de emitir una orden para que los directores representantes del Estado quedaran exentos de pagar el impuesto a las ganancias. Tanto fue el batifondo que el mismísimo senador Miguel Angel Pichetto, jefe del bloque del Frente para la Victoria, presentó un pedido de informes al Poder Ejecutivo para que se expidiese sobre el tema. “Este bloque no defiende a ningún estúpido que crea que no hay que pagar el impuesto a las ganancias”, sentenció Pichetto, al rechazar visiblemente contrariado el pedido de Girard. Kicillof salió a desmentir esa información, aun cuando nadie le creyó.

Dentro del Gobierno, el último “Aló Presidenta” inquietó a muchos. Hacía un tiempo que Fernández de Kirchner no hacía una exhibición tan notable de su furia así como también de sus contradicciones y de su lejanía con algunos aspectos de la realidad. Entre tantas cosas, dijo que la economía estaba bien y que si algo le pasaba a ella, no miraran hacia el Oriente, sino al Norte, es decir, a los Estados Unidos.  

Valga recordar que dos semana atrás, durante la conferencia de prensa que dio en Roma luego de haberse reunido con el Papa, y después ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, había denunciado la existencia de una amenaza sobre su persona proveniente de EI, el grupo fundamentalista islámico que ha llamado a una guerra de exterminio contra Occidente.

Como ya se ha señalado en esta columna, el síndrome de Hubris –un mal del poder que no es exclusivo de la política– es un desorden de la conducta que, tal como lo describieron los doctores David Owen y Jonathan Davidson en su artículo publicado en la revista Brain en 2009, se caracteriza, entre otras cosas, porque la persona que lo sufre piensa que el único pensamiento correcto es el suyo; que todas sus decisiones son correctas; que todos los demás están equivocados; que ella es superior a todos; que la realidad es como ella cree que es y que todos los que no piensan como ella son sus enemigos.

A la luz de todo esto, ¿cabe alguna duda de que el síndrome de Hubris es un padecimiento que afecta a la Presidenta?                              

Producción periodística: Guido Baistrocchi.



Nelson Castro